viernes, 24 de junio de 2016

La nueva ola digital o la industria y el trabajador del mundo 4.0

Los cambios profundos en distintas épocas de la historia europea han sido promovidos por cambios tecnológicos; cambios que han venido impulsados por descubrimientos, aportaciones científicas y también —y sobre todo, se podría añadir— por el atrevimiento de un sector de la sociedad que ha sido capaz de ponerse en primera línea de este cambio o, ocurrido aquel en países cercanos, ha sabido aprovechar la ola y no ha tenido miedo a incorporarse en la carrera económica que la nueva técnica promovía.

De hecho, toda la historia económica se podría simbolizar con los movimientos de las olas. Siempre aparecen nuevas olas y las olas que hasta hace un momento habían sido álgidas y de gran esplendor ahora han perdido majestuosidad y, al perder todo impulso, han llegado a sucumbir en la arena de las playas. Estas olas, sin embargo, han sido relevadas por nuevas y mayúsculas olas que con nueva impetuosidad se van acercando de nuevo a la costa. Y así, parece, ad infinitum.

Para confirmar esta metáfora, es decir, si se quiere ver su reflejo real, sólo hay que visitar las zonas, calle o áreas industriales que a mediados del siglo pasado y del anterior eran importantes centros laborales. Hoy, como olas que se han amortiguado, aquellos barrios o calles están apagados y el tránsito, que en su momento llegó a ser numeroso, es escaso o apenas hay.

En la actualidad está llegando el rugido de una nueva ola. El viento es impetuoso. Se trata del viento digital y la ola ya hace tiempo que ha sido bautizada: es la ola de la industria 4.0. Un tipo de industria que tiene elementos que proceden de la historia industrial pasada, pero que está impregnada de tintes completamente distintos que están exigiendo cambios profundos en la mano de obra laboral. Esta nueva industria está planteando unos retos y desafíos como nunca antes se habían imaginado. El trabajador 4.0 tiene una misión completamente nueva: la autoexigencia de la formación continuada.


El mundo, con las comunicaciones y la rapidez de la información, se ha hecho más pequeño. Hoy el comercio es a nivel mundial. Recibimos paquetes de Corea del Sur o de China tras una semana de haber hecho el encargo. Por supuesto, si la compra se hace a una empresa nacional el paquete llegará antes de 48 horas del pedido. Y de la misma manera que nosotros podemos comprar —vía Internet, a través de Amazon, PayPal, etc.— desde los otros países pueden comprar muy fácilmente los productos que fabricamos nosotros. El mercado es, pues, a nivel mundial y —atención aquí— la competencia comercial también es a nivel global. Nuestra empresa no sólo tendrá que enfrentarse con las empresas del sector de la provincia o de la comunidad, sino que también y de forma especial, con empresas de Francia, Alemania, Estados Unidos, China, India o Singapur, por dar unos nombres.

El problema no sólo radica en que el número de competidores ha aumentado, sino sobre todo en que muchos de estos competidores están fabricando cosas nuevas. Mientras que nosotros, es muy posible que continuemos fabricando productos de la misma forma como se hacía hace veinte o treinta años. Y, además, lo están haciendo de forma más rápida y más eficiente. Y eso —si miramos los números— significa un mejor precio (más barato). Y ahí radica parte de la novedad. Pero sólo una parte.

La otra parte se centra en la capacidad de creatividad e innovación. Cabe mencionar que el consumidor de hoy, la persona que está viviendo en esta segunda década del siglo XXI, es un individuo que tiene gran propensión al cansancio. Le encantan las novedades y se apunta a las innovaciones que se le propongan siempre que entren dentro del cuadro que marca su economía y lo que podemos entender como funcionalidad, es decir que le aporte algún servicio o beneficio (aunque sea a nivel de recreo). De ninguna manera tiene interés en gastar dinero por algo que no le complazca en algunos de esos aspectos.

Fijémonos en el mismo teléfono móvil. Durante milenios, siglos y décadas —si lo miramos por el lado más corto—, el individuo humano ha podido vivir tranquilamente sin el smartphone. Su vida pasaba por las vicisitudes habituales y en ningún momento echaba de menos lo que hoy —el móvil— es motivo de preocupación si no nos funciona o lo hemos dejado olvidado en casa. El teléfono móvil o celular —sólo hay que levantar la cabeza y examinar a la gente que transita por el paseo o que está en el tren metropolitano— es un objeto hoy por hoy imprescindible para casi cualquier persona.

Este individuo que retratamos es la persona que frecuentará el mercado de la industria 4.0 que le ofrecerá nuevos productos, cada uno de ellos de lo más sofisticado, y con gran carga digital. Y si no encuentra por aquí estos productos, ¡no hay problema! Por esa ventana que es Internet, comprará aquellos objetos que no le ofrecen ni los comercios de la esquina ni las empresas del polígono industrial de su ciudad.

La transformación digital (la digitalización) que están experimentando muchas empresas —en especial en Alemania, Estado Unidos, o en países del Asia del Pacífico (AsPac), como China— está generando la gran ola que terminará rematando las olas de la industria anterior a la cual todavía mucha gente se siente asociada.

La nueva industria, la industria 4.0, es la que tendrá como principal capital laboral, por un lado, una maquinaria altamente sofisticada (sofisticación que vendrá proporcionada por el nivel de automatismos y de control de fabricación y producción). Aquí las investigaciones sobre inteligencia artificial, sobre las máquinas que se irán autorregulando a la hora de fabricar objetos y productos (machine learning), tendrán un papel más que relevante, a la vez que provocarán —ahora ya lo están haciendo— transformaciones constantes dada la velocidad de cambio que se está viviendo.


Por otra parte, el capital laboral de esta industria 4.0 derivará también de la mano de obra de un personal altamente cualificado. Se puede decir que la época en que los estudios quedaban circunscritos a una etapa de la vida ya ha caducado. Ahora constantemente habrá que irse poniendo al día para poder atender, desde un punto de vista laboral, los procesos que estas máquinas robóticas, los robots,  irán introduciendo en la nueva industria. El talento digital será un valor que ya desde ahora mismo se busca en cualquier curriculum que se presente en una factoría industrial o empresa comercial. Y en caso de no existir este tipo de talento, la persona dueña de este currículo se convertirá en un ser invisible.

El nuevo trabajador —el trabajador del mundo 4.0— tiene unos retos extraordinariamente interesantes. Él ya no será aquel trabajador pasivo que ha ido haciendo tareas repetidas —este trabajador, como la ola amortiguada, ya está desapareciendo— sino que, por el contrario, la creatividad y la innovación serán también unos valores que se le pedirán, además de estimulárselos.

Trabajar en el mundo 4.0 hará que se convierta en creador de nuevos productos y de nuevas ofertas de mercado. Este nuevo trabajador será a la vez un nuevo tipo de artista, ya que para entusiasmar al consumidor del mundo 4.0 deberá saber introducir elementos atrayentes que rapten el interés de quien nos puede comprar el producto y que deseará tener un ejemplar del mismo.


Este trabajador deberá de tener no solo una alta formación sino que al mismo tiempo deberá de haber desarrollado su capacidad creativa a fin de poder ayudar a orientar a los nuevos consumidores en la "personalización" de los productos que querrán que se fabriquen en exclusiva para ellos.

miércoles, 8 de junio de 2016

Industria 4.0, ausencia de talento y la bestia apocalíptica

El presente es huidizo; difícil de apreciar. Sin embargo, hay hechos que definen y tintan el momento. Señales no faltan.

El nivel de creencia es directamente proporcional al nivel de desinformación. Es decir al grado de ignorancia. Cuanto más elevado es el grado de ignorancia que una persona lleva consigo, mayor es su predisposición a creer cualquier cosa. En especial, cosas agradables, futuros brillantes, coquetos, limpios de polvo y paja —léase sin esfuerzo alguno. En este nivel, uno se considera apto para creer en la existencia de soluciones fáciles, agradables, en futuribles esplendorosos, en lugares idílicos y atractivos.

El nivel de conocimiento o de saber, por su parte, es directamente proporcional a la capacidad de comparar. Es decir, no se trata solamente de tener información, una información concreta, sino de tener varias informaciones que permitan la comparación y la contrastación. Esto es, la visión de una situación en diferentes etapas, en distintas épocas o de otros lugares. Visiones que pueden servir para contrastar y cotejar. Esta es la única vía para aprender, y comprender el quid de las situaciones, de los cambios, de las crisis, de las parálisis económicas, etc.

Es decir, la simple información no es saber, no es conocimiento. La simple información puede llevar a creer en una realidad simplificada, hecho que va a alimentar aún más la creencia, que no es más que la configuración en idea del deseo.

Es cuando no se tiene ningún conocimiento que quede lejos de toda duda; cuando todo conocimiento se sitúa bajo la lupa, y bajo constante análisis y examen, entonces sí que se puede decir que se posee una actitud próxima al saber. Es decir, aquel estadio socrático del que sabe lo que no sabe.

Esta reflexión viene al caso por las recientes sacudidas de la bestia. La bestia es el grupo histórico político, movido más por las creencias que por el saber, que aparece cuando las tensiones de cambio económico asoman por el horizonte y la desesperación prende en las masas. Es ahora cuando aumenta la presión, cuando la energía se va acumulando con rapidez. Y eso ocurre ante la dificultad de hacer frente a los cambios profundos que se sospechan.

En la actualidad estamos entrando en la era de la cuarta revolución industrial. Una revolución encabezada por una tecnología que lleva aparejada la robótica, los automatismos, el deep learning, las máquinas que gracias a su capacidad de aprender (machine learning) irán resituándose en los intersticios necesarios de la industria, la producción y el comercio. Ante esta lluvia tecnológica interminable —la de la Industria 4.0— que en pocos años va a cambiar todo el paisaje industrial conocido, la torpe política de los dirigentes —europeos, españoles y catalanes— lo único que ha hecho es ocultar a esas almas cándidas los hechos que se avecinan.

En estos últimos años, estas almas cándidas fueron adecuadamente pautadas, en su etapa de escolarización, con unos planes de estudio donde el esfuerzo era casi nulo. Y de ahí, sin duda alguna, saldrán las fuerzas de la bestia apocalíptica, una vez estas almas ingenuas se den el encontronazo con unas máquinas más inteligentes y eficientes con las que no podrán competir en el mundo laboral.

Digámoslo con otras palabras. La catástrofe está anunciada, pues deriva de una muy leve formación y eso en una era que empieza a ser etiquetada como la era del talento. En otros términos, nos enfrentamos al hecho objetivo de una población que no tendrá fácil cabida en el engranaje productivo.

Por otro lado, hay licenciados salidos de nuestras universidades, que sólo acarrean conocimientos sobre materias inservibles —ya que carecen de mercado. Y de ahí está surgiendo otro ejército de jóvenes que, ante su situación de precariedad laboral y por ende vital, está valorando si unirse a la futura protesta.

Y esta protesta, tan pronto se vea suficientemente fuerte —numéricamente hablando— irá adquiriendo mayor intensidad. Lo que quiere decir, en otras palabras, que habrá un aumento de violencia. Las primeras señales ya se dieron hace unos años con las protestas en las plazas —los campamentos de los indignados que se iniciaron en mayo de 2011. Espolear este personal en dirección a la protesta es fácil. Su estado emocional es muy sensible dado que no ve luz alguna en su túnel vital. Sólo un cambio milagroso es lo único que su mentalidad juvenil, derivada de una infancia prolongada de subsidio, le permite aspirar. A su entender, sólo una explosión gloriosa (como todas las revueltas históricas que se han declarado y visto como gloriosas) puede rehacer el panorama y abrirle caminos hacia la vida adulta añorada, económicamente hablando.

En definitiva, el panorama tecnológico está claro. La revolución de la industria 4.0 está in crescendo. Las cifras cantan. Y por el otro lado, el nivel de formación es muy deficiente o  escaso. No abunda el talento. Y difícilmente habrá trabajo para esta multitudinaria gente sin cualificación profesional. En cambio, sí que hay gran demanda en especializaciones que exigen una alta preparación en el terreno de las tecnologías más avanzadas.

Y estos últimos años, con una ceguera casi intencionada por parte de los políticos, no se ha sabido dibujar las líneas para mejorar con rapidez el nivel de preparación laboral. En plena segunda década del siglo XXI aún se va con el carrito educativo y formativo que funcionaba a finales del siglo XX. Y el caso es que a nivel industrial, empresarial y comercial se está ya muy lejos del año 2000, que si se mira bien —dados los cambios habidos— parece pertenecer a una etapa distante en muchas décadas. 

Aún se manejan las cosas como se hacía en el último tercio del siglo XX. Sin darse cuenta que hay posibilidades infinitas comparativamente hablando con la tecnología actual. Y no hablamos ni del móvil ni del ordenador, quedémonos con el simple televisor que adorna en toda vivienda. Un televisor es realmente una cómoda ventana al exterior que podría servir para re-formar, orientar, estimular y, en último término, ayudar intelectualmente a todo este personal desahuciado y evitar así que siga andando hacia el precipicio de su futuro laboral. Sin embargo, no se hace nada. El televisor sólo sirve  para adoctrinar (fomentar las creencias, políticas sobre todo) o para adormecer las preocupaciones con heroicidades que duran unas horas o, en todo caso, hasta el día siguiente (¿quién se acuerda de aquel famoso gol de Messi del mes de febrero?). Todo ello muy lejos de la necesaria ayuda en pro del estímulo intelectual y formativo. O es ceguera o es desinterés (¡Cierto! Es más fácil programar festivales, cine o fútbol, por no hablar de narraciones sobre vidas privadas de chisme de barrio).

Como es fácil de entender, la energía con el paso del tiempo se va acumulando —sobre todo en aquellas sociedades donde no se hace nada para evitar el gran estruendo que se avecina. El bidón contenedor de esta energía cada vez se va haciendo más débil. Y, como en otros momentos de la historia, llegará el momento del gran estallido —el del estallido social. La historia es un mecanismo que tiene también su lectura en clave de leyes físicas. Todo se basa en el juego de engranajes que pueden resentirse con el buen o mal uso de la presión. Y la presión es directamente proporcional al desencanto de la gente, sobre todo respecto a su futuro económico (que, siempre, deriva de su situación profesional). En algunas épocas este desencanto se orientaba hacia el ataque a un supuesto enemigo exterior (Venezuela, ahora, puede ser un buen ejemplo de ello). Aquí en Europa, actualmente, parece claro que esto no puede funcionar. Cuando no hay vía para canalizar hacia el exterior esta presión (esta enfurecida masa de protestantes), el estallido se da encima del propio país.

En todo caso, los hechos lo indican: automatización de la producción y de la industria, y ausencia de talento. No es difícil aventurar que la presión irá aumentando y, visto el brillo intelectual de las élites gobernantes, continuará un tiempo más. Pero no será muy lejano el momento en que se dé el estallido que toda ley física anuncia. El bidón —la autocontención o esperanza en que las cosas en el mundo laboral cambien (aunque el cambio hoy por hoy se pide que lo hagan los demás)— está llegando al máximo de su resistencia. Pronto se comenzará a sentir el desgarro y el estrépito. Ya hay algunas señales —los brotes recientes en el barrio de Gracia de Barcelona, pueden servir de ilustración. Pero, estos brotes sólo son una muestra diminuta de lo que puede ocurrir si no se atiende al problema.

jueves, 26 de mayo de 2016

El nuevo mundo personalizado

Si los contratiempos que nos están tocando vivir —un débil liderazgo en una Europa con intenciones disgregadoras; unos Estados Unidos con tentaciones autárquicas; desenfrenos en el mundo de Oriente Medio que sacuden profundamente—, si estos contratiempos se llegan a controlar, se podrá acceder, gracias al gran cambio tecnológico, a un nuevo mundo personalizado (Personalized World). Todo, todo, se fabricará, se construirá a nivel muy personal. Se está terminando la época de las prendas, muebles, cocinas y electrodomésticos, por poner unos ejemplos, estandarizados. Se termina con los coches fabricados en serie. Estamos entrando con los jerséis o las joyas hechas por encargo y cuidadosamente personalizados. Todo será personal y reflejará nuestros gustos, inquietudes, deseos o necesidades. Se terminará paulatinamente con la igualdad externa (la interna es otra cosa; esa depende de los sistemas de adiestramiento "intelectual" que uno ejercite).

Los seguros de los coches, por seguir con ejemplos, también estarán personalizados. El recibo de la luz empieza ya a andar por este camino. La sanidad también se mueve en este sentido.

Y eso es factible porque el mundo de los datos —de los big data—, de su acumulación y análisis, está a la vuelta de la esquina. Y es este mundo el que ayudará a individualizar en grado sumo nuestra circunstancia vital. Los datos que iremos dejando con nuestra huella digital y con la huella de los aparatos informatizados (ahí el papel importantísimo de la internet de las cosas (Internet of things) —es decir de nuestras dispositivos y máquinas que estarán enviando señales al mundo digital y a los receptores digitales) se irá creando nuestra sombra digital y a partir de ella, las ofertas personalizadas, los precios personalizados, las dietas personalizadas, las recomendaciones médicas personalizadas, y todo un abanico de propuestas, que hoy son aleatorias, las iremos recibiendo primeramente con sorpresa pero más adelante con fruición. Nos llegará aquello que nos interesa y a un precio adecuado a nuestras posibilidades y actividades.

Por continuar con los seguros de los coches. Se terminará con la cuota universal. Se dará por fin respuesta detallada al omnipresente interrogante de por qué todos han de pagar la misma cuota sea cual sea su talante a la hora de conducir un coche. Muy pronto, a partir de los datos recogidos por los distintos sensores que llevará el vehículo —datos captados tecnológicamente que llegarán a los data center de las empresas de seguros de coches— las compañías adaptarán las tasas al tipo de ejercicio viario que cada uno ejerza. Pero no quedará el cambio sólo en este ámbito.

Todos y cada uno de los aspectos vitales que nos rodean y que nos influyen tenderán a esa personalización. Y uno de los más importantes estará, también, en los estudios; en la educación. Se terminará con la clase magistral y la inercia de explicar lo mismo para todos. Pronto, mediante ingenios informáticos, que se basarán en la inteligencia artificial, la educación se acercará al joven estudiante con una panoplia de persuasiones culturales que le llevarán con facilidad hacia focos de su interés con lo cual aumentará su esfuerzo y el estudio consciente y voluntario. Se acabará con el aburrimiento en las aulas. Ahora con las indicaciones educativas personalizadas se podrá estimular el cerebro de nuestros muchachos y, a la vez, abrirles nuevas e interesantes perspectivas que les dejarán sin aliento, debido al ardor deliberado que dedicarán. Chicos y chicas dejarán de ser del montón, apáticos, grises, y gracias a la personalización empezarán a adquirir una identidad estudiantil y, posteriormente, profesional que, si se compara con otros tiempos, serán dignos de envidia.

En esta época —el presente— donde abundan las profecías apocalípticas —el miedo a un mundo con robots, inteligencia artificial y automatización de las industrias, etc.—, que amenazan con grandes cantidades de personas sin trabajo y con pocas capacidad de supervivencia en el nuevo mundo laboral, si se examina la otra cara de la moneda, que es este mundo personalizado, se verá que hay auténticas salidas profesionales. Y muchísimo trabajo que ofrecer y ejercer.

Este distinto y distante mundo personalizado, tomemos nota, precisará profesionales muy bien preparados para poder atender a cada uno de los potenciales clientes —que somos todos. Esta nueva etapa es un paso adelante. Hasta ahora la tecnología había ido penetrando en el mundo industrial. En adelante, empezará a orientarse hacia el mundo personal. Hay, en potencia, muchísimo trabajo por realizar, pero también se necesitará una alta formación profesional. Nunca nada grande se hizo ni se ha hecho sin esfuerzo. He ahí la palabra clave de nuestra época.


viernes, 22 de enero de 2016

Una historia repetida: disfunción social, crisis y tecnología

El momento actual es preclaro. Las señales, de arúspices. Las crónicas del presente poco atendidas. Las por venir, sangrantes. El momento, terrible. Ya lo describió Salviano, sin saberlo. Sí, Salviano; aquel Salvianus massiliensis. Salviano de Marsella. Aquel escritor de finales del imperio Romano que murió riéndose ("Perit ridendo"), poco después del año 470 dC.

Salviano nos dejó por escrito, casi punto por punto, una descripción de nuestra época. De nuestro más inmediato presente. De nuestro derrumbe. Pero su obra fue muy poco consultada y así nos va. Ganó en el ranking de la época La Ciudad de Dios (412-426) de Aurelio Agustín, nuestro San Agustín, escrita a remolque del saqueo de Roma por los bárbaros a las órdenes de Alarico en el agosto de 410. Eran tiempos bárbaros, de grandes cambios, de crisis y de gran inestabilidad política. Casi como ahora. 

¿Qué nos dice Salviano? En su crónica, casi periodística, apunta que “en medio de estas circunstancias se saquea a los pobres, gimen las viudas, se pisotea a los huérfanos, hasta el punto de que muchos, y no nacidos de oscuro linaje sino habiendo recibido una educación esmerada, huyen hacia el enemigo para no morir ante el azote de la persecución pública; buscan junto a los bárbaros la humanidad romana, ya que junto a los romanos no podían soportar la bárbara inhumanidad. Y aunque disientan en la lengua, incluso disientan en el olor mismo de los cuerpos y de los atavíos de los bárbaros, prefieren, a pesar de todo, aguantar en medio de los bárbaros una civilización distinta, que entre los romanos una cruel injusticia. Por tanto, a los godos, o a los bagaudas o a otros bárbaros que gobiernan en todas partes, emigran y no se avergüenzan de haber emigrado. Prefieren vivir libres bajo apariencia de cautividad que bajo apariencia de libertad ser cautivos”.

¿Qué cabe destacar de ello? Que la cuna civilizatoria ya no arropa suficientemente. Sus mimbres son flojos. La educación no sirve; ya no ayuda a subir peldaños sociales. Sólo hay posibilidad de huida hacia lo exterior. Hacia lo bárbaro. Actualicemos la narración: ¿Cuántos europeos no han marchado, y están marchando, hacia nuestros actuales bárbaros, los bárbaros del Estado Islámico, ISIS, ISIL o Daesh? ¿Cuántos van abandonando estos barrios que olvidaron tener horizontes y vías de salida y se lanzan a la barbarie?

Pero Salviano no nos habla sólo de los bárbaros (aquellos enemigos exteriores), sino también de los bagaudas, que aparecieron con la crisis. ¿Quiénes fueron los bagaudas? Estos eran los integrantes de bandas que participaron en rebeliones —las revueltas bagaudas— que se dieron en el Bajo Imperio romano en la Galia y en Hispania, principalmente en el siglo V. Estas revueltas fueron, en algún momento, muy cruentas; se llegó a matar al obispo de Tarazona (año 454), apoderarse de Zaragoza y al saqueo de Lérida. Estos grupos estaban formados por campesinos, libres o serviles, esclavos huidos, indigentes, colonos que huían del fisco, en suma gente que estaba gravemente afectada por la grave crisis económica vivida en la última etapa del Imperio.

¿Quiénes podrían ser los bagaudas actuales? Veamos. ¿Quiénes son los que se sienten más alejados del sistema? ¿Quiénes son los que a pesar de sus más o menos estudios no encuentran un trabajo que les permita acercarse al nivel económico imaginado y fomentado desde los medios de comunicación? ¿Quiénes son los que han ocupado viviendas inhabitadas, centros municipales no utilizados y han transformado estos lugares en zonas de refugio, encuentro y organización grupal? ¿Quiénes los que ahora atisban alguna cuota de poder político para llenar alguna arca? Seguro que varias respuestas vienen a nuestras mentes.

Así pues, a nivel interno, la disfunción que existe entre el presente de las personas —la mayoría con una preparación insuficiente y en ningún caso absorbible en la presente coyuntura tecnológica— y sus aspiraciones retributivas prometidas desde un poder y una enseñanza complaciente —aquella del “progresa adecuadamente”, sin exámenes ni exigencia de esfuerzo intelectual—, es alta. Y lo grave es que más lo será con la inminente revolución de las máquinas inteligentes, de los robots, que está al caer. Hay un amplio número de futuros bagaudas que provendrán de aquella parte del mundo laboral que está en declive. No se les ha recomendado, en ningún momento, la necesidad de reciclarse —y de hacerlo constantemente. Si se dice que el cambio tecnológico es acelerado, se ha de ser muy ciego para no darse cuenta de esa necesidad de actualización profesional; como mínimo al mismo ritmo.

El empuje tecnológico —con la robótica, la computación inteligente, los trabajos con gran carga en ciencia de datos (big data; data scientist) — está marcando la línea de separación de grupos sociales con o sin futuro laboral. Y esta línea, si no se toman medidas urgentes —que no quiere decir subvenciones de ayuda, ya que sólo postergan el problema—, será cada vez más difícil de cruzar.

Hay otro texto histórico, en los albores de la primera revolución industrial, que también puede ser muy ilustrativo. ¡Parece que está describiendo, en parte, nuestra época! Escrito en 1839, el historiador alemán Wilhelm Wachsmuth (1784-1866) apunta lo siguiente: "Por una parte es satisfactorio ver cómo los ingleses adquieren un rico tesoro para su vida política del estudio de los autores antiguos, aunque éste lo realicen pedantescamente. Hasta el punto de que con frecuencia los oradores parlamentarios citan a todo pasto a esos autores, práctica aceptada favorablemente por la Asamblea, en la que esas citas no dejan de surtir efecto. Por otra parte, no puede menos de sorprendernos que en un país en que predominan las tendencias manufactureras, por lo que es evidente la necesidad de familiarizar al pueblo con las ciencias y las artes que las favorecen, se advierta la ausencia de tales temas en los planes de educación juvenil".

La ciencia y la tecnología, no hay duda, que está cambiando y lo hace velozmente. Lo que es una rémora es la parte más humana de todo ello. Las señales, como se puede ver, son claras. Las indicaciones, también. Soluciones urgentes, en espera. La ceguera, en aumento. El resultado, previsto.