miércoles, 3 de diciembre de 2014

Agrotech, el retorno inteligente al campo

Dos han sido, históricamente, los puntales del desarrollo humano. La energía para el cuerpo, entiéndase la alimentación, y la energía para nuestras máquinas —los brazos mecánicos que han complementado y sustituido en gran parte el esfuerzo corporal. Si se mira desde esa perspectiva se puede entender el desarrollo económico al que se ha llegado en el presente. Pero las cosas no quedarán ahí. El cambio continúa.

Un nuevo reto está apareciendo en lontananza y en este caso se está orientando fuera de las ciudades —que también tendrán lo suyo con la irrupción de las smart cities y de las smart houses—. ¿Qué hay fuera de las ciudades, donde se ha ido concentrando durante el último siglo la mayoría de la población? ¡El campo! El campo llegará a ser el nuevo reto, la nueva sorpresa e incluso la nueva oxigenación para llevar una vida más feliz y menos supeditada a los frenéticos ritmos de las urbes.

¿Qué está pasando en el campo? O mejor, ¿qué se está iniciando en el mundo agrario? ¡Su digitalización! Hasta hace muy poco el campo era algo que parecía anclado, como muy moderno, a inicios de la segunda mitad del siglo XX (por aquello de los tractores y las máquinas de trillar). Ahora se está descubriendo —en algunos países con gran velocidad; en el nuestro con una parsimonia descorazonadora— que si se aplicasen todos los conocimientos tecnológicos al control de los sembrados, semillas, abonos, temperaturas, riegos, etc., no sólo se obtendrían mejores cosechas, sino también más saludables y con menos coste en esfuerzo físico. ¡Cuánto hubiesen deseado estas nuevas posibilidades nuestros abuelos y tatarabuelos, por no hablar de sus propios antepasados!
Ahora puede ocurrir —y sin duda ocurrirá— que se llegue a un trasvase de la ciudad al campo... Pero a un campo inserto en la tecnología digital. Un campo con una tech adecuada que va más allá de un simple ordenador con que enviar mensajes o hacer compras y ventas por Internet. ¡Eso ya es viejo! Nos referimos a un campo poblado de sensores que nos irán dando datos —la auténtica riqueza del inmediato futuro— que los programas inteligentes que ya empiezan a existir, irán dando pistas al nuevo y avanzado 'campesino digital' para que adecue su actuación y evite errores en las futuras cosechas. Por no hablar de los cambios que ya se están dando en la ganadería.
Con los nuevos dispositivos tecnológicos ya se puede determinar el vigor del cultivo, planificar cosechas, especificar cualidades químicas del fruto, detectar concentraciones de nitratos, planificar óptimamente la fertilización. También ya se pueden detectar enfermedades y precisar los problemas de las posibles plagas. Y, finalmente, llevar una óptima planificación hídrica de las parcelas. Es el nuevo mundo del agrotech.
Ir al campo, gestionar las tareas del mundo agrario, ha dejado de ser una cosa centrada en el esfuerzo físico, para resituarse plenamente, en los aspectos más intelectuales que nunca se han alcanzado hasta ahora. La digitalización del agro es un reto de máxima prioridad. Sobre todo en un momento en que las comunicaciones y los transportes ya han alcanzado altas velocidades y, no se olvide, mucho más lo serán en un próximo futuro. El tema de las importaciones agrarias si hoy es relevante, en pocos años será impactante, en caso de no estar preparado y de ser altamente competitivo, debido a este mundo global que cada vez se va empequeñeciendo más.
Ahora bien… ¿Están nuestros campesinos, nuestros hombres del campo preparados para iniciarse con importantes aspectos técnicos que deberán de implementar en sus bancales? ¿Están nuestros jóvenes tech preparados para marchar de las ciudades y situándose en villorrios, aldeas y poblados digitalizar campo a través?

¿Se estará a nivel político y a nivel universitario —y de manera especial los mass media, desde hace tiempo tronas rectoras de las mentalidades de las masas— por esta labor de reeducación?

Entiéndasenos bien. No hablamos de ningún castigo; una especie de mandar al exilio, consistente en enviar jóvenes de la ciudad al campo. Por el contrario, la ida al campo —o a su cercanía, ya que hoy los vehículos pueden ahorrar cambios de domicilio— debe de verse como una ida real al paraíso. Un paraíso digital —una especie de “América” por digitalizar— que está a la espera de los nuevos creadores que tienen delante suyo una gran experiencia por construir casi casi desde la nada. Todo un reto y a la vez una soberbia victoria por alcanzar.

Creatividad, ingenio, innovación y talento son las herramientas doctas que habrá que estimular para esa ida inteligente al campo. ¡La digitalización del mundo agrícola es otra tarea pendiente! Reto y exigencia para nuestro futuro.

jueves, 18 de septiembre de 2014

El mago Rifkin y sus fantasías socioeconómicas

Sin querer echar piedras en el propio tejado –uno es de filosofía, con algunas gotas de ciencia–, podríamos aceptar que las personas las podemos diferenciar en dos tipos de perfiles: las de mentalidad literaria y las de mentalidad científica. Ello nos podrá servir para colocar en el registro adecuado a Jeremy Rifkin. La gente de letras, por decirlo con otros términos, es gente con una gran capacidad creativa pero a la vez tiende a simplificar las cosas y los procesos. Para ella, todo es fácil, todo puede ser resumido en polaridades de sí o no, de bien o mal, de blanco o negro. La gente de ciencias, en el otro extremo, ve las cosas como mucho más complejas. Su ‘mundo’ es más complicado y completamente alejado de lo simple, tal como la óptica literaria tiende a captar. Más aún, para el científico, las cosas son extremadamente complejas. Y de entre ellas, el mundo, su historia o la materia con que está hecho y sus leyes y dinámicas. Y a menos que se caiga en un autoritarismo, el científico procura evitar simplificaciones peligrosas. Entiéndase, por otro lado, que esta tipología no quiere encasillar a la gente según sus estudios, sino según su mentalidad predominante.
Jeremy Rifkin, que se presenta como economista, consultor y profesor asociado en la Harvard Business School, podría ser muy bien encasillado entre las personas con mentalidad literaria, porque sus obras, desde la más reciente, hasta las más antiguas, rezuman de capacidad creativa, haciendo que la imaginación tanto del escritor como del lector se eleven bastantes peldaños por encima de la realidad.
Se podría bien decir que Rifkin  es creativo. Casi un mago. Un excelente retórico. Es, en un sentido positivo y negativo del término, un embaucador. Los hechos dan prueba del aserto. Arrastró a Felipe González hacia su regazo, quedando cegado por la tesis del ‘reparto del trabajo’ que por aquel entonces Rifkin vendía con su libro editado en 1995. Desprende tal tipo de magia que también encandiló a Rodríguez Zapatero. También Hollande ha caído alguna vez en sus redes, y al parecer con similar eficacia como ocurrió con nuestro dirigente del PSOE. Y, según la prensa, Rifkin también ha tonteado con Merkel, pero desconocemos la transcendencia de sus propuestas.
Zapatero, nunca modoso, no tuvo ninguna dificultad en caer en la ensoñación de intentar llevar a la práctica la famosa y ‘certera’ tesis que planteaba el nuevo libro del mago (2004): The European Dream: How Europe’s Vision of the Future is Quietly Eclipsing the American Dream.
Ahora de nuevo, este prolífico profeta que es Rifkin se atreve a dar un severo pronóstico sobre lo que sucederá a treinta y cinco años vista. Habrá que tomar nota, porque eso está a la vuelta de la esquina. Y lo que ocurrirá es si no el relevo del sistema de organización socioeconómica que calificamos de capitalismo, su posible marginación por otro que bautiza como ‘economía colaborativa‘. Según Rifkin, “en 2050 tendremos una nueva economía híbrida colaborativa. El capitalismo se transformará completamente. Ya ocurre pero no somos capaces de verlo“.
Para nuestro autor lo que ocurrirá será que el intercambio, dentro de 35 años, no será mediante el mercado donde los trueques se efectúan entre productos, dinero, salarios, trabajo, horas de esfuerzo o de dedicación, sino que lo que existirá será compartición y colaboración. Es decir, una especie de ‘todo es de todos’. Un ‘tu me lo dejas y yo lo tomo’ y al revés. En definitiva, una especie de patio de colegio, donde no habrá grupos ni tensiones, sino que será una espléndida maravilla. Aunque, Rifkin, después de dar esta paletada de cal, da una de arena, al afirmar que él no es un utópico y que este nuevo modelo no solucionará todos los problemas. “El viaje del que hablo no es al paraíso, se trata de democratizar el proceso y de crear algo sostenible. No resolverá todos los problemas del mundo ni mejorará la vida de todos”.
Y, lo mejor de todo, Rifkin pone ejemplos. Ejemplos que saca de la industria de contenidos, tanto audiovisuales como escritos. “Actualmente millones de jóvenes producen su propia música, la comparten en Internet saltándose las discográficas. Crean sus propios vídeos y los suben a la red sin necesidad de pasar por los canales de televisión. Los blogueros difunden sus noticias sin pasar por los periódicos; en la industria editorial ocurre algo parecido. Todo se basa en este coste marginal cero”. Napster y los distintos programas P2P para compartir ficheros —léase vídeos, ebooks, música, software; algunos legales y muchos pirateados— son ejemplo y modelo de este inicio de nueva era que es, según él, la compartición.
En paralelo a este sistema de ‘cajón de sastre compartido’, Rifkin coloca la revolucionaria impresión en 3D, mediante la cual, según nuestro autor, todo el mundo se convertirá en creador/productor y consumidor —en prosumer. Lo que no nos dice Rifkin es de dónde saldrán los algoritmos-plantillas para fabricar en 3D los platos y vasos de plástico, o los pertinentes planos para que cada hijo de vecino se fabrique sus tenedores o los cestos para la ropa sucia, por poner unos pocos ejemplos.
Sin embargo, la sociedad real —no el mundo fabulado de Rifkin— también usa despertadores, pantalones, ordenadores, blocs de papel, fármacos, etc. Elementos que no queda claro si la impresión en 3D hará maravillas al respecto o si habrá que compartir en este mundo ‘patio de colegio de párvulos’. En todo caso, nos tememos que habrá necesidad de dinero para poder pagar el café con leche o el desayuno cuando uno viaje a la capital del país vecino. Aunque siempre puede haber la posibilidad de regalar al camarero un artículo de blog, como este. Y dejamos de lado su manera de entender el plácido y ‘socializado’ futuro sistema tecnológico que será la Internet of Things. Ahí Rifkin parece creer que cualquier hijo de vecino será un ingeniero supertech.
Rifkin, a pesar de todas las críticas que recibe, resta impertérrito ya que sabe que es amado por los interesados en quimeras futuras y, de manera especial, por los recolectores de tratados fantásticos para próximos procesos de recogida de votos.
Por otro lado, aunque es lo menor que se puede achacar a su autor, Rifkin puede ser catalogado también como uno de los últimos capitalistas. En lugar de compartir su libro —dando así ejemplo real del nuevo espíritu que anuncia— lo presenta bajo el techo editor de Paidós, en España, y de Palgrave McMillan, en el extranjero. Es decir, hay que pasar por cash, no sea que el pronóstico de la sociedad de compartición no se cumpla. Y más vale asegurar algunas monedas capitalistas, debe pensar Rifkin, poniéndose delante del ordenador para empezar una nueva fábula socioeconómica para dentro de un par de años.

lunes, 21 de julio de 2014

Apocalípticos, neoludismo y robótica

Estamos en los albores de un nuevo cambio. En este caso será espectacular con la irrupción a gran escala de la robótica. En cinco años veremos este cambio que se irá desplegando durante una década, como mínimo. Este ya está sucediendo en los países que industrialmente están más avanzados que el nuestro como Corea del Sur, Japón o, ya a más distancia, Alemania, Suecia, Italia, Estados Unidos y Francia. Pronto llegará, y con fuerza, a zonas geográficas más cercanas. La robótica está llegando y hará desaparecer muchas tareas, muchos puestos de trabajo; pero creará otros. La robótica está ya exigiendo otros puestos que deberán de ocupar profesionales con alta cualificación que, vistas como están muchas de nuestras universidades, se irán a buscar en otros lares educativos, allende de nuestras fronteras. Se buscarán profesionales especializados en automatismos, en analítica y en robótica.
La robótica llega pero también llegan los apocalípticos y milenaristas. Los que a partir del desconocimiento de la gente —que no tiene tiempo o no desea dedicar tiempo a examinar las tendencias del cambio; a plantearse cuál es la senda que está recorriendo el inmediato futuro—, aprovechan para sembrar dudas y proclamar una utópica filosofía político-económica que nos retrotrae a la más oscura edad media y al más duro tiempo del mundo agrario. El manifiesto que se ha hecho circular hace unos días firmado por unos autoproclamados dirigentes sociales están orientando a la población hacia un neoludismo en contra de los avances tecnológicos, entre los cuales hay los robots.
Esta campaña de fomento del neoludismo irrumpe cuando los robots, de hecho, están ya funcionando. Y cuando están dejando sin trabajo a operadores humanos que tenían unas tareas repetitivas y poco creativas. Porque estas máquinas están ejecutando estas tareas de una forma mecánica con mucha mayor precisión y fiabilidad, ya que dependen de la programación que les guía en sus ejecuciones y no caen en distracciones ni en ensoñaciones de ningún tipo. Los programas en su funcionamiento no se equivocan; en todo caso pueden fallar las máquinas, los mecanismos. Y ahí se visualiza la necesidad de que existan técnicos especializados tanto para construir los robots como para repararlos. Saber qué mecanismo, qué componente o qué módulo ha fallado, dónde está el problema, no es un asunto fácil. Y ahí sí; ahí sí que se necesita unos expertos que sepan adentrarse en las entrañas del robot. Y eso tiene un coste, desde el punto de vista del esfuerzo educacional y de puesta al día profesionalmente. No son tareas que se aprendan en un fin de semana. Pero son tareas tan rentables para un país como para la persona que ha adquirido estas habilidades profesionales. En resumen que el capital humano, el talento, es y será  imprescindible. Este capital no será sustituido por los robots. Al revés, los profesionales preparados tendrán una función complementaria a la tarea poco gratificante que asumirán estas máquinas.
¿Pero cuál es la filosofía política que defienden muchos de nuestros avispados jóvenes apocalípticos y neoluditas que han entrado recientemente en la arena política? Están a favor de parar el progreso tecnológico. No hay problema. Se puede parar. Pero mejor hacerlo de manera casi individual, sin molestar ni imponer. Cualquier persona, cualquier familia, que desee poner freno a los avances tecnológicos y científicos se puede dirigir hacia las altas montañas; hacia las zonas alejadas de mares y ríos, y allí seguro que encontrará caseríos abandonados e incluso pueblos casi fantasmas.
Se pueden llevar un borrico, cuatro gallinas y unos conejos. Y regresar a una bucólica e idílica, desde su perspectiva, edad media. Y antes pueden abandonar su smartphone, su tablet, su wifi e incluso su último wearable. Por supuesto que no necesitarán Internet para nada. Es mejor no contaminarse con los peligros del mundo tecnológico. Y ahí, en estos valles, abandonados de la mano de la tech, desplegar su vida trabajando el campo de sol a sol, viviendo a merced de la climatología, de las lluvias imprevistas, de las cosechas perdidas, guiándose con ayuda del pico y la pala, o la azada, y del esfuerzo muscular. Ahí hay un gran futuro para estas personas que ya han firmado el manifiesto.
Si lo desean, ya pueden ir dirigiéndose hacia este apacible y delicioso destino. Ah! Pero luego no esperen que los avances médicos les lleguen. Eso es herencia del mundo tecnológico. Herencia de la investigación científica. Herencia de horas y horas de trabajo en laboratorios y tratando con papeles y papeles. Eso es parte del mundo tecnológico; de ese mundo de las nuevas tecnologías que dicen aborrecer y desean extinguir. Recordemos una máxima: el bienestar actual al que nunca en la historia se había llegado, ni a tan gran escala, ni durante tantos años, con una esperanza de vida nunca alcanzado para tantas personas; este bienestar es directamente proporcional al mundo tecnológico que lo ha facilitado y que los del manifiesto dicen querer paralizar.

sábado, 5 de julio de 2014

Splinternet


La ciberbalcanización o las fronteras de Internet
Nubes de tormenta digital parece que se acercan. Por ahora están en el horizonte y el viento es calmo. Pero, las nubes están aquí y como en el clásico, las sirenas en este atardecer de final de época –final de la primera etapa de Internet, donde los robots son aún prototipos y la Internet de las cosas (Internet of things) no deja de ser una interesante promesa–; las sirenas, decimos, están con sus silbos alertando a los avispados navegantes. Pero ¿de qué nubes hablamos?

La Internet actual, la red global que ha generado la Sociedad de la Información, sirve en la actualidad a casi tres mil millones de personas y ha sido un proyecto –un canal de comunicación– que ha provocado un espléndido crecimiento en muchos niveles y a gran escala. La revolución de las TIC con el mundo plano que ha generado ha sido un fenómeno nunca visto en la historia de la humanidad. La economía digital –según el World Economic Forum, con datos de 2011– ha creado 6 millones de nuevos puestos de trabajo. El tráfico transfronterizo, con ayuda de esta red, y según datos del McKinsey Global Institute, ha crecido unas 18 veces en el período que va desde 2005 a 2012. Y el flujo de servicios, bienes e inversiones podría alcanzar, de seguir este ritmo, la cifra de los 26 billones de dólares. La empresa Cisco calcula que, por lo que respecta a la amplia gama de dispositivos y máquinas asociadas, la Internet of Things podrá generar un valor cercano a los 14,4 billones de dólares.

Sin embargo, paralelamente a este espléndido futuro, están apareciendo una serie de conductas que hacen presagiar más de una tormenta digital. Tormenta que podría desembocar en una balcanización o ruptura de Internet. La Splinternet como lo ha llamado Eric Schmidt, presidente ejecutivo de Google, recuperando un término presente ya en la Wikipedia.
François Lenglet, La Fin de la MondialisationEsta ruptura de Internet –que vamos a dibujar con más detalle más adelante– estaría en paralelo con lo que François Lenglet predice en su libro La fin de la mondialisation apuntando a un retorno hacia un proteccionismo económico con tonos nacionalistas. Después de una etapa de gran empuje liberalizador, los estados harían un movimiento de reflujo recuperando el control de los principales asuntos económicos y comerciales de su propio país, empezando con la recuperación de las fronteras, con los añadidos de aranceles, aduanas, cuotas de importación, etc. Después de un período cercano a los cuatro decenios de apertura y casi desaparición de fronteras comerciales, inversoras, etc., con un gran incremento de transacciones internacionales, reaparecería la tendencia proteccionista que centraría su atención en la economía interior, confiando en esta actuación solucionar la crisis.
Cables de fibra óptica que enlazan los paísesEl libre comercio de que se gozó en los veinticinco años de Internet  –la edad de la World Wide Web– fue posible sólo porque hubo un gran país, los Estados Unidos, que ofreció seguridad en las transacciones. Y fue en este país, recordémoslo, donde el desarrollo de Internet recibió un importante empujón. El fuerte apoyo a estos canales de comunicación e intercambio –una amplia proporción del tráfico de la WWW pasa a través de servidores norteamericanos– colaboró a su crecimiento obteniendo, complementariamente, un buen aprovechamiento comercial. Aunque la red global no está, realmente, en manos de ningún gobierno, sino que está regida por grandes empresas privadas –como las compañías de telecomunicaciones y las muy conocidas empresas de contenidos digitales como Facebook y Google.
Un hecho sin embargo provocó el primer relámpago de la tormenta digital: las revelaciones de Edward Snowden sobre la Agencia Nacional de Seguridad de EE.UU. (NSA) a propósito de la vigilancia (surveillance) que había desplegado esta institución sobre el tráfico web internacional, llegando incluso a vigilar las comunicaciones de los teléfonos móviles de dirigentes políticos de países aliados como el de la dirigente alemana Angela Merkel. Era junio de 2013.  
A la sorpresa e indignación inicial ante estos hechos, le siguió una reacción autoprotectora que se concretó con la decisión de lanzar cables propios de fibra óptica en el Atlántico para enlazar con otros países sin necesidad del peaje de los cables de fabricación y control americano. Y los proveedores de esta red serían de raíz europea para evitar las curiosidades del país americano.
Pero, además de estas redes propias, estaría en fase avanzada la política de ‘nacionalización de datos’, según la cual ciertos tipos de información –datos sensibles que pasan por los cables de red en las intercomunicaciones digitales– quedarían almacenados en servidores situados dentro de la fronteras físicas de cada estado. (Recordemos que los servidores son dispositivos dotados de potentes discos duros que almacenan, por ejemplo, los mensajes de nuestros correos electrónicos, nuestros comentarios en Facebook o en Twitter, nuestras imágenes y vídeos que están en la red, etc.,). Algunos países se están moviéndose en esta dirección como Australia, Francia, Corea del Sur, además de India, Indonesia, Kazajstán o Malasia, entre otros. Otros ya están actuando, como Rusia. Al respecto hay quien ha hablado que ello conlleva el final de “la era de la Internet Global”.
Esta reaparición de las fronteras digitales –por tomar uno de los conceptos claves de Lenglet, aunque él se refiera a las fronteras físicas– permitiría redirigir el negocio digital hacia empresas autóctonas que empezarían a crecer y a recuperar un negocio que hasta ahora estaba en poder de los gigantes digitales sitos en los Estados Unidos. Ya en diciembre de 2012 en Dubai, hubo 89 países que aprobaron un nuevo acuerdo de telecomunicaciones que permitiese una real independencia de la red. Los Estados Unidos y la Unión Europea no firmaron este acuerdo. Pero, después del caso Snowden sobre el espionaje a gran escala de la NSA, des de la Comisión Europea surgió esta aseveración: “Internet es global y por lo tanto requiere un gobierno global”.
Expertos en gobernanza de Internet consideran que en caso de pasar esta red global a ser regulada por los gobiernos nacionales se entraría en un proceso desestabilizador. En 2012 ya hubo un precedente cuando un grupo de estados africanos intentó usar la maquinaria de la ITU (International Telecommunication Union) para introducir el pago de un cargo adicional por paquete de datos transmitidos y por el uso de la red de servicios en el país destino. Es decir, algo comparable al pago de aranceles para los productos extranjeros. Si esto se llegase a aceptar estaríamos ante un cambio substancial en la historia de Internet y su economía. Tal medida no fue en su momento implantada pero cada vez hay más gobiernos nacionales que no verían con malos ojos engrosar sus arcas con estas tasas por contenidos digitales, todo ello bajo el disfraz de regular el mundo de la web.
Esta fragmentación potencial y latente ocasionaría graves problemas tanto a nivel de seguridad como respecto a la fiabilidad de la red. Hace escasamente dos años algunos países como Rusia, China, Egipto, Arabia Saudí y Sudan se pronunciaron en contra de la centralización por parte de los EEUU de los nombres de dominio –lo que podríamos comparar como las direcciones de ciudades, calles y números en el mundo real– y colocar este puntal organizativo bajo el paraguas de la ITU. Hoy este proceso está momentáneamente aparcado. Sin embargo, de no darse una salida, nos podríamos encontrar con que cada país regulase los nombres de dominio, dándose la posibilidad de repetición de direcciones web con el caos que ello podría ocasionar.
En todo caso, se teme que el proceso tienda hacia la ruptura de Internet. Hay escasas dudas de que dentro de unos años existirá una Internet europea, una Internet del Brasil. Irán también tendrá su propia red global, y los ciudadanos de Egipto navegarán por su Internet específica con normas internas relativas tanto al contenido como a los temas comerciales. Como mal menor se atisba que esta multiplicidad de internets podría llegar a estipular unos acuerdos federativos y los usuarios pasar de unos ámbitos a otros sin demasiados problemas.
Esta ruptura con la Internet ‘del pasado’, sin embargo, comportaría un cataclismo en las grandes corporaciones digitales. Los gigantes de Internet, como Google, Facebook, Twitter, Amazon o eBay, que han crecido en esta red durante estos años, perderían predominancia ya que se verían afectados por filtros políticos y económicos según interesase al país de turno. Y la censura y filtros informativos serían algo frecuente en los países donde el respeto a los derechos humanos no se da ni se le espera.
A este proceso de transformación, esta tormenta digital que no está tan lejana como parece, se muestran los EEUU reacios. Pero la tentación proteccionista, con la carga económica que ella conlleva, aunque sea a corto plazo, está en el punto de mira de gobernantes que sólo quieren mantenerse en el poder los pocos años que el despiste de la ciudadanía les puede permitir. Otra cosa es si el empuje tecnológico permitirá realmente poner fronteras al campo digital. Quizá esta antiglobalización –la anti-mondialisation que plantea Lenglet–, y huida hacia un proteccionismo con altas fronteras, sea un fenómeno del pasado, difícil de mantener en la época de la innovación tecnológica, de la investigación científico-técnica, de la robótica naciente y de la ancha ventana informativa como posibilitan las tecnologías. Tal vez sólo países encerrados en suaves campos de concentración podrán reconducir a un mundo cerrado, triste y con propensión a la asfixia. Corea del Norte puede servirnos de ejemplo.