viernes, 19 de agosto de 2016

España digital o la conjura de los necios

La época actual se recordará. Incluso será de mención en los libros de historia que se editarán para ilustrar al alumnado de las etapas básicas. Se hará una lista de los nombres propios a los que se “acusará” de haber estado ciegos ante lo que era patente y se iba anunciando casi de manera constante. Ciegos ante los profundos cambios que se iban a producir en el corto término de cinco años, y más, y que de no ponerse en sabia disposición, se podría cometer un error histórico, abriendo las puertas a una crisis económica, —por quedar rezagados ante los cambios que se avecinan— de muy difícil superación.

Estamos hablando de los cambios tecnológicos que a nivel mundial se están realizando —implementándose en las industrias de todo tipo—  y que ocasionaran un transbordo de negocios de una parte a otra del planeta. Ya se está hablando —por poner un ejemplo reciente— de la “huida” de la fuerza de trabajo cualificada (estos es, trabajadores de alta cualificación profesional) de Alemania a China. En China, uno de los países que está encabezando desde hace años la introducción de la robótica y la inteligencia artificial en las empresas, se empiezan a dar cuenta del gap profesional que hay y por ello han empezado una carrera de recruitment (de contratación) de personal idóneo para las nuevas industrias —las de la llamada cuarta revolución industrial o de la industria 4.0. Se han acabado, pues, las fronteras de una manera definitiva. Hoy y mañana el talento —igual como lo fue también en otros momentos de la historia, por lo que hace a los científicos, inventores e incluso a los diestros en los nuevos sistemas de tejer— abrirá las puertas hacia su futuro. Pero, y ahí el peso de la ignorancia de casi todos nuestros políticos, por aquí aún no se han dado cuenta que ya ha sonado la campana de esta gran carrera.

Por ahí aún se continúa con la larga vacación política, bien trufada por la vacación veraniega y la fresca visualización de las medallas olímpicas que no pasan de ser meras simplezas que realmente no aportan nada, pero nada, al futuro del país. Por estas lares, entre los populismos —los populistas oficiales, de los Podemos variados, y los populistas aspirantes como los socialistas seguidores cegados por Pedro Sánchez— y los ejercicios o declaraciones políticas de patio de colegio —a nivel de parvulario, que no dan para más— se está perdiendo un tiempo que empieza a ser escaso, ya que se habla de un gran cambio tecnológico industrial que tendrá como punto fuerte inicial en el cercano 2020.

Mientras, siguen las algaradas, las frases inflamadas de consignas —muchas procedentes del siglo XIX o de mediados del XX—, y no aparece, ni por casualidad, ninguna idea que rezume algunos de los olores más modernos del siglo XXI. La educación que se está dando en las aulas —desde los párvulos, y las enseñanzas básicas, hasta el nivel de las universidades muchas de ellas con carreras que llevan a un paro predicho desde hace años—, salvo algunas excepciones, muchas de ellas procedentes de centros privados, está fomentando unas salidas profesionales que ayudarán a engrosar el batallón del paro y a aumentar la frustración que lleva a votar al populismo confiando en que se realicen los milagros prometidos.
Por otro lado, la fuerza laboral actual está configurada por unos perfiles que podían ser óptimos en las últimas décadas del siglo XX, pero que hoy están entrando en el ámbito de las cosas obsoletas, esto es, anticuadas e inservibles.

Entretanto, la clase política, desde los que se tapan las vergüenzas de su ignorancia supina con la bandera nacionalista, hasta los que se escudan en las frases manidas de la igualdad, de reformas sociales vacuas o en la subida de impuestos —como si "robar" legalmente sirviera a medio y largo plazo para subsanar lo que el esfuerzo intelectual y emprendedor debería de hacer ofreciendo una mayor fortaleza de cara el futuro—, continua dando vueltas a la noria de la insensatez.

La clase política española está realmente ciega, rondando entre la desinformación (ausencia de lectura) y la ignorancia. A causa de ello, no ha abandonado su mentalidad provinciana —por no decir comarcal. Y se mantiene con unos ojillos dirigidos a buscar soluciones en recetas del pasado, cuando resulta que la globalización —el gran mercado del mundo, la gran industria mundial, y los importantes trabajadores talentosos del planeta— han dejado de vivir en la ciudad del lado. La globalización quiere decir, a menos que se quiera vivir dentro de una cueva, que la política económica  —las compras y las ventas, los precios y las ofertas, los puestos de trabajo y las demandas— se hace en mostrador del gran mundo. Se terminó el mercadillo del jueves por la mañana o del sábado por la tarde. ¿Se habrá enterado nuestra clase política de que este mundo provinciano ya ha fenecido?


Entre las excepciones, hay que nombrar al socialista español Javier Solana, quien sin poner nombres propios conocidos por estos lares —no es necesario nombrar a Pedro Sánchez para entender la lección que le está ofreciendo de manera gratuita en un artículo reciente: Taming the Populists—, está subrayando la necesidad de “desarrollar sistemas para garantizar que los ciudadanos estén equipados para prosperar en un mundo globalizado en el largo plazo. Creatividad, habilidades de resolución de problemas y la competencia interpersonal serán cosas esenciales”. En suma, competencias digitales (digital skills). Y temiendo lo peor, Solana, en la versión inglesa de su artículo que difiere de la española, termina su sabio consejo apuntando que “una victoria del populismo indicaría que la clase política realmente ha fallado a sus ciudadanos”. Su última frase es preclara: “Es hora de que los líderes nacionales demuestren que están prestando atención” (a lo que ocurre en nuestro alrededor; esto es, más allá de la provincia o de la comarca). ¡Ay!

martes, 19 de julio de 2016

Programa formativo contra el infantilismo político: economía y habilidades digitales.

La extraordinaria ignorancia de cómo funcionan las cosas y de hacia dónde nos conduce el futuro está llegando a una extrema peligrosidad. Ya hay señales de cómo puede ser un próximo futuro si se examina qué les está pasando a países que han quedado mentalmente apoltronados en una época pasada, repitiendo modos de vida y labores de antaño. La realidad es que el antaño ya no existe y difícilmente volverá a existir. La revolución tecnológica está yendo a marchas forzadas y en cinco años, muchos de los puestos actuales de trabajo habrán desaparecido siendo sustituidos por grandes máquinas —que son más rentables y tienen menos costes salariales—, los robots y la inteligencia artificial. El mundo digital está penetrando en las industrias de todo tipo y lo antiguo envejecerá a marchas forzadas.
Ante este espectáculo que estamos viendo por la cara más oscura, sólo hay una vía de salida: Subirse con rapidez al tren de la digitalización, apuntándose a una mejora en formación en habilidades digitales (digital skills). En caso contrario, la penuria económica será algo cantado —con la fuerte protesta, casi violenta, que ello puede desencadenar. Los signos al respecto son claros: Italia en este mismísimo momento está en el umbral del hundimiento. ¿Alguien conoce algún dispositivo digital made in Italy que sea codiciado por las multitudes? ¡He ahí el problema! O se está en el mercado de la digitalización —con productos o industrias, ingenios o creatividad digital— o el hundimiento económico —el pase a la tercera división de la economía— será un hecho.
A corto plazo, ¿qué hacer? Establecer grandes programas, incentivados intelectualmente (no económicamente; olvidémonos de tratar a los adultos “con caramelos”), de profundización en habilidades digitales. Ello comportará —en un intervalo no muy lejano de dos o tres años— estar preparado para optar a los nuevos puestos de trabajo con carácter digital que hoy mismo ya se están ofreciendo y que, ¡ay! no aparecen suficientes candidatos para ocuparlos. (Hay 85.000 perfiles digitales sin cubrir según datos del Centro de Tecnologías Avanzadas del INAEM). Y eso ocurre aquí y también en otros países europeos, como el Reino Unido (Un informe de Telefonica | O2The independent report of the UK Digital Skills Taskforce. Beta Edition July 2014. Interim Report— sobre competencias digitales indica que la economía de este país necesitaría, entre los años 2013 y 2017, 745.000 trabajadores adicionales con formación en habilidades digitales. Y a nivel europeo ya lleva tiempo indicándose que el crecimiento de la economía en el continente dependerá de la alta formación en Ciencias y Tecnología, con la creación de casi 900.000 empleos tecnológicos de aquí a 2020).
Este recambio profesional —necesario e imperativo— dará alas a la economía del país. Un país, el nuestro, que está demasiado subordinado a un mercado turístico que puede desaparecer de la noche a la mañana. Sólo hace falta que cuatro locos pongan algún artefacto mortífero en lugares de afluencia turística y se terminará con este mercado. Ejemplos tenemos de Egipto, Túnez o Turquía.
Lo digital es el futuro, pero de un futuro que está a la vuelta de la esquina. Si nuestros politicastros —difícil hablar de políticos viendo sus escasas virtudes intelectuales, a menos que las tengan ocultas y no quieran manifestarlas— no se empeñan en este cambio y, por otro lado, si la población activa no deja de adoptar el clásico infantilismo de recurrir al papá Estado para que le solucione las cosas, el final será diáfano: "todo será llanto y crujir de dientes".
A medio plazo, ¿qué hacer? Cualquier reforma educativa —absolutamente necesaria— debería de incluir, además de las materias clásicas, unas nociones básicas de economía y altas habilidades digitales que lleguen a ser "la envidia" de otros países. Entre ellas, aprender programación y ser fuerte en analítica y matemáticas.
¿Por qué economía? Porque la base del infantilismo político, como se transluce en los últimos años, radica en no saber de dónde viene la riqueza. En creer que el papá Estado o la magnificencia del dios de turno es el que se encarga de dotar de bienes a sus seguidores. Y, lamentablemente, las cosas económicas no funcionan así. La economía depende de un mercado. Si eres interesante con tu talento te contratarán las empresas. Si tu talento es extraordinariamente interesante te pagarán muy mucho para que sigas en la empresa y no te vayas a la competencia. Si tu talento es mediocre —es decir, si sólo sabes hacer lo mismo que miles y miles de personas— pasarás a depender de la lotería laboral. La suerte puede darte trabajo. Pero la suerte se prodiga poco; escasea.
Si trasladamos el caso a nivel de todo el país, la riqueza de este dependerá también del mercado; de su posibilidad de vender. ¿Y qué es lo que se vende más hoy día y se venderá más a partir de los próximos años? Productos digitalizados. Hoy los móviles y las tabletas digitales ya están diseminadas y su índice de venta está bajando; hay empresas como Samsung o Toshiba que están orientándose hacia nuevos nichos de mercado con nuevos productos, entre otros los relacionados con la realidad virtual. Fijémonos que incluso las empresas nacidas de lo digital —Google, por ejemplo— están desembarcando en territorios comerciales de las antiguas industrias, como las de los automóviles. El coche sin conductor de Google es un ejemplo claro de que las cosas van cambiando y que hay que estar al tanto si se quiere continuar a flote.
Hoy estamos en un proceso de transformación digital de las empresas —desde las más grandes hasta las Pimes— y quien no se ponga a nivel de lo que dicta el calendario económico, es decir, el mercado digital, tendrá un futuro negro sin ninguna luz tecnológica. La decadencia estará a la orden del día y la crisis, penuria, escasez y hambre serán las imágenes que poblaran el imaginario de la población.
Aún se está a tiempo de prepararse ante la tormenta digital. De la que está más cercana —con un gran programa de formación inmediata en habilidades digitales— hasta la que iluminará el nuevo cielo de un mundo robotizado y automatizado que necesitará grandes y bien formados profesionales para operar con las nuevas máquinas. Las lecciones básicas de economía servirán para evitar que se busque en los Reyes Magos la solución que está y estará, realmente, en manos de cada uno y de su esfuerzo.


viernes, 24 de junio de 2016

La nueva ola digital o la industria y el trabajador del mundo 4.0

Los cambios profundos en distintas épocas de la historia europea han sido promovidos por cambios tecnológicos; cambios que han venido impulsados por descubrimientos, aportaciones científicas y también —y sobre todo, se podría añadir— por el atrevimiento de un sector de la sociedad que ha sido capaz de ponerse en primera línea de este cambio o, ocurrido aquel en países cercanos, ha sabido aprovechar la ola y no ha tenido miedo a incorporarse en la carrera económica que la nueva técnica promovía.

De hecho, toda la historia económica se podría simbolizar con los movimientos de las olas. Siempre aparecen nuevas olas y las olas que hasta hace un momento habían sido álgidas y de gran esplendor ahora han perdido majestuosidad y, al perder todo impulso, han llegado a sucumbir en la arena de las playas. Estas olas, sin embargo, han sido relevadas por nuevas y mayúsculas olas que con nueva impetuosidad se van acercando de nuevo a la costa. Y así, parece, ad infinitum.

Para confirmar esta metáfora, es decir, si se quiere ver su reflejo real, sólo hay que visitar las zonas, calle o áreas industriales que a mediados del siglo pasado y del anterior eran importantes centros laborales. Hoy, como olas que se han amortiguado, aquellos barrios o calles están apagados y el tránsito, que en su momento llegó a ser numeroso, es escaso o apenas hay.

En la actualidad está llegando el rugido de una nueva ola. El viento es impetuoso. Se trata del viento digital y la ola ya hace tiempo que ha sido bautizada: es la ola de la industria 4.0. Un tipo de industria que tiene elementos que proceden de la historia industrial pasada, pero que está impregnada de tintes completamente distintos que están exigiendo cambios profundos en la mano de obra laboral. Esta nueva industria está planteando unos retos y desafíos como nunca antes se habían imaginado. El trabajador 4.0 tiene una misión completamente nueva: la autoexigencia de la formación continuada.


El mundo, con las comunicaciones y la rapidez de la información, se ha hecho más pequeño. Hoy el comercio es a nivel mundial. Recibimos paquetes de Corea del Sur o de China tras una semana de haber hecho el encargo. Por supuesto, si la compra se hace a una empresa nacional el paquete llegará antes de 48 horas del pedido. Y de la misma manera que nosotros podemos comprar —vía Internet, a través de Amazon, PayPal, etc.— desde los otros países pueden comprar muy fácilmente los productos que fabricamos nosotros. El mercado es, pues, a nivel mundial y —atención aquí— la competencia comercial también es a nivel global. Nuestra empresa no sólo tendrá que enfrentarse con las empresas del sector de la provincia o de la comunidad, sino que también y de forma especial, con empresas de Francia, Alemania, Estados Unidos, China, India o Singapur, por dar unos nombres.

El problema no sólo radica en que el número de competidores ha aumentado, sino sobre todo en que muchos de estos competidores están fabricando cosas nuevas. Mientras que nosotros, es muy posible que continuemos fabricando productos de la misma forma como se hacía hace veinte o treinta años. Y, además, lo están haciendo de forma más rápida y más eficiente. Y eso —si miramos los números— significa un mejor precio (más barato). Y ahí radica parte de la novedad. Pero sólo una parte.

La otra parte se centra en la capacidad de creatividad e innovación. Cabe mencionar que el consumidor de hoy, la persona que está viviendo en esta segunda década del siglo XXI, es un individuo que tiene gran propensión al cansancio. Le encantan las novedades y se apunta a las innovaciones que se le propongan siempre que entren dentro del cuadro que marca su economía y lo que podemos entender como funcionalidad, es decir que le aporte algún servicio o beneficio (aunque sea a nivel de recreo). De ninguna manera tiene interés en gastar dinero por algo que no le complazca en algunos de esos aspectos.

Fijémonos en el mismo teléfono móvil. Durante milenios, siglos y décadas —si lo miramos por el lado más corto—, el individuo humano ha podido vivir tranquilamente sin el smartphone. Su vida pasaba por las vicisitudes habituales y en ningún momento echaba de menos lo que hoy —el móvil— es motivo de preocupación si no nos funciona o lo hemos dejado olvidado en casa. El teléfono móvil o celular —sólo hay que levantar la cabeza y examinar a la gente que transita por el paseo o que está en el tren metropolitano— es un objeto hoy por hoy imprescindible para casi cualquier persona.

Este individuo que retratamos es la persona que frecuentará el mercado de la industria 4.0 que le ofrecerá nuevos productos, cada uno de ellos de lo más sofisticado, y con gran carga digital. Y si no encuentra por aquí estos productos, ¡no hay problema! Por esa ventana que es Internet, comprará aquellos objetos que no le ofrecen ni los comercios de la esquina ni las empresas del polígono industrial de su ciudad.

La transformación digital (la digitalización) que están experimentando muchas empresas —en especial en Alemania, Estado Unidos, o en países del Asia del Pacífico (AsPac), como China— está generando la gran ola que terminará rematando las olas de la industria anterior a la cual todavía mucha gente se siente asociada.

La nueva industria, la industria 4.0, es la que tendrá como principal capital laboral, por un lado, una maquinaria altamente sofisticada (sofisticación que vendrá proporcionada por el nivel de automatismos y de control de fabricación y producción). Aquí las investigaciones sobre inteligencia artificial, sobre las máquinas que se irán autorregulando a la hora de fabricar objetos y productos (machine learning), tendrán un papel más que relevante, a la vez que provocarán —ahora ya lo están haciendo— transformaciones constantes dada la velocidad de cambio que se está viviendo.


Por otra parte, el capital laboral de esta industria 4.0 derivará también de la mano de obra de un personal altamente cualificado. Se puede decir que la época en que los estudios quedaban circunscritos a una etapa de la vida ya ha caducado. Ahora constantemente habrá que irse poniendo al día para poder atender, desde un punto de vista laboral, los procesos que estas máquinas robóticas, los robots,  irán introduciendo en la nueva industria. El talento digital será un valor que ya desde ahora mismo se busca en cualquier curriculum que se presente en una factoría industrial o empresa comercial. Y en caso de no existir este tipo de talento, la persona dueña de este currículo se convertirá en un ser invisible.

El nuevo trabajador —el trabajador del mundo 4.0— tiene unos retos extraordinariamente interesantes. Él ya no será aquel trabajador pasivo que ha ido haciendo tareas repetidas —este trabajador, como la ola amortiguada, ya está desapareciendo— sino que, por el contrario, la creatividad y la innovación serán también unos valores que se le pedirán, además de estimulárselos.

Trabajar en el mundo 4.0 hará que se convierta en creador de nuevos productos y de nuevas ofertas de mercado. Este nuevo trabajador será a la vez un nuevo tipo de artista, ya que para entusiasmar al consumidor del mundo 4.0 deberá saber introducir elementos atrayentes que rapten el interés de quien nos puede comprar el producto y que deseará tener un ejemplar del mismo.


Este trabajador deberá de tener no solo una alta formación sino que al mismo tiempo deberá de haber desarrollado su capacidad creativa a fin de poder ayudar a orientar a los nuevos consumidores en la "personalización" de los productos que querrán que se fabriquen en exclusiva para ellos.

miércoles, 8 de junio de 2016

Industria 4.0, ausencia de talento y la bestia apocalíptica

El presente es huidizo; difícil de apreciar. Sin embargo, hay hechos que definen y tintan el momento. Señales no faltan.

El nivel de creencia es directamente proporcional al nivel de desinformación. Es decir al grado de ignorancia. Cuanto más elevado es el grado de ignorancia que una persona lleva consigo, mayor es su predisposición a creer cualquier cosa. En especial, cosas agradables, futuros brillantes, coquetos, limpios de polvo y paja —léase sin esfuerzo alguno. En este nivel, uno se considera apto para creer en la existencia de soluciones fáciles, agradables, en futuribles esplendorosos, en lugares idílicos y atractivos.

El nivel de conocimiento o de saber, por su parte, es directamente proporcional a la capacidad de comparar. Es decir, no se trata solamente de tener información, una información concreta, sino de tener varias informaciones que permitan la comparación y la contrastación. Esto es, la visión de una situación en diferentes etapas, en distintas épocas o de otros lugares. Visiones que pueden servir para contrastar y cotejar. Esta es la única vía para aprender, y comprender el quid de las situaciones, de los cambios, de las crisis, de las parálisis económicas, etc.

Es decir, la simple información no es saber, no es conocimiento. La simple información puede llevar a creer en una realidad simplificada, hecho que va a alimentar aún más la creencia, que no es más que la configuración en idea del deseo.

Es cuando no se tiene ningún conocimiento que quede lejos de toda duda; cuando todo conocimiento se sitúa bajo la lupa, y bajo constante análisis y examen, entonces sí que se puede decir que se posee una actitud próxima al saber. Es decir, aquel estadio socrático del que sabe lo que no sabe.

Esta reflexión viene al caso por las recientes sacudidas de la bestia. La bestia es el grupo histórico político, movido más por las creencias que por el saber, que aparece cuando las tensiones de cambio económico asoman por el horizonte y la desesperación prende en las masas. Es ahora cuando aumenta la presión, cuando la energía se va acumulando con rapidez. Y eso ocurre ante la dificultad de hacer frente a los cambios profundos que se sospechan.

En la actualidad estamos entrando en la era de la cuarta revolución industrial. Una revolución encabezada por una tecnología que lleva aparejada la robótica, los automatismos, el deep learning, las máquinas que gracias a su capacidad de aprender (machine learning) irán resituándose en los intersticios necesarios de la industria, la producción y el comercio. Ante esta lluvia tecnológica interminable —la de la Industria 4.0— que en pocos años va a cambiar todo el paisaje industrial conocido, la torpe política de los dirigentes —europeos, españoles y catalanes— lo único que ha hecho es ocultar a esas almas cándidas los hechos que se avecinan.

En estos últimos años, estas almas cándidas fueron adecuadamente pautadas, en su etapa de escolarización, con unos planes de estudio donde el esfuerzo era casi nulo. Y de ahí, sin duda alguna, saldrán las fuerzas de la bestia apocalíptica, una vez estas almas ingenuas se den el encontronazo con unas máquinas más inteligentes y eficientes con las que no podrán competir en el mundo laboral.

Digámoslo con otras palabras. La catástrofe está anunciada, pues deriva de una muy leve formación y eso en una era que empieza a ser etiquetada como la era del talento. En otros términos, nos enfrentamos al hecho objetivo de una población que no tendrá fácil cabida en el engranaje productivo.

Por otro lado, hay licenciados salidos de nuestras universidades, que sólo acarrean conocimientos sobre materias inservibles —ya que carecen de mercado. Y de ahí está surgiendo otro ejército de jóvenes que, ante su situación de precariedad laboral y por ende vital, está valorando si unirse a la futura protesta.

Y esta protesta, tan pronto se vea suficientemente fuerte —numéricamente hablando— irá adquiriendo mayor intensidad. Lo que quiere decir, en otras palabras, que habrá un aumento de violencia. Las primeras señales ya se dieron hace unos años con las protestas en las plazas —los campamentos de los indignados que se iniciaron en mayo de 2011. Espolear este personal en dirección a la protesta es fácil. Su estado emocional es muy sensible dado que no ve luz alguna en su túnel vital. Sólo un cambio milagroso es lo único que su mentalidad juvenil, derivada de una infancia prolongada de subsidio, le permite aspirar. A su entender, sólo una explosión gloriosa (como todas las revueltas históricas que se han declarado y visto como gloriosas) puede rehacer el panorama y abrirle caminos hacia la vida adulta añorada, económicamente hablando.

En definitiva, el panorama tecnológico está claro. La revolución de la industria 4.0 está in crescendo. Las cifras cantan. Y por el otro lado, el nivel de formación es muy deficiente o  escaso. No abunda el talento. Y difícilmente habrá trabajo para esta multitudinaria gente sin cualificación profesional. En cambio, sí que hay gran demanda en especializaciones que exigen una alta preparación en el terreno de las tecnologías más avanzadas.

Y estos últimos años, con una ceguera casi intencionada por parte de los políticos, no se ha sabido dibujar las líneas para mejorar con rapidez el nivel de preparación laboral. En plena segunda década del siglo XXI aún se va con el carrito educativo y formativo que funcionaba a finales del siglo XX. Y el caso es que a nivel industrial, empresarial y comercial se está ya muy lejos del año 2000, que si se mira bien —dados los cambios habidos— parece pertenecer a una etapa distante en muchas décadas. 

Aún se manejan las cosas como se hacía en el último tercio del siglo XX. Sin darse cuenta que hay posibilidades infinitas comparativamente hablando con la tecnología actual. Y no hablamos ni del móvil ni del ordenador, quedémonos con el simple televisor que adorna en toda vivienda. Un televisor es realmente una cómoda ventana al exterior que podría servir para re-formar, orientar, estimular y, en último término, ayudar intelectualmente a todo este personal desahuciado y evitar así que siga andando hacia el precipicio de su futuro laboral. Sin embargo, no se hace nada. El televisor sólo sirve  para adoctrinar (fomentar las creencias, políticas sobre todo) o para adormecer las preocupaciones con heroicidades que duran unas horas o, en todo caso, hasta el día siguiente (¿quién se acuerda de aquel famoso gol de Messi del mes de febrero?). Todo ello muy lejos de la necesaria ayuda en pro del estímulo intelectual y formativo. O es ceguera o es desinterés (¡Cierto! Es más fácil programar festivales, cine o fútbol, por no hablar de narraciones sobre vidas privadas de chisme de barrio).

Como es fácil de entender, la energía con el paso del tiempo se va acumulando —sobre todo en aquellas sociedades donde no se hace nada para evitar el gran estruendo que se avecina. El bidón contenedor de esta energía cada vez se va haciendo más débil. Y, como en otros momentos de la historia, llegará el momento del gran estallido —el del estallido social. La historia es un mecanismo que tiene también su lectura en clave de leyes físicas. Todo se basa en el juego de engranajes que pueden resentirse con el buen o mal uso de la presión. Y la presión es directamente proporcional al desencanto de la gente, sobre todo respecto a su futuro económico (que, siempre, deriva de su situación profesional). En algunas épocas este desencanto se orientaba hacia el ataque a un supuesto enemigo exterior (Venezuela, ahora, puede ser un buen ejemplo de ello). Aquí en Europa, actualmente, parece claro que esto no puede funcionar. Cuando no hay vía para canalizar hacia el exterior esta presión (esta enfurecida masa de protestantes), el estallido se da encima del propio país.

En todo caso, los hechos lo indican: automatización de la producción y de la industria, y ausencia de talento. No es difícil aventurar que la presión irá aumentando y, visto el brillo intelectual de las élites gobernantes, continuará un tiempo más. Pero no será muy lejano el momento en que se dé el estallido que toda ley física anuncia. El bidón —la autocontención o esperanza en que las cosas en el mundo laboral cambien (aunque el cambio hoy por hoy se pide que lo hagan los demás)— está llegando al máximo de su resistencia. Pronto se comenzará a sentir el desgarro y el estrépito. Ya hay algunas señales —los brotes recientes en el barrio de Gracia de Barcelona, pueden servir de ilustración. Pero, estos brotes sólo son una muestra diminuta de lo que puede ocurrir si no se atiende al problema.