viernes, 22 de enero de 2016

Una historia repetida: disfunción social, crisis y tecnología

El momento actual es preclaro. Las señales, de arúspices. Las crónicas del presente poco atendidas. Las por venir, sangrantes. El momento, terrible. Ya lo describió Salviano, sin saberlo. Sí, Salviano; aquel Salvianus massiliensis. Salviano de Marsella. Aquel escritor de finales del imperio Romano que murió riéndose ("Perit ridendo"), poco después del año 470 dC.

Salviano nos dejó por escrito, casi punto por punto, una descripción de nuestra época. De nuestro más inmediato presente. De nuestro derrumbe. Pero su obra fue muy poco consultada y así nos va. Ganó en el ranking de la época La Ciudad de Dios (412-426) de Aurelio Agustín, nuestro San Agustín, escrita a remolque del saqueo de Roma por los bárbaros a las órdenes de Alarico en el agosto de 410. Eran tiempos bárbaros, de grandes cambios, de crisis y de gran inestabilidad política. Casi como ahora. 

¿Qué nos dice Salviano? En su crónica, casi periodística, apunta que “en medio de estas circunstancias se saquea a los pobres, gimen las viudas, se pisotea a los huérfanos, hasta el punto de que muchos, y no nacidos de oscuro linaje sino habiendo recibido una educación esmerada, huyen hacia el enemigo para no morir ante el azote de la persecución pública; buscan junto a los bárbaros la humanidad romana, ya que junto a los romanos no podían soportar la bárbara inhumanidad. Y aunque disientan en la lengua, incluso disientan en el olor mismo de los cuerpos y de los atavíos de los bárbaros, prefieren, a pesar de todo, aguantar en medio de los bárbaros una civilización distinta, que entre los romanos una cruel injusticia. Por tanto, a los godos, o a los bagaudas o a otros bárbaros que gobiernan en todas partes, emigran y no se avergüenzan de haber emigrado. Prefieren vivir libres bajo apariencia de cautividad que bajo apariencia de libertad ser cautivos”.

¿Qué cabe destacar de ello? Que la cuna civilizatoria ya no arropa suficientemente. Sus mimbres son flojos. La educación no sirve; ya no ayuda a subir peldaños sociales. Sólo hay posibilidad de huida hacia lo exterior. Hacia lo bárbaro. Actualicemos la narración: ¿Cuántos europeos no han marchado, y están marchando, hacia nuestros actuales bárbaros, los bárbaros del Estado Islámico, ISIS, ISIL o Daesh? ¿Cuántos van abandonando estos barrios que olvidaron tener horizontes y vías de salida y se lanzan a la barbarie?

Pero Salviano no nos habla sólo de los bárbaros (aquellos enemigos exteriores), sino también de los bagaudas, que aparecieron con la crisis. ¿Quiénes fueron los bagaudas? Estos eran los integrantes de bandas que participaron en rebeliones —las revueltas bagaudas— que se dieron en el Bajo Imperio romano en la Galia y en Hispania, principalmente en el siglo V. Estas revueltas fueron, en algún momento, muy cruentas; se llegó a matar al obispo de Tarazona (año 454), apoderarse de Zaragoza y al saqueo de Lérida. Estos grupos estaban formados por campesinos, libres o serviles, esclavos huidos, indigentes, colonos que huían del fisco, en suma gente que estaba gravemente afectada por la grave crisis económica vivida en la última etapa del Imperio.

¿Quiénes podrían ser los bagaudas actuales? Veamos. ¿Quiénes son los que se sienten más alejados del sistema? ¿Quiénes son los que a pesar de sus más o menos estudios no encuentran un trabajo que les permita acercarse al nivel económico imaginado y fomentado desde los medios de comunicación? ¿Quiénes son los que han ocupado viviendas inhabitadas, centros municipales no utilizados y han transformado estos lugares en zonas de refugio, encuentro y organización grupal? ¿Quiénes los que ahora atisban alguna cuota de poder político para llenar alguna arca? Seguro que varias respuestas vienen a nuestras mentes.

Así pues, a nivel interno, la disfunción que existe entre el presente de las personas —la mayoría con una preparación insuficiente y en ningún caso absorbible en la presente coyuntura tecnológica— y sus aspiraciones retributivas prometidas desde un poder y una enseñanza complaciente —aquella del “progresa adecuadamente”, sin exámenes ni exigencia de esfuerzo intelectual—, es alta. Y lo grave es que más lo será con la inminente revolución de las máquinas inteligentes, de los robots, que está al caer. Hay un amplio número de futuros bagaudas que provendrán de aquella parte del mundo laboral que está en declive. No se les ha recomendado, en ningún momento, la necesidad de reciclarse —y de hacerlo constantemente. Si se dice que el cambio tecnológico es acelerado, se ha de ser muy ciego para no darse cuenta de esa necesidad de actualización profesional; como mínimo al mismo ritmo.

El empuje tecnológico —con la robótica, la computación inteligente, los trabajos con gran carga en ciencia de datos (big data; data scientist) — está marcando la línea de separación de grupos sociales con o sin futuro laboral. Y esta línea, si no se toman medidas urgentes —que no quiere decir subvenciones de ayuda, ya que sólo postergan el problema—, será cada vez más difícil de cruzar.

Hay otro texto histórico, en los albores de la primera revolución industrial, que también puede ser muy ilustrativo. ¡Parece que está describiendo, en parte, nuestra época! Escrito en 1839, el historiador alemán Wilhelm Wachsmuth (1784-1866) apunta lo siguiente: "Por una parte es satisfactorio ver cómo los ingleses adquieren un rico tesoro para su vida política del estudio de los autores antiguos, aunque éste lo realicen pedantescamente. Hasta el punto de que con frecuencia los oradores parlamentarios citan a todo pasto a esos autores, práctica aceptada favorablemente por la Asamblea, en la que esas citas no dejan de surtir efecto. Por otra parte, no puede menos de sorprendernos que en un país en que predominan las tendencias manufactureras, por lo que es evidente la necesidad de familiarizar al pueblo con las ciencias y las artes que las favorecen, se advierta la ausencia de tales temas en los planes de educación juvenil".

La ciencia y la tecnología, no hay duda, que está cambiando y lo hace velozmente. Lo que es una rémora es la parte más humana de todo ello. Las señales, como se puede ver, son claras. Las indicaciones, también. Soluciones urgentes, en espera. La ceguera, en aumento. El resultado, previsto. 

jueves, 14 de enero de 2016

Clandestinidad educativa y barreras gremiales a las puertas de la cuarta revolución industrial

Vamos a empezar con lo grave antes de incursionar en lo más grave y dejaremos para lo último los aromas de lo que quizás sólo nos llegará —la cuarta revolución industrial.

Grave es la clandestinidad educativa que rige plenamente en nuestro país. Se desconocen cifras reales sobre resultados académicos de los centros escolares. Los padres a la hora de llevar a sus hijos a uno u otro centro no saben qué nivel tiene este centro, ni cuál podrán alcanzar sus hijos porque del centro sólo se sabe su nombre y su dirección —dejamos de lado las cláusulas por las que se podrá acceder. No existen unas listas, de renovación anual, sobre resultados académicos objetivos —por ejemplo, el porcentaje de aprobados en el examen de la selectividad, al final del bachillerato— de los centros de enseñanza secundaria. Estos resultados que la inspección de enseñanza posee, son mantenidos ocultos en aras de la "igualdad" académica de todos los centros —cosa que por sentido común es rotundamente falsa. Los centros no son iguales porque el perfil de los profesores y del propio alumnado varía con el tiempo. La "igualdad", este bálsamo que todo lo equilibra, no pasa de ser —en una época que se reclama de luz y taquígrafos, a favor de la transparencia y contra la corrupción— de gran transcendencia y una clara transgresión de todos estos principios.

Así pues, los padres se enfrentan a una situación grave que repercutirá en la formación previa a la profesional de sus hijos. Y todo por una clandestinidad rayando en el ridículo por no decir en la perversión. Muchas vidas pueden quedar truncadas por la arbitrariedad de unos administradores de la cosa pública en un país que se las da de democrático, pero que mantiene ínfulas de tiranía o despotismo.

Más grave aún es el mantenimiento de unos centros escolares encorsetados a unos programas educativos que por muy modernos que se autocalifiquen no pasan de ser viejas repeticiones de la enseñanza clásica. Lección magistral, alumnos sentados en pupitres pasivos y escuchando, tomando notas ya sea en papel, en el ordenador o en el tablet —he ahí una punta, falsa, de modernidad TIC. El cómo se enseña y el qué se enseña tienen un origen centenario y nuestros jóvenes estudiantes no reciben ni de lejos —en la mayoría de los centros reglados— el tipo de educación que las nuevas empresas requieren y exigirán.

Lo mismo se podría decir de muchas facultades  —en especial las que están alejadas de las ingenierías, tecnologías y ciencias— que continúan dosificando saberes igual como se hacía en la década de los años 70 del siglo pasado. Muchas de ellas aún no se han dado cuenta de que ha habido cambios, que estos se dan a gran velocidad, y que estos cambios ya están repercutiendo en las empresas, en los puestos de trabajo y en las formaciones requeridas de los nuevos profesionales. Aún hay carreras —en especial en el área de letras— que encarrilan a sus alumnos a la cuneta laboral porque no hay suficientes ofertas laborales al respecto. ¿Cuántas plazas universitarias de periodismo hay en Cataluña cada año? ¿En qué trabajarán esos jóvenes a los que se obliga a estudiar asignaturas de relleno durante cuatro largos años? ¡Ya se verá luego qué asignaturas de especialización o de máster ayudarán a encajar, tal vez, en el mercado laboral a los más esforzados!


La educación en España —aunque, como se puede ver, no se tiene la exclusiva de ello— es similar a los gremios de la Edad Media que perduraron casi hasta fines de la Edad Moderna. Los gremios —recordémoslo— controlaban y limitaban el número de talleres artesanales activos, a la vez que en sus manos residía el sistema de aprendizaje. De hecho controlaban toda la actividad profesional y evitaban la competencia. También ellos eran los que fijaban los precios, los tipos y la cantidad de productos a fabricar. La formación y la escala laboral era detalladamente regulada por el gremio en cuestión y nadie podía ejercer un trabajo artesano si no había seguido todas las etapas que el gremio había estipulado como necesarias para ser aprendiz, oficial o maestro. En el mundo donde rigieron los gremios no existió la competencia. El mercado libre no existía. Y tampoco existió durante esta etapa el progreso ni el bienestar consecuente.
La educación hoy actúa similarmente como los gremios de antaño. Tienen encorsetados al personal. Hay unas normas inflexibles. Toda empresa, pública o privada dedicada a la educación, está obligada a ofrecer unos programas —muchas veces caducos e ineficientes— bajo pena de cierre o de desaparición de subvención gubernamental.
Subvención versus inversión
Si se examina a fondo, se puede ver que los centros subvencionados son centros apagados, con carencia de espíritu innovador. Viven con ausencia de alicientes y estímulos que les empuje hacia nuevas metas más modernas y amoldables a los nuevos tiempos que se alborean. Los padres al  orientarse hacia esos centros subvencionados —y con la ausencia de los datos, clandestinos, que hemos indicado— parece que sólo miran el más cercano presente del ahorro, sin darse cuenta que pagar una cuota mensual a un centro escolar privado —del que se tengan referencias objetivas sobre su alta cualificación— no es tirar el dinero sino realmente invertir en los propios hijos y encaminarlos adecuadamente hacia un futuro profesional con solvencia. Y todo ello mientras las férreas manos educativas impiden a los centros, públicos o privados, avanzar a grandes pasos hacia la innovación tanto de programas como de sistemas educativos. 
¿Realmente para algunas profesiones es necesario estar cuatro años sentado ante una pizarra recibiendo charlas sobre temas que no encajan en el marco profesional que uno quiere seguir? ¿Verdaderamente es tan difícil darse cuenta que hoy en día, con la velocidad del cambio tecnológico que se vive, se necesitan muchas personas preparadas para unos trabajos concretos que ahora y aquí ya se deberían de estar implementando?  ¿Tener conocimientos, por ejemplo, sobre los big data requiere una previa preparación universitaria de cuatro años? (Aunque hay alguna universidad, como la UOC, que tiene el atrevimiento de saltarse esa reglamentación, no sin indicar que al terminar esta asignatura sólo recibirá un 'certificado', sin el 'rango' 'universitario' correspondiente).
Habrá que recordar que los gremios, más allá de algunas virtudes que se les pueda atribuir, hoy se sabe fueron una rémora y un freno a la innovación; influyeron negativamente en la cualidad de los productos —¡no existía ninguna competencia al respecto!— y también en las habilidades de los propios artesanos que se dedicaban a repetir año tras año lo que habían aprendido en los primeros años de su adolescencia.  Los economistas al hablar de los gremios concuerdan en que provocaron pérdidas de eficiencia en la economía. La industria —hoy presente en muchos habitáculos de nuestras viviendas— sólo pudo empezar a florecer cuando los gremios empezaron a desvanecerse.

Es casi seguro que los gremios actuales —los centros educativos y en especial los altos administradores de los mismos— están también provocando un severo freno al despegue de nuestra sociedad —encabezada por los más jóvenes, en su búsqueda de un futuro— hacia la cuarta revolución industrial. Una revolución —como cuentan Erik Brynjolfsson y Andrew McAfee en su reciente libro— que estará coronada —en una primera instancia— por la robótica, la inteligencia artificial, las empresas inteligentes y para ello se necesitarán centenares de miles de muchachos preparados. En pocas palabras gente con talento, gente smart.
Más sobre esta situación educativa aquí.

lunes, 21 de diciembre de 2015

El talento como recurso clave en el mundo digital

La historia puede interpretarse como una carrera en bicicleta. Si se deja de pedalear, el país se cae y queda en la cuneta. Desaparece de la historia. Aparece el hambre. Hay miseria. El bienestar de la etapa anterior desaparece. Si, por el contrario, se mejoran los elementos de la bicicleta, ésta mejora en su empuje, prospera la situación propia, progresa el momento histórico y aumenta el bienestar. ¿Cuáles fueron los elementos que utilizaron algunos países para estar bien situados en el orbe histórico y económico? Tomemos a Holanda como ejemplo y situémonos en el siglo XVII. Los holandeses fueron los que lejos de su país fundaron la Nueva Ámsterdam en 1625 —localidad que hoy recibe el nombre de Nueva York— y, en las Indias Orientales, pasaron a ser los "reyes" de una serie de islas de un país que desde el año 1949 pasó, al independizarse, a denominarse Indonesia.

¿Qué fue lo que hizo a los holandeses ser los más avanzados en su época —espejo de los ingleses que más tarde pudieron superarlos? Ni más ni menos que el dominio de técnicas y recursos. ¿Técnicas? Unos barcos bien hechos, veloces, fáciles de maniobrar que surcaban los mares sin temor. Unas ideas emprendedoras que aceptaban nuevos retos. No tenían miedo a lo nuevo. Un espíritu filosófico que supo sintetizar Hugo Grocio (1583-1645) con su famoso escrito a favor del libre comercio y contra el proteccionismo comercial (una miopía histórica, comprensible entonces ya que esto de la economía era una 'ciencia' todavía en pañales). Y el acceso a unos recursos como maderas, hierros, etc.; a técnicas para trabajar en las fábricas y, sobre todo, a un espíritu comercial, sin punto de comparación.

Y no fue sólo suerte que dominaran el comercio en el Báltico y accedieran a la buena madera de Suecia —material fundamental para los barcos. Que dominaran los telares y supieran hacer buenos tejidos para el velamen con el que arriar las naves empujadas por la fuerza energética del viento —no existía todavía el vapor para mover máquinas. Y a una agricultura que se supo utilizar bien para intercambiar productos y generar un tráfico mercantil sin semejanza. Se podría decir que, con su empeño, el mundo de la época estuvo durante unas décadas en sus manos. Desde el sur de Asia —desde las ciudades ricas en especies— hasta la parte del norte de Europa, pasando también por las Indias americanas, todo estaba a su alcance comercial. Y la República de Holanda era una región relativamente pequeña si miramos el mapa y comparamos.

¿Y hoy? Hoy existe la suerte —o tal vez la mala suerte— de que el recurso fundamental que está en juego no es ni el hierro, ni la madera, ni el tejido, ni los cereales. Hoy el recurso clave es el talento, la inteligencia. Una buena inteligencia, unas buenas habilidades intelectuales, bien orientadas para la gran carrera digital que está convocada, es fundamental para empujar la bicicleta de la historia. Ahora no existe la posibilidad de excusas. No se puede decir que no tenemos hierro, ni maderas, ni unos cereales magníficos, o unas viñas espléndidas y, detrás de esta excusa, esconder la nulidad de la acción. Hoy por hoy —dentro del mundo que nos está imperativamente absorbiendo, que es el de la digitalización— la principal riqueza a vender, a comercializar, es el talento, la sabiduría, la alta cultura digital, al objeto de poder dominar, profundizar y aplicarlo, en su caso, a todas las futuras máquinas que están en la inmediata esquina de la historia, máquinas, máquinas inteligentes, que van a transmutar completamente el sistema de trabajo que ha habido hasta ahora.

Se necesita mucha y mucha gente preparada con altos conocimientos científico-técnicos para implementar estas máquinas, para hacerlas aún más avanzadas, para inventar otras completamente imprevistas. Y esto sólo se puede lograr con un gran atrevimiento colectivo que dé la vuelta el poco interés en el estudio profundo, en el esfuerzo intelectual, en el cambio de los modelos —de ídolos— que ilusionan a la juventud. Y ello sólo es factible a nivel global, si se cambia la valoración sobre la alta cultura —aquella que genera dispositivos electrónicos sorprendentes, unas máquinas y unas herramientas muy avanzadas, unos cambios tecnológicos nunca vistos —; si se hace ver que detrás de estos sorprendentes ingenios hay modelos sociales mucho más importantes que aquel que el espectador televisivo de turno valora cuando ve a un jugador de su equipo hacer un gol a su eterno equipo rival.


viernes, 13 de noviembre de 2015

Cambios, perspectivas y profesiones en la era de la digitalización de la realidad

Toda época de cambios, y de cambios rápidos, es también una época de crisis. De crisis grave. Las cosas que hasta ahora se consideraban perennes, se tambalean y muchas de ellas se desmenuzan. Y mucho de estos hechos tienen que ver con las labores que hasta ahora eran tradicionales. Ahora de tradicional —en el mundo laboral— cada vez hay menos y cuanto más se avance en el tiempo menos habrá de tradicional. El mundo, a pesar de los intentos de cerrar los ojos, ha cambiado y lo está haciendo a gran velocidad.

El gran cambio se inició, si se nos permite ilustrar lo que queremos mostrar, con la llegada del tren —con los nuevos caminos de hierro— en la primera mitad del siglo XIX. Hasta entonces, desde la época de los romanos, y aún antes, los trayectos en las comunicaciones y transportes eran lentísimos. Se dependía de la velocidad de los caballos, de los carruajes, de los arrieros. Y del estado de los caminos; de la existencia o no de puentes; de las riadas. Por ello, lo que se conocía, como mucho, era la comarca. Y era en este ámbito donde se podía hacer —mediante ferias y encuentros festivos— los pequeños negocios de intercambio, el comercio. Para la mayoría de la gente, hasta este siglo XIX del ferrocarril, el mundo se acababa, básicamente, en la cresta de las montañas del horizonte. No salía a cuenta marchar muy lejos llevando ganado o productos de mercado atravesando bosques y montañas porque el día era corto —el viaje era lento, se podría decir— y, además, los bandoleros abundaban.

Con el tren y el barco de vapor las perspectivas visuales y vitales comenzaron a expandirse. Los primeros trenes ingleses comenzaron a circular a 58 kilómetros por hora (1830). Y el barco de vapor superó a los barcos de vela que hasta entonces habían sido los reyes del mar. En 1872 Julio Verne hizo que su héroe, Phileas Fogg, diera la vuelta al mundo en 80 días. Hoy, de Barcelona a San Francisco se necesita menos de 24 horas para llegar. Y de San Francisco a Delhi (India), algo similar. Y si la combinación de vuelos ha sido sensata, en un tercer día podemos volver a estar en Barcelona. El mundo —una vuelta al cual se hace en menos de tres días— realmente ha cambiado. Y ha cambiado porque la tecnología lo ha permitido.


Pero a pesar de ello, la gente sigue muy a menudo con una mentalidad de comarca —la perspectiva espacial acotada al área geográfica donde se vive y la perspectiva temporal en la etapa vivida hasta ahora. Este es el error más grande que uno puede cometer, ya que realmente —lo hemos ilustrado en el párrafo anterior— las cosas son completamente nuevas. Nunca el mundo, tecnológicamente hablando, había llegado a donde ha llegado en la actualidad y esto tiene y tendrá una repercusión —ocasionará un verdadero terremoto— que si no se dedica una atención profunda a este hecho puede provocar muchos desastres a nivel personal, social y global. La preparación psicológica —y sobre todas las cosas, la preparación profesional— es de una imperativa necesidad y si no se pone el mayor esfuerzo posible se llegará muy tarde en la carrera. Y con ello habrá también una gran repercusión en el mundo de la industria y del comercio.

 ¿De qué hablamos realmente? Imposible entrar en detalle sobre las grandes líneas que marcan el más inmediato presente como son la robótica y la automatización de las tareas rutinarias y más mecánicas; la introducción de la inteligencia artificial en muchas de las tareas que hasta ahora estaban en manos humanas; la desaparición de trabajos que empiezan a ser absorbidos por las máquinas inteligentes que van adaptándose a las nuevas situaciones. La inmensa cantidad de dispositivos que estarán en hogares, oficinas y fábricas conectados a Internet —la industria de la internet de las cosas (IOT)—, emitiendo y reciben datos..., nos indica que se está ya en el mundo de las grandes datos (Big data). Y, fruto de todo esto, habrá la desaparición —de forma acelerada— de muchos tipos de trabajo que hasta ahora eran faenas tradicionales, al igual que con la introducción de los grandes depósitos de agua y las canalizaciones de agua corriente hasta los hogares hizo desaparecer el trabajo que retrató Velázquez en el Aguador de Sevilla, así como la ida al gran lavadero del pueblo —el 'común', como en algunos lugares se llamaba— para lavar la ropa cuando no había en las casas ni agua ni lavadoras automáticas.

¿Y los nuevos trabajos cuáles serán? Desde los que se deriven de las ingenierías y profesiones científico-técnicas, hasta aquellas tareas que sepan situarse encima de la rueda digital. Ahí reposa la idea del ser digital. Hay que entender por ello, tener una personalidad profesional que sepa enlazar el trabajo clásico con el mundo digital, y que no se contente con tener un blog o estar presente en redes profesional como LinkedIn. Esto es demasiado superficial. Sino que hablamos del profesional que procura profundizar, crear, indagar, adentrarse, inventar, en definitiva, descubrir intersticios que permitan trasvasar parte del saber profesional del mundo pre-digital a este nuevo mundo que inexorablemente está apareciendo ante nuestros ojos.

El nuevo mundo, el de la era de la digitalización de la realidad, que está a cinco años vista, desde un punto de vista profesional es un mundo que estará abierto a gente bien preparada en las áreas científico-técnicas (no en vano los EEUU ya hace años impulsaron el gran e inteligente programa de la STEM), que sabrán encontrar o hacerse un espacio en el trepidante mundo tecnológico. También habrá lugar para los más aguerridos de otras áreas profesionales (abogados, periodistas, etc.) que no cierren las puertas a su bautismo digital que más arriba hemos insinuado. Y los terceros que están llamados a tener un lugar específico en esta digitalización de la realidad son los artistas, los creativos. La creación es una de las áreas en la que —hasta ahora— la inteligencia artificial, la robótica, no tiene acceso. Y la creatividad será una de las puntas de lanza en el nuevo mercado digital que pronto estará vigente aquí y que ya está dominante ahora mismo en los países más punteros. La inventiva, la creación, la imaginación no tiene precio (en el sentido de que es escasa y no se puede aprender ni enseñar —o, en todo caso, no fácilmente) y el nuevo mundo, la digitalización del mundo —que quiere decir que todo está por renovarse, de un extremo al otro— tiene las puertas abiertas a los artistas y creadores que hoy parecen postergados tras los dibujos y pinturas, y que ¡tampoco! se han dado cuenta de que el nuevo mundo tecnológico tiene y tendrá mucha necesidad de ellos.