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jueves, 28 de junio de 2018

El terremoto silencioso de los robots industriales y la preparación ante este reto

Las cifras empiezan a ser sorprendentes. Cada vez hay más adquisiciones de robots industriales para tareas de automatización por parte de las industrias más avispadas que están reconvirtiendo sus naves al objeto de hacer frente a la competitividad del mercado global. Las ventas y compras de los robots industriales han crecido en el año 2017 en un 29 por ciento, si se compara con las correspondientes cifras de 2016. En el pasado 2017 la venta de robots industriales llegó a 380.550 unidades. En 2016 esta cifra alcanzó 294.300 unidades. Y la expectativa sobre esta carrera indica que en el año 2020 existirán 3 millones de robots industriales. Y no hablamos de los años posteriores.

En menos de dos años la población laboral se verá totalmente sacudida por estos cambios que vienen a indicar que el pasado, y nuestro presente, se asemejarán muy poco a este futuro automatizado que se acerca a gran velocidad. La nueva revolución industrial ya no podrá camuflarse mediante ingenios de distracción por parte de las autoridades de los países que se niegan a ver la realidad mecánica y automática, y las consecuencias económicas de esta negación de la realidad sacudirá los bolsillos de la ciudadanía, además de ser materia excelente para los populistas políticos y los ingeniosos de la verborrea, mediante la cual se lleva al personal al vacío cuando no al precipicio.

Algunos países desde hace tiempo han despertado ante esa realidad y se han puesto en primera línea en pro de esta nueva industrialización —la de la robotización industrial—, alejándose de sistemas que hoy resultan anticuados y poco productivos. La ratio pieza fabricada y tiempo empleado, con la automatización, se consigue que disminuya y que el producto sea más permisible en este mercado de gran abasto, que es el mundo todo. Y hacia ese destino han dedicado dinero, esto es, inversión, y en especial arrojo.

Complementariamente, la fuerza de trabajo, la preparación o formación de la población trabajadora también se está poniendo en tela de juicio. Estas máquinas necesitan ser conducidas por unas manos expertas que exigen una preparación técnica que hasta ahora no había sido vista como problemática. Hoy el gap que hay entre la existencia de perfiles preparados y las necesidades de las empresas con alto nivel de automatización se va agrandando lo que puede conllevar la marcha de estas empresas hacia otras geografías con una oferta laboral que presente un talento más adecuado a sus demandas. Es el problema de las skills gap, el de los déficits en cualificación profesional.

Se conocen ya los países que tienen las cuotas más altas en robotización empresarial, y aunque aparentemente las cifras no resultan escandalosas, sí lo puede ser la perspectiva de robotizar de los países, algunos de los cuales quieren aumentar sus dotaciones automatizadas en un alto porcentaje y a un tiempo record.



Complementariamente a todo lo anterior, ya empiezan a aparecer países que siembran puntales educativos para no perder el tren de la robotización. Y un ejemplo extraordinario (extraordinario tanto por su proyecto como por su seriedad) es el de la ciudad-estado Singapur, con su iniciativa SkillsFuture.


Este proyecto de capacitación, la propuesta SkillsFuture, se fundamenta en varios ejes extraordinariamente relevantes. Por un lado, se ha ido a la realidad empresarial para detectar los cambios, industria por industria, que se espera que sucedan en los próximos cinco años, y se ha tomado buena nota de las habilidades profesionales que requerirán estos cambios. A partir de estos datos se ha modelado un mapa sobre las futuras transformaciones de la industria que servirá para orientar a las personas sobre las próximas demandas profesionales, tipología de perfiles y capacitaciones requeridas. 

En paralelo, y ello desde inicios de 2016, a cada ciudadano de Singapur se le ha concedido un crédito de 345 $  que podrá utilizar para pagar los cursos de capacitación que son proporcionados por 500 proveedores aprobados, incluidas universidades y MOOC. Véase, en esta última frase, que Singapur no queda anclada a los clásicos centros educativos sino que indirectamente ha estimulado la aparición de otros centros —algunos provenientes de las propias empresas empleadoras— para poder ofrecer una panoplia amplia y competitiva.

El futuro está abierto para todos. Algunos puntos geográficos están colocándose en primera línea de la carrera. Los menos avispados serán los que encabezarán el grupo de los que se lamentarán y acusarán a otros de sus propias renuncias y parálisis. La historia nos ha dado más de un caso al respecto.

jueves, 11 de mayo de 2017

Los desplazados del presente

La radiografía es diáfana. Los síntomas son claros. Las constantes se repiten. Las ensoñaciones se van elevando hacia cumbres oníricas. El sujeto —los sujetos, mejor dicho— está con una taquicardia pronunciada. El paisaje se va borrando de su mirada. Apenas atisba lo más cercano. Empieza a sentirse extraño. Casi es huérfano del presente. El futuro no existe. La huida a su interior, como un caracol en plena sequía, es cercana. No atisba más allá de la esquina de su calle. El mundo se le cae encima. El coma socioeconómico le está carcomiendo. Todo ello es resultado de la ceguera pronunciada que no ha querido reparar. Ceguera ante lo más presente a nivel tecnoeconómico y profesional: la revolución tecnológica de la industria 4.0. El futuro le está cerrando las puertas. El hoyo se va agrandando y cada vez más las fuerzas atractivas quieren abrazarle para su adentro.

Ceguera. Ceguera y ceguera. ¿Cómo lo explicarán los historiadores de nuestro presente dentro de veinte años? ¿Cómo podrán explicar que en plena sociedad de la información —información en la palma de la mano— con las sirenas tecnológicas cantando a toda potencia, se ha atado él mismo al poste del pasado, para no caer en su seducción? La culpa, sin embargo, siempre es de los otros. De aquellos que pudiendo, no quisieron informarle de lo que se avecinaba. De lo que estaba en el inmediato acontecer. El hecho es —dirán— que no habían llegado a sus oídos las noticias de este gran cambio. Que se confiaba que las cosas siguiesen como siempre.

Qué ingenuo nuestro personaje creyendo que existe un "siempre". Este término sólo es válido para el cambio. Siempre se cambia. Siempre hay cambio. Algunas veces es lento. Pero en el presente, el cambio es acelerado. Lo que hoy está en boga, dentro de 5 años será obsoleto. Y los ambientes, las cosas tecnológicas, los trabajos habituales también irán cambiando y con rapidez.

La automatización, la robotización, de muchas tareas llevará a la calle a miles y miles de trabajadores que creyeron en leyendas que podían ser útiles en el siglo XIX, cuando surgieron unas ideas aglutinadoras en torno a sindicatos y partidos. Hoy estas misivas son caducas. Hoy, con un planeta que se puede recorrer con avión en pocos días, las comunicaciones, los transportes, los negocios, las compras, las ventas, las manufacturas y los trabajos son muy cercanos. Todo está interrelacionado. Si estos cambios tan obvios en transportes y comunicaciones — que hacen que el mundo sea una comarca— son patentes para cualquiera, es difícil entender como no se traslada esta nueva realidad a todo el abanico de relaciones sociolaborales y económicas en las cuales todo hijo de vecino está inserto.

En otras palabras; para nuestro personaje, su sitio socioeconómico está en peligro de extinción. Y por más proclamas que se hagan; contubernios que se monten o motines que se generen, a muy corto plazo —el cambio es acelerado, como se ha dicho, y la tecnología imparable lo va confirmando— no habrá quien pueda continuar deleitándose con cantatas políticas de ferias novecentistas ni con cartas a unos Reyes Magos que nunca han existido.

Hoy, por dar alguna pista breve, quien no se oriente con esfuerzo continuado y sin demora por el idioma universal, la lingua franca global que es el inglés, y por enfilar peldaños en programación, como mínimo, estará yendo sin freno hacia un callejón sin salida y en cuesta abajo. Salir de él será casi —por no decir, del todo— imposible. He ahí el mapa de los desplazados del presente. El de los desplazados del futuro, tendrá que ver con la irrupción en todos los frentes de la inteligencia artificial. El cambio es de vértigo. La ceguera voluntaria es una rémora de un infantilismo suicida. Los hechos son imperativos. La realidad, obstinada. El futuro, cierto.

martes, 28 de febrero de 2017

Trabajo, creatividad e identidad personal en el nuevo mundo tecnológico

Se está iniciando el final de las maldiciones. En especial aquella del trabajarás con el sudor de tu frente del paraíso maldito por la serpiente. Se terminó con el trabajo y el sudor del esfuerzo físico en la mina y en los campos que obligaban a curvar la espalda constantemente. Se está terminando con ello mediante las grandes máquinas que irán sustituyendo al personal paciente y sufrido de las labores esclavizantes. Se está concluyendo unas históricas etapas que han marcado las espaldas, las frentes y los corazones de la gente, dejando el pellejo y asumiendo arrugas sin esperar el paso de los años. El trabajo ha dejado, está empezando a serlo, ha dejado de ser un castigo. Ahora estamos ya en la época del trabajo creativo. Se está iniciando —en algunos lugares ha iniciado hace tiempo— la época de la innovación, de la creatividad, del ingenio, del talento. Del disfrute trabajando, del goce por hacer algo interesante (y que tenga mercado).

¿Qué quiere decir tener mercado? Quiere decir que haya compradores. Pero quiere decir alguna cosa más. Quiere decir que haya interés. Que lo que se ofrece es atractivo y, ello, en último término implica que hay un reconocimiento. Ahí —en el reconocimiento por lo creado— está el orgullo, la sensación del buen hacer. La compra no sólo es dinero —¿qué es el dinero en cantidad en una isla desierta; sí, sólo y abandonado con sacos y sacos de alimentos y muchos más sacos de dinero? El dinero es un simple objeto universal de intercambio. Lo que es más difícil de obtener es el reconocimiento, la valoración. Y eso no tiene precio. No se vende ni se compra (comprar que te aplaudan, sólo puede agradar al ingenuo que no sabe mirar el fondo de las personas).

En la época que estamos viviendo —en unas geografías más adelantadas que en otras— la creatividad está abriendo fronteras. Se está dibujando un nuevo panorama que puede llegar a ser increíble si se permite —y si se estimula, favoreciendo las ideas, por más increíbles que ahora mismo parezcan—, favoreciendo la creación, la innovación y el ingenio. El genio. Y ello quiere decir que hay que "trastear" con el trabajo. El trabajo ha dejado de ser un castigo (bíblico o burgués a lo marxista) para empezar a ser el más gracioso juego que nunca se haya podido jugar con mayor pasión. Es el auténtico ejercicio intelectual que, después de haberle dedicado unas horas, con el paso al descanso y echando la vista a lo conseguido hasta entonces —a los pasos avanzados con el proyecto—, se obtiene una satisfacción que no tiene precio.

Adiós a poner la satisfacción en los pies de los deportistas del balón. Concluyó ser feliz por los hechos de otros —como el famoso e increíble gol de R.... Ahora se empieza una etapa donde los encajes que hay que superar, los retos creativos que hay que solucionar, dan, al conseguirlos, un gozo que no tiene parangón en la historia de cada persona.

Adiós a todo lo anterior. Ha empezado —en algunos países, ¡ay!, sólo se está en sus inicios— una época donde el talento, la inteligencia, la creatividad —no la fuerza física, sino el empuje mental, el intelecto— tendrá su puesto central. Y ello redundará en la satisfacción por lo creado, por lo conseguido. He ahí la auténtica identidad que uno se puede forjar. He ahí el auténtico yo que, al final de las distintas etapas, mirando atrás uno podrá examinar. “Yo soy aquello que he hecho. Mis hechos me conforman”. Y no las distintas vestimentas mentales que desde fuera se han estado lanzando para dar un "ser", una identidad, a quien no tenía nada propio, porque lo suyo era un trabajo baldío, poco interesante, poco creativo. Sin lumbre ni deslumbrador.

Hoy, con el mundo de la tecnología, de la robótica, de la inteligencia artificial, de los cálculos basados en los datos, se puede escribir una historia futura que no tiene ningún matiz de lo antiguo. No hay ninguna clave clara que indique por dónde proseguir; por dónde dar los próximos pasos. Los intríngulis son mayúsculos. Los retos, abrumadores. Pero nunca el individuo humano se había planteado un escenario tan interesante, con tanta intriga, con tanto gancho y a la vez tan atractivo como en el presente. Hoy se está a las puertas —para aquel que quiera abrirlas y salir a este nuevo espacio atrayente, incógnito y desconocido— de un escenario que a la vez que habrá que ordenarlo de pies a cabezas —creando nuevas y desconocidas parcelas de realidades—  se estará creando la propia identidad, la identidad personal. Y muchos años más tarde, uno podrá recordar aquello que el descubrió o la parcela digital que él ayudó a conformar. En definitiva, el proceso que configuró. Los objetos andantes en cuyo diseño intervino. He ahí un futuro. He ahí un reto placentero y realmente humano, casi divino.

viernes, 19 de agosto de 2016

España digital o la conjura de los necios

La época actual se recordará. Incluso será de mención en los libros de historia que se editarán para ilustrar al alumnado de las etapas básicas. Se hará una lista de los nombres propios a los que se “acusará” de haber estado ciegos ante lo que era patente y se iba anunciando casi de manera constante. Ciegos ante los profundos cambios que se iban a producir en el corto término de cinco años, y más, y que de no ponerse en sabia disposición, se podría cometer un error histórico, abriendo las puertas a una crisis económica, —por quedar rezagados ante los cambios que se avecinan— de muy difícil superación.

Estamos hablando de los cambios tecnológicos que a nivel mundial se están realizando —implementándose en las industrias de todo tipo—  y que ocasionaran un transbordo de negocios de una parte a otra del planeta. Ya se está hablando —por poner un ejemplo reciente— de la “huida” de la fuerza de trabajo cualificada (estos es, trabajadores de alta cualificación profesional) de Alemania a China. En China, uno de los países que está encabezando desde hace años la introducción de la robótica y la inteligencia artificial en las empresas, se empiezan a dar cuenta del gap profesional que hay y por ello han empezado una carrera de recruitment (de contratación) de personal idóneo para las nuevas industrias —las de la llamada cuarta revolución industrial o de la industria 4.0. Se han acabado, pues, las fronteras de una manera definitiva. Hoy y mañana el talento —igual como lo fue también en otros momentos de la historia, por lo que hace a los científicos, inventores e incluso a los diestros en los nuevos sistemas de tejer— abrirá las puertas hacia su futuro. Pero, y ahí el peso de la ignorancia de casi todos nuestros políticos, por aquí aún no se han dado cuenta que ya ha sonado la campana de esta gran carrera.

Por ahí aún se continúa con la larga vacación política, bien trufada por la vacación veraniega y la fresca visualización de las medallas olímpicas que no pasan de ser meras simplezas que realmente no aportan nada, pero nada, al futuro del país. Por estas lares, entre los populismos —los populistas oficiales, de los Podemos variados, y los populistas aspirantes como los socialistas seguidores cegados por Pedro Sánchez— y los ejercicios o declaraciones políticas de patio de colegio —a nivel de parvulario, que no dan para más— se está perdiendo un tiempo que empieza a ser escaso, ya que se habla de un gran cambio tecnológico industrial que tendrá como punto fuerte inicial en el cercano 2020.

Mientras, siguen las algaradas, las frases inflamadas de consignas —muchas procedentes del siglo XIX o de mediados del XX—, y no aparece, ni por casualidad, ninguna idea que rezume algunos de los olores más modernos del siglo XXI. La educación que se está dando en las aulas —desde los párvulos, y las enseñanzas básicas, hasta el nivel de las universidades muchas de ellas con carreras que llevan a un paro predicho desde hace años—, salvo algunas excepciones, muchas de ellas procedentes de centros privados, está fomentando unas salidas profesionales que ayudarán a engrosar el batallón del paro y a aumentar la frustración que lleva a votar al populismo confiando en que se realicen los milagros prometidos.
Por otro lado, la fuerza laboral actual está configurada por unos perfiles que podían ser óptimos en las últimas décadas del siglo XX, pero que hoy están entrando en el ámbito de las cosas obsoletas, esto es, anticuadas e inservibles.

Entretanto, la clase política, desde los que se tapan las vergüenzas de su ignorancia supina con la bandera nacionalista, hasta los que se escudan en las frases manidas de la igualdad, de reformas sociales vacuas o en la subida de impuestos —como si "robar" legalmente sirviera a medio y largo plazo para subsanar lo que el esfuerzo intelectual y emprendedor debería de hacer ofreciendo una mayor fortaleza de cara el futuro—, continua dando vueltas a la noria de la insensatez.

La clase política española está realmente ciega, rondando entre la desinformación (ausencia de lectura) y la ignorancia. A causa de ello, no ha abandonado su mentalidad provinciana —por no decir comarcal. Y se mantiene con unos ojillos dirigidos a buscar soluciones en recetas del pasado, cuando resulta que la globalización —el gran mercado del mundo, la gran industria mundial, y los importantes trabajadores talentosos del planeta— han dejado de vivir en la ciudad del lado. La globalización quiere decir, a menos que se quiera vivir dentro de una cueva, que la política económica  —las compras y las ventas, los precios y las ofertas, los puestos de trabajo y las demandas— se hace en mostrador del gran mundo. Se terminó el mercadillo del jueves por la mañana o del sábado por la tarde. ¿Se habrá enterado nuestra clase política de que este mundo provinciano ya ha fenecido?


Entre las excepciones, hay que nombrar al socialista español Javier Solana, quien sin poner nombres propios conocidos por estos lares —no es necesario nombrar a Pedro Sánchez para entender la lección que le está ofreciendo de manera gratuita en un artículo reciente: Taming the Populists—, está subrayando la necesidad de “desarrollar sistemas para garantizar que los ciudadanos estén equipados para prosperar en un mundo globalizado en el largo plazo. Creatividad, habilidades de resolución de problemas y la competencia interpersonal serán cosas esenciales”. En suma, competencias digitales (digital skills). Y temiendo lo peor, Solana, en la versión inglesa de su artículo que difiere de la española, termina su sabio consejo apuntando que “una victoria del populismo indicaría que la clase política realmente ha fallado a sus ciudadanos”. Su última frase es preclara: “Es hora de que los líderes nacionales demuestren que están prestando atención” (a lo que ocurre en nuestro alrededor; esto es, más allá de la provincia o de la comarca). ¡Ay!

miércoles, 8 de junio de 2016

Industria 4.0, ausencia de talento y la bestia apocalíptica

El presente es huidizo; difícil de apreciar. Sin embargo, hay hechos que definen y tintan el momento. Señales no faltan.

El nivel de creencia es directamente proporcional al nivel de desinformación. Es decir al grado de ignorancia. Cuanto más elevado es el grado de ignorancia que una persona lleva consigo, mayor es su predisposición a creer cualquier cosa. En especial, cosas agradables, futuros brillantes, coquetos, limpios de polvo y paja —léase sin esfuerzo alguno. En este nivel, uno se considera apto para creer en la existencia de soluciones fáciles, agradables, en futuribles esplendorosos, en lugares idílicos y atractivos.

El nivel de conocimiento o de saber, por su parte, es directamente proporcional a la capacidad de comparar. Es decir, no se trata solamente de tener información, una información concreta, sino de tener varias informaciones que permitan la comparación y la contrastación. Esto es, la visión de una situación en diferentes etapas, en distintas épocas o de otros lugares. Visiones que pueden servir para contrastar y cotejar. Esta es la única vía para aprender, y comprender el quid de las situaciones, de los cambios, de las crisis, de las parálisis económicas, etc.

Es decir, la simple información no es saber, no es conocimiento. La simple información puede llevar a creer en una realidad simplificada, hecho que va a alimentar aún más la creencia, que no es más que la configuración en idea del deseo.

Es cuando no se tiene ningún conocimiento que quede lejos de toda duda; cuando todo conocimiento se sitúa bajo la lupa, y bajo constante análisis y examen, entonces sí que se puede decir que se posee una actitud próxima al saber. Es decir, aquel estadio socrático del que sabe lo que no sabe.

Esta reflexión viene al caso por las recientes sacudidas de la bestia. La bestia es el grupo histórico político, movido más por las creencias que por el saber, que aparece cuando las tensiones de cambio económico asoman por el horizonte y la desesperación prende en las masas. Es ahora cuando aumenta la presión, cuando la energía se va acumulando con rapidez. Y eso ocurre ante la dificultad de hacer frente a los cambios profundos que se sospechan.

En la actualidad estamos entrando en la era de la cuarta revolución industrial. Una revolución encabezada por una tecnología que lleva aparejada la robótica, los automatismos, el deep learning, las máquinas que gracias a su capacidad de aprender (machine learning) irán resituándose en los intersticios necesarios de la industria, la producción y el comercio. Ante esta lluvia tecnológica interminable —la de la Industria 4.0— que en pocos años va a cambiar todo el paisaje industrial conocido, la torpe política de los dirigentes —europeos, españoles y catalanes— lo único que ha hecho es ocultar a esas almas cándidas los hechos que se avecinan.

En estos últimos años, estas almas cándidas fueron adecuadamente pautadas, en su etapa de escolarización, con unos planes de estudio donde el esfuerzo era casi nulo. Y de ahí, sin duda alguna, saldrán las fuerzas de la bestia apocalíptica, una vez estas almas ingenuas se den el encontronazo con unas máquinas más inteligentes y eficientes con las que no podrán competir en el mundo laboral.

Digámoslo con otras palabras. La catástrofe está anunciada, pues deriva de una muy leve formación y eso en una era que empieza a ser etiquetada como la era del talento. En otros términos, nos enfrentamos al hecho objetivo de una población que no tendrá fácil cabida en el engranaje productivo.

Por otro lado, hay licenciados salidos de nuestras universidades, que sólo acarrean conocimientos sobre materias inservibles —ya que carecen de mercado. Y de ahí está surgiendo otro ejército de jóvenes que, ante su situación de precariedad laboral y por ende vital, está valorando si unirse a la futura protesta.

Y esta protesta, tan pronto se vea suficientemente fuerte —numéricamente hablando— irá adquiriendo mayor intensidad. Lo que quiere decir, en otras palabras, que habrá un aumento de violencia. Las primeras señales ya se dieron hace unos años con las protestas en las plazas —los campamentos de los indignados que se iniciaron en mayo de 2011. Espolear este personal en dirección a la protesta es fácil. Su estado emocional es muy sensible dado que no ve luz alguna en su túnel vital. Sólo un cambio milagroso es lo único que su mentalidad juvenil, derivada de una infancia prolongada de subsidio, le permite aspirar. A su entender, sólo una explosión gloriosa (como todas las revueltas históricas que se han declarado y visto como gloriosas) puede rehacer el panorama y abrirle caminos hacia la vida adulta añorada, económicamente hablando.

En definitiva, el panorama tecnológico está claro. La revolución de la industria 4.0 está in crescendo. Las cifras cantan. Y por el otro lado, el nivel de formación es muy deficiente o  escaso. No abunda el talento. Y difícilmente habrá trabajo para esta multitudinaria gente sin cualificación profesional. En cambio, sí que hay gran demanda en especializaciones que exigen una alta preparación en el terreno de las tecnologías más avanzadas.

Y estos últimos años, con una ceguera casi intencionada por parte de los políticos, no se ha sabido dibujar las líneas para mejorar con rapidez el nivel de preparación laboral. En plena segunda década del siglo XXI aún se va con el carrito educativo y formativo que funcionaba a finales del siglo XX. Y el caso es que a nivel industrial, empresarial y comercial se está ya muy lejos del año 2000, que si se mira bien —dados los cambios habidos— parece pertenecer a una etapa distante en muchas décadas. 

Aún se manejan las cosas como se hacía en el último tercio del siglo XX. Sin darse cuenta que hay posibilidades infinitas comparativamente hablando con la tecnología actual. Y no hablamos ni del móvil ni del ordenador, quedémonos con el simple televisor que adorna en toda vivienda. Un televisor es realmente una cómoda ventana al exterior que podría servir para re-formar, orientar, estimular y, en último término, ayudar intelectualmente a todo este personal desahuciado y evitar así que siga andando hacia el precipicio de su futuro laboral. Sin embargo, no se hace nada. El televisor sólo sirve  para adoctrinar (fomentar las creencias, políticas sobre todo) o para adormecer las preocupaciones con heroicidades que duran unas horas o, en todo caso, hasta el día siguiente (¿quién se acuerda de aquel famoso gol de Messi del mes de febrero?). Todo ello muy lejos de la necesaria ayuda en pro del estímulo intelectual y formativo. O es ceguera o es desinterés (¡Cierto! Es más fácil programar festivales, cine o fútbol, por no hablar de narraciones sobre vidas privadas de chisme de barrio).

Como es fácil de entender, la energía con el paso del tiempo se va acumulando —sobre todo en aquellas sociedades donde no se hace nada para evitar el gran estruendo que se avecina. El bidón contenedor de esta energía cada vez se va haciendo más débil. Y, como en otros momentos de la historia, llegará el momento del gran estallido —el del estallido social. La historia es un mecanismo que tiene también su lectura en clave de leyes físicas. Todo se basa en el juego de engranajes que pueden resentirse con el buen o mal uso de la presión. Y la presión es directamente proporcional al desencanto de la gente, sobre todo respecto a su futuro económico (que, siempre, deriva de su situación profesional). En algunas épocas este desencanto se orientaba hacia el ataque a un supuesto enemigo exterior (Venezuela, ahora, puede ser un buen ejemplo de ello). Aquí en Europa, actualmente, parece claro que esto no puede funcionar. Cuando no hay vía para canalizar hacia el exterior esta presión (esta enfurecida masa de protestantes), el estallido se da encima del propio país.

En todo caso, los hechos lo indican: automatización de la producción y de la industria, y ausencia de talento. No es difícil aventurar que la presión irá aumentando y, visto el brillo intelectual de las élites gobernantes, continuará un tiempo más. Pero no será muy lejano el momento en que se dé el estallido que toda ley física anuncia. El bidón —la autocontención o esperanza en que las cosas en el mundo laboral cambien (aunque el cambio hoy por hoy se pide que lo hagan los demás)— está llegando al máximo de su resistencia. Pronto se comenzará a sentir el desgarro y el estrépito. Ya hay algunas señales —los brotes recientes en el barrio de Gracia de Barcelona, pueden servir de ilustración. Pero, estos brotes sólo son una muestra diminuta de lo que puede ocurrir si no se atiende al problema.

jueves, 14 de enero de 2016

Clandestinidad educativa y barreras gremiales a las puertas de la cuarta revolución industrial

Vamos a empezar con lo grave antes de incursionar en lo más grave y dejaremos para lo último los aromas de lo que quizás sólo nos llegará —la cuarta revolución industrial.

Grave es la clandestinidad educativa que rige plenamente en nuestro país. Se desconocen cifras reales sobre resultados académicos de los centros escolares. Los padres a la hora de llevar a sus hijos a uno u otro centro no saben qué nivel tiene este centro, ni cuál podrán alcanzar sus hijos porque del centro sólo se sabe su nombre y su dirección —dejamos de lado las cláusulas por las que se podrá acceder. No existen unas listas, de renovación anual, sobre resultados académicos objetivos —por ejemplo, el porcentaje de aprobados en el examen de la selectividad, al final del bachillerato— de los centros de enseñanza secundaria. Estos resultados que la inspección de enseñanza posee, son mantenidos ocultos en aras de la "igualdad" académica de todos los centros —cosa que por sentido común es rotundamente falsa. Los centros no son iguales porque el perfil de los profesores y del propio alumnado varía con el tiempo. La "igualdad", este bálsamo que todo lo equilibra, no pasa de ser —en una época que se reclama de luz y taquígrafos, a favor de la transparencia y contra la corrupción— de gran transcendencia y una clara transgresión de todos estos principios.

Así pues, los padres se enfrentan a una situación grave que repercutirá en la formación previa a la profesional de sus hijos. Y todo por una clandestinidad rayando en el ridículo por no decir en la perversión. Muchas vidas pueden quedar truncadas por la arbitrariedad de unos administradores de la cosa pública en un país que se las da de democrático, pero que mantiene ínfulas de tiranía o despotismo.

Más grave aún es el mantenimiento de unos centros escolares encorsetados a unos programas educativos que por muy modernos que se autocalifiquen no pasan de ser viejas repeticiones de la enseñanza clásica. Lección magistral, alumnos sentados en pupitres pasivos y escuchando, tomando notas ya sea en papel, en el ordenador o en el tablet —he ahí una punta, falsa, de modernidad TIC. El cómo se enseña y el qué se enseña tienen un origen centenario y nuestros jóvenes estudiantes no reciben ni de lejos —en la mayoría de los centros reglados— el tipo de educación que las nuevas empresas requieren y exigirán.

Lo mismo se podría decir de muchas facultades  —en especial las que están alejadas de las ingenierías, tecnologías y ciencias— que continúan dosificando saberes igual como se hacía en la década de los años 70 del siglo pasado. Muchas de ellas aún no se han dado cuenta de que ha habido cambios, que estos se dan a gran velocidad, y que estos cambios ya están repercutiendo en las empresas, en los puestos de trabajo y en las formaciones requeridas de los nuevos profesionales. Aún hay carreras —en especial en el área de letras— que encarrilan a sus alumnos a la cuneta laboral porque no hay suficientes ofertas laborales al respecto. ¿Cuántas plazas universitarias de periodismo hay en Cataluña cada año? ¿En qué trabajarán esos jóvenes a los que se obliga a estudiar asignaturas de relleno durante cuatro largos años? ¡Ya se verá luego qué asignaturas de especialización o de máster ayudarán a encajar, tal vez, en el mercado laboral a los más esforzados!


La educación en España —aunque, como se puede ver, no se tiene la exclusiva de ello— es similar a los gremios de la Edad Media que perduraron casi hasta fines de la Edad Moderna. Los gremios —recordémoslo— controlaban y limitaban el número de talleres artesanales activos, a la vez que en sus manos residía el sistema de aprendizaje. De hecho controlaban toda la actividad profesional y evitaban la competencia. También ellos eran los que fijaban los precios, los tipos y la cantidad de productos a fabricar. La formación y la escala laboral era detalladamente regulada por el gremio en cuestión y nadie podía ejercer un trabajo artesano si no había seguido todas las etapas que el gremio había estipulado como necesarias para ser aprendiz, oficial o maestro. En el mundo donde rigieron los gremios no existió la competencia. El mercado libre no existía. Y tampoco existió durante esta etapa el progreso ni el bienestar consecuente.
La educación hoy actúa similarmente como los gremios de antaño. Tienen encorsetados al personal. Hay unas normas inflexibles. Toda empresa, pública o privada dedicada a la educación, está obligada a ofrecer unos programas —muchas veces caducos e ineficientes— bajo pena de cierre o de desaparición de subvención gubernamental.
Subvención versus inversión
Si se examina a fondo, se puede ver que los centros subvencionados son centros apagados, con carencia de espíritu innovador. Viven con ausencia de alicientes y estímulos que les empuje hacia nuevas metas más modernas y amoldables a los nuevos tiempos que se alborean. Los padres al  orientarse hacia esos centros subvencionados —y con la ausencia de los datos, clandestinos, que hemos indicado— parece que sólo miran el más cercano presente del ahorro, sin darse cuenta que pagar una cuota mensual a un centro escolar privado —del que se tengan referencias objetivas sobre su alta cualificación— no es tirar el dinero sino realmente invertir en los propios hijos y encaminarlos adecuadamente hacia un futuro profesional con solvencia. Y todo ello mientras las férreas manos educativas impiden a los centros, públicos o privados, avanzar a grandes pasos hacia la innovación tanto de programas como de sistemas educativos. 
¿Realmente para algunas profesiones es necesario estar cuatro años sentado ante una pizarra recibiendo charlas sobre temas que no encajan en el marco profesional que uno quiere seguir? ¿Verdaderamente es tan difícil darse cuenta que hoy en día, con la velocidad del cambio tecnológico que se vive, se necesitan muchas personas preparadas para unos trabajos concretos que ahora y aquí ya se deberían de estar implementando?  ¿Tener conocimientos, por ejemplo, sobre los big data requiere una previa preparación universitaria de cuatro años? (Aunque hay alguna universidad, como la UOC, que tiene el atrevimiento de saltarse esa reglamentación, no sin indicar que al terminar esta asignatura sólo recibirá un 'certificado', sin el 'rango' 'universitario' correspondiente).
Habrá que recordar que los gremios, más allá de algunas virtudes que se les pueda atribuir, hoy se sabe fueron una rémora y un freno a la innovación; influyeron negativamente en la cualidad de los productos —¡no existía ninguna competencia al respecto!— y también en las habilidades de los propios artesanos que se dedicaban a repetir año tras año lo que habían aprendido en los primeros años de su adolescencia.  Los economistas al hablar de los gremios concuerdan en que provocaron pérdidas de eficiencia en la economía. La industria —hoy presente en muchos habitáculos de nuestras viviendas— sólo pudo empezar a florecer cuando los gremios empezaron a desvanecerse.

Es casi seguro que los gremios actuales —los centros educativos y en especial los altos administradores de los mismos— están también provocando un severo freno al despegue de nuestra sociedad —encabezada por los más jóvenes, en su búsqueda de un futuro— hacia la cuarta revolución industrial. Una revolución —como cuentan Erik Brynjolfsson y Andrew McAfee en su reciente libro— que estará coronada —en una primera instancia— por la robótica, la inteligencia artificial, las empresas inteligentes y para ello se necesitarán centenares de miles de muchachos preparados. En pocas palabras gente con talento, gente smart.
Más sobre esta situación educativa aquí.

lunes, 21 de diciembre de 2015

El talento como recurso clave en el mundo digital

La historia puede interpretarse como una carrera en bicicleta. Si se deja de pedalear, el país se cae y queda en la cuneta. Desaparece de la historia. Aparece el hambre. Hay miseria. El bienestar de la etapa anterior desaparece. Si, por el contrario, se mejoran los elementos de la bicicleta, ésta mejora en su empuje, prospera la situación propia, progresa el momento histórico y aumenta el bienestar. ¿Cuáles fueron los elementos que utilizaron algunos países para estar bien situados en el orbe histórico y económico? Tomemos a Holanda como ejemplo y situémonos en el siglo XVII. Los holandeses fueron los que lejos de su país fundaron la Nueva Ámsterdam en 1625 —localidad que hoy recibe el nombre de Nueva York— y, en las Indias Orientales, pasaron a ser los "reyes" de una serie de islas de un país que desde el año 1949 pasó, al independizarse, a denominarse Indonesia.

¿Qué fue lo que hizo a los holandeses ser los más avanzados en su época —espejo de los ingleses que más tarde pudieron superarlos? Ni más ni menos que el dominio de técnicas y recursos. ¿Técnicas? Unos barcos bien hechos, veloces, fáciles de maniobrar que surcaban los mares sin temor. Unas ideas emprendedoras que aceptaban nuevos retos. No tenían miedo a lo nuevo. Un espíritu filosófico que supo sintetizar Hugo Grocio (1583-1645) con su famoso escrito a favor del libre comercio y contra el proteccionismo comercial (una miopía histórica, comprensible entonces ya que esto de la economía era una 'ciencia' todavía en pañales). Y el acceso a unos recursos como maderas, hierros, etc.; a técnicas para trabajar en las fábricas y, sobre todo, a un espíritu comercial, sin punto de comparación.

Y no fue sólo suerte que dominaran el comercio en el Báltico y accedieran a la buena madera de Suecia —material fundamental para los barcos. Que dominaran los telares y supieran hacer buenos tejidos para el velamen con el que arriar las naves empujadas por la fuerza energética del viento —no existía todavía el vapor para mover máquinas. Y a una agricultura que se supo utilizar bien para intercambiar productos y generar un tráfico mercantil sin semejanza. Se podría decir que, con su empeño, el mundo de la época estuvo durante unas décadas en sus manos. Desde el sur de Asia —desde las ciudades ricas en especies— hasta la parte del norte de Europa, pasando también por las Indias americanas, todo estaba a su alcance comercial. Y la República de Holanda era una región relativamente pequeña si miramos el mapa y comparamos.

¿Y hoy? Hoy existe la suerte —o tal vez la mala suerte— de que el recurso fundamental que está en juego no es ni el hierro, ni la madera, ni el tejido, ni los cereales. Hoy el recurso clave es el talento, la inteligencia. Una buena inteligencia, unas buenas habilidades intelectuales, bien orientadas para la gran carrera digital que está convocada, es fundamental para empujar la bicicleta de la historia. Ahora no existe la posibilidad de excusas. No se puede decir que no tenemos hierro, ni maderas, ni unos cereales magníficos, o unas viñas espléndidas y, detrás de esta excusa, esconder la nulidad de la acción. Hoy por hoy —dentro del mundo que nos está imperativamente absorbiendo, que es el de la digitalización— la principal riqueza a vender, a comercializar, es el talento, la sabiduría, la alta cultura digital, al objeto de poder dominar, profundizar y aplicarlo, en su caso, a todas las futuras máquinas que están en la inmediata esquina de la historia, máquinas, máquinas inteligentes, que van a transmutar completamente el sistema de trabajo que ha habido hasta ahora.

Se necesita mucha y mucha gente preparada con altos conocimientos científico-técnicos para implementar estas máquinas, para hacerlas aún más avanzadas, para inventar otras completamente imprevistas. Y esto sólo se puede lograr con un gran atrevimiento colectivo que dé la vuelta el poco interés en el estudio profundo, en el esfuerzo intelectual, en el cambio de los modelos —de ídolos— que ilusionan a la juventud. Y ello sólo es factible a nivel global, si se cambia la valoración sobre la alta cultura —aquella que genera dispositivos electrónicos sorprendentes, unas máquinas y unas herramientas muy avanzadas, unos cambios tecnológicos nunca vistos —; si se hace ver que detrás de estos sorprendentes ingenios hay modelos sociales mucho más importantes que aquel que el espectador televisivo de turno valora cuando ve a un jugador de su equipo hacer un gol a su eterno equipo rival.


miércoles, 3 de diciembre de 2014

Agrotech, el retorno inteligente al campo

Dos han sido, históricamente, los puntales del desarrollo humano. La energía para el cuerpo, entiéndase la alimentación, y la energía para nuestras máquinas —los brazos mecánicos que han complementado y sustituido en gran parte el esfuerzo corporal. Si se mira desde esa perspectiva se puede entender el desarrollo económico al que se ha llegado en el presente. Pero las cosas no quedarán ahí. El cambio continúa.

Un nuevo reto está apareciendo en lontananza y en este caso se está orientando fuera de las ciudades —que también tendrán lo suyo con la irrupción de las smart cities y de las smart houses—. ¿Qué hay fuera de las ciudades, donde se ha ido concentrando durante el último siglo la mayoría de la población? ¡El campo! El campo llegará a ser el nuevo reto, la nueva sorpresa e incluso la nueva oxigenación para llevar una vida más feliz y menos supeditada a los frenéticos ritmos de las urbes.

¿Qué está pasando en el campo? O mejor, ¿qué se está iniciando en el mundo agrario? ¡Su digitalización! Hasta hace muy poco el campo era algo que parecía anclado, como muy moderno, a inicios de la segunda mitad del siglo XX (por aquello de los tractores y las máquinas de trillar). Ahora se está descubriendo —en algunos países con gran velocidad; en el nuestro con una parsimonia descorazonadora— que si se aplicasen todos los conocimientos tecnológicos al control de los sembrados, semillas, abonos, temperaturas, riegos, etc., no sólo se obtendrían mejores cosechas, sino también más saludables y con menos coste en esfuerzo físico. ¡Cuánto hubiesen deseado estas nuevas posibilidades nuestros abuelos y tatarabuelos, por no hablar de sus propios antepasados!
Ahora puede ocurrir —y sin duda ocurrirá— que se llegue a un trasvase de la ciudad al campo... Pero a un campo inserto en la tecnología digital. Un campo con una tech adecuada que va más allá de un simple ordenador con que enviar mensajes o hacer compras y ventas por Internet. ¡Eso ya es viejo! Nos referimos a un campo poblado de sensores que nos irán dando datos —la auténtica riqueza del inmediato futuro— que los programas inteligentes que ya empiezan a existir, irán dando pistas al nuevo y avanzado 'campesino digital' para que adecue su actuación y evite errores en las futuras cosechas. Por no hablar de los cambios que ya se están dando en la ganadería.
Con los nuevos dispositivos tecnológicos ya se puede determinar el vigor del cultivo, planificar cosechas, especificar cualidades químicas del fruto, detectar concentraciones de nitratos, planificar óptimamente la fertilización. También ya se pueden detectar enfermedades y precisar los problemas de las posibles plagas. Y, finalmente, llevar una óptima planificación hídrica de las parcelas. Es el nuevo mundo del agrotech.
Ir al campo, gestionar las tareas del mundo agrario, ha dejado de ser una cosa centrada en el esfuerzo físico, para resituarse plenamente, en los aspectos más intelectuales que nunca se han alcanzado hasta ahora. La digitalización del agro es un reto de máxima prioridad. Sobre todo en un momento en que las comunicaciones y los transportes ya han alcanzado altas velocidades y, no se olvide, mucho más lo serán en un próximo futuro. El tema de las importaciones agrarias si hoy es relevante, en pocos años será impactante, en caso de no estar preparado y de ser altamente competitivo, debido a este mundo global que cada vez se va empequeñeciendo más.
Ahora bien… ¿Están nuestros campesinos, nuestros hombres del campo preparados para iniciarse con importantes aspectos técnicos que deberán de implementar en sus bancales? ¿Están nuestros jóvenes tech preparados para marchar de las ciudades y situándose en villorrios, aldeas y poblados digitalizar campo a través?

¿Se estará a nivel político y a nivel universitario —y de manera especial los mass media, desde hace tiempo tronas rectoras de las mentalidades de las masas— por esta labor de reeducación?

Entiéndasenos bien. No hablamos de ningún castigo; una especie de mandar al exilio, consistente en enviar jóvenes de la ciudad al campo. Por el contrario, la ida al campo —o a su cercanía, ya que hoy los vehículos pueden ahorrar cambios de domicilio— debe de verse como una ida real al paraíso. Un paraíso digital —una especie de “América” por digitalizar— que está a la espera de los nuevos creadores que tienen delante suyo una gran experiencia por construir casi casi desde la nada. Todo un reto y a la vez una soberbia victoria por alcanzar.

Creatividad, ingenio, innovación y talento son las herramientas doctas que habrá que estimular para esa ida inteligente al campo. ¡La digitalización del mundo agrícola es otra tarea pendiente! Reto y exigencia para nuestro futuro.