martes, 31 de enero de 2017

En la Edad Media no había lampistas

Los grandes cambios o de profundidad han sido pocos. Nos referimos a las revoluciones con trasfondo económico. Los primeros fueron muy lentos. La primera, la agraria que se da en el neolítico con el paso de una economía recolectora a una de producción agraria y ganadera. Tuvo una permanencia de milenios. Y aunque vivió cambios, estos fueron leves; no de profundidad. La siguiente fue la industrial; hoy reconocida como la primera revolución industrial, que se dio en Gran Bretaña desde 1760 hasta 1840 aproximadamente. Desde allí se fue expandiendo por Europa y más allá. Fue lento el proceso pero, como se puede ver, mucho menos que la anterior alteración económica. El siguiente paso vino de la mano de la electricidad y el gas con unas máquinas y procesos relevantes como coches, aviones, telégrafos, teléfonos o la radiodifusión. Todo ello alteró de nuevo el orden de las cosas. La tercera revolución industrial tiene una historia mucho más reciente. Algunos aún recuerdan haber visto en su infancia algún gran cambio.

El trastrueque de tareas llevó a la liberación de una de las faenas más engorrosas adjudicada a las mujeres. Por otro lado, y en muchos sitios con anterioridad, las fuentes en las plazas dejaron de ser imprescindibles cuando aparecieron los grandes depósitos y los lampistas que se dedicaron a acercar el agua a las viviendas. Pronto aparecieron las nuevas bañeras y se dieron muchas disrupciones más.

Hoy las disrupciones se están multiplicando y de forma acelerada. Robots y automatizaciones están a la orden del día. Están desapareciendo las tareas mecánicas y de baja cualificación o preparación profesional.

Por otro lado, hay también una grave crisis provocado por la alta demanda y la carencia de un número suficiente de profesionales con perfil digital. Son numerosos los países que se están dando cuenta de este gap (skills gap). Es preocupante dada la prevista competencia en precios que existirá entre industrias altamente automatizadas y las industrias exclusivamente con fuerza de trabajo humana. Los precios dispares provocaran fuertes temblores económicos y difícilmente se podrán poner puertas a este campo. Aún se está a tiempo para subirse al tren de esta nueva revolución, la de la Cuarta revolución industrial. Es urgente cambiar el chip.

Ahora el perfil profesional demandado exige innovación, creatividad y habilidades digitales (digital skills). Ha terminado el tipo de trabajo mecánico poco creativo. En la anterior etapa económica, la de la segunda y tercera revolución, quien introducía la creación era la máquina; el trabajador era un simple apéndice de los productos que fabricaban, por ejemplo, las máquinas de hacer calcetines. Hoy se necesita, y cada vez se necesitará más, un perfil profesional que será en cierta medida parecido al artesano medieval que en su época fue creativo y mañoso. Hoy hay que tener y se está exigiendo —y pagando suculentos sueldos—, un importante bagaje digital y creatividad. La necesidad de innovación es altísima.

¿Innovación? ¡Sí! Porque todo está por rehacerse. Todo cambiará. Aparecerán nuevas tareas y nuevos objetos —el teléfono móvil en nuestro bolsillo puede ser un buen ejemplo de novedad insospechada, aunque hoy tengamos la impresión de que es un objeto con mucha historia. Y aparecerán nuevas profesiones. El cambio es acelerado. Es preciso cerrar el caduco televisor, fábrica de perder tiempo, y otear constantemente por la excelente ventana que es el internet profesional —que queda muy allá del simplista internet del entretenimiento.
En este momento histórico, perder el tiempo es muy peligroso. No nos podemos permitir dejar escapar el tren de la nueva revolución, la de la industria 4.0. Es preciso situarse adecuadamente. Las profesiones con carga tecnológica tendrán fuerte demanda. Aún está por ver qué pasará con las profesiones orientadas a las humanidades. En todo caso, hay que abandonar, rápidamente, los viejos esquemas del siglo XX. Este siglo que hemos dejado —aunque mucha gente aún se mueve dentro de sus esquemas— es una época que hay que verla tan anticuada como la de la Alta Edad Media. No hacerlo, permanecer con una pertinaz ceguera, es ahondar el pozo que en diez años nos engullirá.

martes, 13 de diciembre de 2016

Educar para el futuro o para un mundo caduco

El dilema está claro. ¿Qué ganará, la educación o la deseducación? La potencia actual de los contenidos deseducativos va creciendo sin tregua. La educación, sus esfuerzos y sus modelos, son cada vez menos apreciados por el público, juvenil o no. El poder de los media, en una carrera para atraer con sus programas y series, fomentando el mínimo esfuerzo intelectual, y los consiguientes valores del dolce far niente mental, está superando todas las cotas que hasta ahora se habían visto. Hoy la educación, por nuestros lares, en España y en Europa, está en franca caída. Caída al vacío. Y mientras tanto la gente aplaudiendo y esperando que el futuro será el mundo feliz, el mundo de los sueños que les cantan las series del final feliz. ¡Qué vida nos espera!, se dicen; cuando no se dan cuenta que el encontronazo cada vez está más cercano.
Cinco, diez años vista, estos patios de luces que es el mundillo de las pantallas con millares de espectadores a la espera de la nueva comedia de distracción, estarán llenos de cadáveres mentales que no encontrarán ningún tipo de trabajo y que como una nueva alta edad media estarán pendientes de la hora de ir a buscar la sopa boba en los centros de los frailes seglares, las actuales ONG o los partidos de fecunda verborrea que prometen, sin explicar su origen, una paga mínima para sostenerse de pie. En todo caso, se lo habrán currado con su renuncia a informarse realmente de lo que es fundamental y qué accesorio, y de formarse para los grandes cambios tecnológicos que se avecinan.
Europa está en una crisis incipiente. La aparición de los voceríos populistas es la señal del inicio del fin. La proporcionalidad de los seguidores de estos grupos, en otras épocas marginales, es indicativo del gran tropiezo social, económico y político que conducirá a la nada del final. El de la despensa vacía sin que nadie —de cualquier parte del mundo desarrollado tecnológicamente hablando— te dé ni la sal. El esfuerzo tiene su recompensa. Eso lo muestran bien claro los libros de historia económica de los países que han ido despuntando, gracias al tesón y al esfuerzo, para generar riqueza y mejorar el nivel de vida. Donde el esfuerzo escasea y ni se lo busca, ahí es donde la oscuridad económica es el único futuro que se puede alcanzar.
La educación en Europa, en España, o en la misma esquina de quien escribe esto, es deficiente; siendo bondadosos con el uso de este término. Europa está en declive y, por dar otro elemento indicativo, sus políticos están empezando a huir, véase Gran Bretaña con el Brexit.

El cambio de marcha que habría que hacer para mejorar la situación, para impedir este desenfreno hacia este gran porrazo económico y social, debería de conjugar un gran cambio en la valoración de la cultura, de la alta cultura, y en especial del esfuerzo dirigido a las STEM (ciencias, tecnología, ingeniería y matemáticas), o STEAM (si le añadimos el arte o creatividad). Ahí, sí que hay futuro. Este es el estrecho camino, el estrecho de Gibraltar, hacia la América del futuro que es la de la alta tecnología. Pero estamos hablando de una alta tecnología creada por europeos, por españoles, por la start-up de la esquina. (¡Creaciones que apenas existen!) No hablamos de la tecnología de simples consumidores. De hecho, dentro de pocos años serán minoría los que tengan cuatro perras para poder tenerla ni una hora en las manos, o cerca en el comedor (como por ejemplo, los robots que serán los mayordomos para todo). Estamos en el momento en que es imperativo decidir entre una educación para un futuro muy tech o una educación para un mundo caduco, que se irá apagando porque la cera de su tiempo está casi consumida.

La Europa educativa tiene unas cifras que provocan temor. Estamos más allá de la profecía inspirada. Estamos en el mundo de los números y estos son claros.

En la época que está apareciendo ante nuestros ojos, la época de lo smart, de la inteligencia, no puede la ciudadanía estar con unos niveles de inteligencia que ni se le pueden suponer. La catástrofe económica está anunciada. El reloj corre sin tregua. El futuro está a corta distancia. En la época de la sociedad del conocimiento, en muchas regiones europeas, los niveles de éste se encuentran en zonas de vértigo, e incluso en algunas áreas de población en niveles negativos. Es un futuro que asusta a los avispados; aunque la ceguera voluntaria ante este problema se propaga como una epidemia.

jueves, 10 de noviembre de 2016

Altas cumbres digitales y mecanismos de la historia humana

¿Y si los grupos humanos se moviesen con ciertas pautas previsibles? ¿Y si realmente existiesen unos mecanismos explicativos de las conductas colectivas? Fijémonos en lo que está sucediendo, y acaba de suceder con Donald Trump, último ejemplo de la resurrección de las consignas y los movimientos populistas. No es realmente una novedad. En otros momentos de la historia se han dado procesos semejantes. Incluso en épocas remotas de los que tenemos noticias, como en la época de la Grecia clásica, en tiempos de Platón y Aristóteles. También hubo movimientos de estilo parecido en la Edad Media, con los movimientos que entonces aparecieron con baño religioso. Esto parece que es lo que realmente ocurre. Se dan unas pautas, unos patrones de conducta. Se dan procesos físicos. Unos resultados de energías y sinergias, de rupturas de piezas del motor histórico humano y, vuelta a empezar, a menudo, aunque no siempre, con algunas mejoras.

¿Qué le ocurre al motor de nuestro coche? Nuevo, salido de fábrica, es un fulgor espléndido ante lo que es realmente capaz de hacer. Con el tiempo, una correa puede estropearse. Un fallo imprevisible. O una pieza que ante un esfuerzo mayúsculo se ha visto imposibilitada de transferir la fuerza por la que fue creada y, ¡zas!, se rompe y el motor se para. El vehículo se detiene y habrá que hacer arreglos. El curso que hasta ahora había sido recurrente y tranquilo, casi imperceptible por repetido, se trunca. Habrá que introducir cambios.

¿Determinismo? Inicialmente el planteamiento sobre el determinismo humano se focalizó a la conducta del individuo, de la persona. Pero tal vez fue una visión ciertamente estrecha, demasiado simplificada. Tal vez si se hubiese ampliado la mirada y atendido a los grupos y a su inserción en los engranajes económicos del momento histórico, hubiese sido posible perfilar, dibujar, esto es, observar, un determinismo de los procesos históricos, de las etapas por las que circula el motor social humano y que ha de hacer frente a los peñas que debería de alcanzar. Ante el esfuerzo, algunas piezas flaquean, otras se hacen trizas y el motor desfallece e incluso puede llegar a incendiarse.

Ahí tenemos algunas pinceladas de lo que, si se mira la historia desde cierta perspectiva (sin caer en la veneración, casi religiosa, de momentos precisos, como hacen algunos nacionalismos o sectarismos proféticos, religiosos o laicos), puede servir para iniciar un recorrido intelectual que permita atisbar futuros. En otras palabras, prever y enmendar, antes de que sea demasiado tarde, el futuro fallo del motor. Ahí tiene un papel la ciencia, la única forma de llegar al conocimiento que el individuo humano se ha dado y con cuya concurrencia ha podido llegar hasta donde ha llegado. El presente, con todos los males que se quieran poner sobre la mesa, no tiene parangón con las épocas pasadas. Ignorarlo, no querer verlo, es simplemente apostar por la oscuridad.

Y las peñas, las montañas altas que retan actualmente a estos motores humanos podrían bien ser las cúspides de la tecnología, los nuevos retos profesionales que exigen del motor humano, de la dedicación humana, una atención y una fuerza —un ‘es-fuerzo’— que no todas las personas (no todas las piezas y engranajes) están dispuestas (están disponibles) a ofrecer. No están adecuadamente preparadas (esto es, debidamente formadas) para hacer frente al reto del camino histórico hacia las nuevas cumbres. Las grandes industrias tecnológicas han ido a parar a otras áreas geográficas. Los aparadores, hoy digitales vía comercio electrónico, ya no necesitan puestos físicos para vender. La globalización del mercado, en nuestros lares, básicamente ha ampliado el mundo del transporte de mercaderías. Aquí por ahora queda el turismo, que los populistas, ciegos e ignorantes, pueden hacer desaparecer con sus inopinadas bisoñeces, propia de ingenuos e iletrados.

Repitámoslo una vez más. La realidad digital también se nos está presentando cuesta arriba y tiene mucha más pendiente que todas las realidades anteriores vistas.

Esfuerzo es un término que viene de “fuerza” y este término, uno de los principales de la física. Significa la capacidad de modificar la forma o el estado de reposo de un cuerpo. Ahí, en este artículo, el estado de reposo es el propio individuo. Reposo y simple atención a los entretenimientos que le mantienen como simple espectador, bien atento, calmado y quieto. Esfuerzo es el vigor propio para conseguir algo venciendo dificultades, superando resistencias. Las máquinas de regeneración del esfuerzo hasta ahora han sido las grandes penurias (léase guerras, enfrentamientos violentos, catástrofes, etc.,), que muchas veces, no siempre, han ayudado a abrir los ojos a la realidad, que siempre se presenta montañosa y abrupta, y a poner de nuevo el motor en marcha. Igual existen otros mecanismos, menos cruentos, para regenerar esfuerzos. Habrá que pensar en ello.



martes, 6 de septiembre de 2016

Por qué Corea del Sur no entrará en guerra o el termómetro digital

Corea del Sur no piensa hacer ninguna guerra porque no necesita este tipo de 'negocio' para prosperar económicamente. Sus ciudadanos han adquirido la idea, han asumido a fondo, de que con el talento, y talento en lo digital, se puede conseguir, y de muy buenas maneras, un bienestar económico adecuado. Sólo en países con garrulos y pardillos, ingenuos dirían algunos, es decir, que no van sobrados de talentosos, sino que merodean por el mundo intelectual como perdularios, son los que más fácilmente se les puede lanzar contra el país que puede darles, mediante el robo que es toda guerra ganada, las avituallas económicas que precisan para mejorar su vida cotidiana.

He ahí dos distintos carriles de la economía. O la guerra o el esfuerzo intelectual y el atrevimiento empresarial. En medio, los iletrados políticos y los gestores de la opinión pública —esto es la prensa subvencionada— que intentan, según como sopla el viento, ir nadando sobre la nada de una ciudadanía que oscila entre la creencia ideológica, sostenida con el palo y la zanahoria, y el aborregamiento de las dosis deportivas que con cadencia se les endosa vía televisiva. La cuestión es tener las mentes entretenidas y alejadas de toda tentación desestabilizadora, en caso contrario habrá que fabricar un enemigo del que extraer la substancia económica.


La historia es un libro abierto, si se quiere leer entre líneas, más allá de los nombres de los gobernantes o de las victorias esplendorosas en unas luchas para conservar unos terrenos o ampliarlos. Gestas heroicas —presentadas de forma honorífica—, que pueden servir para ir a depositar los emblemas y enseñas de una patria fabricada a gusto del vencedor. En suma, guerras y belicosidades para obtener rápidamente rentas ganadas honradamente por los otros (los "malignos enemigos"), o riquezas territoriales —léase minas de carbón o de otros minerales, o pozos petrolíferos e incluso salidas al mar. Pero también ha habido y hay otra vía. Ahí se requiere esfuerzo, muchísimo más esfuerzo para ir fabricando productos que en el mercado, cercano o lejano, podrán convertirse en monedas que servirán para mejorar las condiciones de vida e, incluso, ampliar y mejorar el sistema de fabricación o confección de los mismos. Esta ha sido la vía de Corea del Sur, toda una lección. Y así quieren continuar.


Esta es en síntesis la historia económica. A menudo las batallas también se han dado en el interior de un mismo país. Cuando los menos dotados para el esfuerzo —dejemos de lado, por hoy, la causa de ello—, quieren obtener una parte —y casi siempre la mejor— de lo que otros han obtenido con su esfuerzo laboral o empresarial. Ahí aparece una nueva manifestación del cainismo histórico. Los que quieren ir deprisa y descansados para obtener fortuna y los que pausadamente y de forma continuada van con coraje esforzándose, con su trabajo, para crear riqueza.

La riqueza procede de una simple operación matemática: yo te doy y, a cambio, tú me das. Hay un intercambio de productos por dinero; o de servicios (pintor, decorador, diseño arquitectónico) por dinero. Lo otro, la otra vía, es dame tu lo que tienes o te mato. Es el robo. El acoso. El chantaje. Un alto y rápido esfuerzo para obtener rápidamente una ganancia. Es simple. Así funcionan las cosas. Hay grados, cierto; pero en síntesis es lo dicho. Al respecto sólo hay que poner un vestuario adecuado a los distintos siglos y cambiar el decorado, y tendremos la historia real de todos los tiempos. Esfuerzo concentrado —y muchas veces sólo concentrado en la potencia del arma que se empuña— o esfuerzo dilatado en el estudio, el trabajo, la creación, y el ofrecimiento en el mercado.


¿Por qué Corea del Sur no entra en guerra? Porque no la necesita. Vende grandes productos tecnológicos por todos los continentes y está encarrilándose hacia la plenitud de la cuarta revolución industrial. No necesita la guerra. Prefiere —y se agradece— las ventas resultado de una suma de esfuerzos iniciados desde hace años. (Tomemos nota: Corea del Sur era un país del Tercer Mundo en los años 50 y 60 del siglo XX, según se podía leer en los distintos informes de los que criticaban las “injusticias mundiales”). Sin embargo, desde hace algunos años Corea del Sur está en la lista de los países del Primer Mundo y ahí sigue en veloz carrera provocando la envidia de rezagados y, sobre todo, de los que se han manifestado cansados antes de iniciar el deporte de la economía productiva y mercantil.


¿Por qué Rusia y Turquía están entrando en unas relaciones políticas más belicosas que industriosas? ¿Por qué Putin está torpedeando constantemente a Ucrania? ¿Por qué Turquía —léase Erdogan— está aprovechando el 'golpe' militar para hacer un extremado contragolpe? ¿Por qué Corea del Norte está jugando con misiles balísticos que lanza al mar del Japón? Sin ninguna duda porque es más fácil conseguir prebendas —léase riqueza— por la vía férrea, estos es militar, que por la vía del esfuerzo intelectual, de la industria 4.0 y de los avances en la revolución tecnológica, que es lo que toca en esta segunda década del siglo. Han llegado tarde —podrán decir— pero las prebendas las quieren para ya y pronto. Y su población, si ve caer con la lluvia peces y cangrejos, y añadidos a la salsa, cerrará los ojos ya que a nadie le amarga un dulce, aunque este oro venga de la confiscación o del robo a otros. Continua, así pues, esta serie, que es la historia de la humanidad. Y desde hace milenios. La tecnología cambia, la humanidad y sus tejemanejes, mucho menos. O casi nada, por lo que se ve en estos lares, donde abunda la estulticia política.


Visto todo ello, el termómetro digital —la digitalización— puede dar buena cuenta de lo que puede pasar en los países que reticentes al cambio, y al esfuerzo intelectual —la famosa resistencia al cambio—, se oponen a adoptar las competencias que hoy se demandan en el mercado industrial. Lo cierto es que nunca el reloj ha tenido tendencia a pararse. Así que es cuestión de tiempo. Y a menos que, en los países europeos y en especial en los más cercanos al Atlántico, haya una conversión digital, como en su momento hicieron los coreanos del sur, y empiezan con una tarea de actualización en digital skills, en competencias digitales, o aparecerá la otra alternativa. La alternativa que fue profusa en época romana —el camino económico seguido por los césares augustos— empeñados casi siempre en elegir la vía cruenta, la de la declinación práctica del bellum, belli. Es decir, la de la guerra en lugar de la producción y el comercio.