Esta exclamación es de Marian, mi amiga/follower del Twitter que se ha apuntado, anónimamente, a hacer la revolución, ya que ésta es una pasada. ¡Que grande hacer la revolución! Que bien sienta ser revolucionario (aunque recordando a Voltaire, después de hacerla, el burgués marcha hacia su casa para cenar y descansar, después de tan atareado día). ¡Que bien llevar el bien al mundo! Hacerle ver lo erróneo que era su comportamiento. ¡Que bien iluminar a una humanidad ciega y tonta que no se había dado cuenta que era posible el cambio!
¿Cambio? Sí, ¡el cambio!
Pero, ¡vete a saber qué tipo de cambio!
Revoluciones han habido pero pocas y dudosas muchas de ellas. Sí que han revolucionado bolsillos —aprovechando que estaba a mano usurpar bienes que estaban en manos de otros—, sí que han revolucionado sitios de poder, provocando cambios en el usufructo de las riendas de la sociedad. Pero, cambio, cambio, es decir, con sorprendente cambio radical y rápido en las masas, en la humanidad ciega y tonta que no ve en lontananza las luces del alba que están (siempre) por aparecer, este cambio no se ha producido nunca. En caso contrario, se nos echaría siempre a la cara nuestra estupidez por no querer ver algo tan aparentemente manifiesto como un resplandor revolucionario realmente existente (o existido). Pero tal resplandor, no ha existido —en todo caso las crónicas históricas no han sido generosas con nosotros para retrotraérnoslas en sus escritos.
Pero afirmemos, paradójicamente, que sí que han existido revoluciones —y nuestro presente es, por el momento, revolucionario. Lo digital sí que es una revolución que está cambiando el mundo (aunque muy lentamente, por la pereza de muchos —desde empresarios analógicos, a estudiantes digitales que se quedan a nivel de simples consumidores facebookianos, por no hablar de, por ejemplo, cuarentones remilgados o reacios a subir al tren de las TIC—) y sin embargo, repitámoslo hasta la afonía, no se es plenamente consciente de este ruido de campanas que tocan a rebato; a rebato por la muerte de un mundo anclado en lo analógico.
Las revoluciones realmente existentes, las auténticas revoluciones que han existido en la historia han sido revoluciones no políticas, sino técnicas o tecnológicas. Desde la aparición de la rueda —que aún está aportando sobradas ventajas— hasta el ordenador, pasando por la electricidad, y dejamos de lado la lista completa de nuestra compra tech (nevera, lavadora, por citar minirevoluciones que han permitido la liberación de muchas tareas domésticas).
Marx, sí Karl Marx, del que se dicen seguidores muchos de los revolucionarios de café, ya apuntó en su día, y en una de sus más brillantes obras de síntesis, el famoso Prefacio, que el cambio en la sociedad sólo —atención, ¡sólo!— sólo se podía dar como consecuencia del cambio que hubiese a nivel de la tecnología (las 'fuerzas productoras' o 'bases materiales', en su argot). Sin este cambio —Marx había examinado qué había pasado en la historia anterior—, sin el cambio en la infraestructura, difícilmente se podía dar un cambio en la vida social. Y el ejemplo manido que podemos traer a mano es la citada nevera, la lavadora y, añadamos, el lavavajillas. Estos tres enseres domésticos han permitido que la mujer salga de casa y acceda al mundo laboral ejerciendo como persona una actuación equiparable a la del hombre. Ha sido este cambio tecnológico el que ha posibilitado que la compra no tenga que ser diaria (¡gracias, inventor de la nevera!), ni que la ropa haya que lavarla a mano (gracias al ingenioso inventor de la lavadora), etc.
¡Ah!, pero nuestros revolucionarios sólo han leído que la revolución abre grandes perspectivas para un mundo mejor y más justo. Que la revolución (sin saber cómo se concreta esta palabra, ni cómo se traducirá en hechos concretos y que está prohibido simplificar —si no queremos caer en un pensamiento infantil) será el proceso que por fin terminará con las penurias del presente y se obtendrá un cielo de innombrables ventajas.
¡Ay! ¡Que simplistas nuestros revolucionarios de boquilla! Cuanta ingenuidad y cuanta sencillez mental! Que penuria intelectual, oculta por la obcecación de un supuesto gran cambio político que sólo llevará a cambiar los perros de la clásica frase de los collares.
Revolución tech. He ahí la clave del cambio real. Lo demás, fraseología, añoranza de fantasías inexistentes e imposibles —la historia es buena tabla empírica para refutar tesis imaginarias e irreales—. Pero la revolución tech requiere esfuerzo. Intelecto. Más esfuerzo. Más intelecto. Ensayos y horas de estudio. Y para eso, ¡no sé si habrá suficientes revolucionarios en este país para que se lleve adelante! ¡Ay!
jueves, 29 de marzo de 2012
viernes, 16 de marzo de 2012
Miopía digital en la segunda década del siglo XXI
Es a primera hora de la mañana cuando consulto los últimos emails recibidos. Abro uno de LinkedIn, de un grupo interesado por la innovación. En él se hace referencia a un problema del país —la falta de patentes, el poco espíritu emprendedor en este sentido. Y entre los consejos hay uno que añade un enlace hacia una conferencia a celebrar en Barcelona en el Colegio de Economistas de Catalunya con el título: Patentes: innovación, estrategias y propiedad industrial. Cataluña y España perdiendo la carrera de los estímulos y la monetización. Nos encanta el título por su sugerente empuje. ¡Hay quien empieza a pensar!, nos decimos.
Al acceder al site, sin embargo, nos encontramos con la siguiente información, que desanimará a los profesionales adscritos al grupo que provengan de allende ríos o mares...
El web está sólo en catalán y, por añadidura, la conferencia sólo será factible de forma presencial. Como economistas, quizás están de ahorro y no innovan con las técnicas, poco novedosas a estas alturas, de los webinars, o conferencias online. Ejemplos hay muchos, séanos permitido hacer referencia a algunos de los seminarios online de Adobe que prodigó en el lejanísimo 2010.
El caso es que sin duda los objetivos de la conferencia son correctos.
En el resumen de la conferencia se puede leer lo siguiente:
¿Es consciente nuestra legislación, la cultura empresarial y política del papel que juegan las patentes en la competitividad de nuestro tejido productivo para poder hacer frente a una economía del conocimiento globalizada?
Al acceder al site, sin embargo, nos encontramos con la siguiente información, que desanimará a los profesionales adscritos al grupo que provengan de allende ríos o mares...
El web está sólo en catalán y, por añadidura, la conferencia sólo será factible de forma presencial. Como economistas, quizás están de ahorro y no innovan con las técnicas, poco novedosas a estas alturas, de los webinars, o conferencias online. Ejemplos hay muchos, séanos permitido hacer referencia a algunos de los seminarios online de Adobe que prodigó en el lejanísimo 2010.
El caso es que sin duda los objetivos de la conferencia son correctos.
En el resumen de la conferencia se puede leer lo siguiente:
¿Es consciente nuestra legislación, la cultura empresarial y política del papel que juegan las patentes en la competitividad de nuestro tejido productivo para poder hacer frente a una economía del conocimiento globalizada?
He ahí lo que aún no acaba de penetrar plenamente —la idea del mundo global. Hace cincuenta años, el mercado eran las comarcas, las provincias o las regiones. Algunas importantes empresas llegaban a países cercanos. Hoy, todo el mundo tienen acceso al mundo global. El mercado es global. Y esta idea, por más palabras que se digan, ha de trasladarse a hechos.
Tomemos el ejemplo de una empresa, una agencia de noticias, que desea vender su producto (¡noticias!), y veamos sus webs.
Algunas empresas de Malasia -país con 28 millones de habitantes- están ya por una labor orientada a un mercado global, y con un lenguaje (o lenguajes) que permita esta exposición global. Por nuestros lares, aún perdura una forma de hacer que repite modelos que se hacían a principios del siglo XX (e incluso mucho antes).
miércoles, 14 de marzo de 2012
De las redes sociales virtuales a las redes sociales en el mundo real
Lector te has preguntado alguna vez porqué es tan extraña la posibilidad de acercarse a la gente en el mundo real cuando es tan fácil hacerlo en el mundo virtual. En el mundo virtual (en las famosas redes sociales —apunta las últimas aparecidas, parentisme, twitmusic y readmill) apuntarse a un grupo, buscar los afines, entablar conversación y establecer amistades es de lo más fácil y llevadero del mundo. En el mundo real, en cambio, donde podría ser aún más provechoso aunar esfuerzos, compartir ideas, establecer proyectos comunes etc., no existen puntos, centros, núcleos que permitan o faciliten este acercamiento y la creación de red real.
Se trataría, pues, de aprovechar las inteligencias de numerosas personas que potencialmente están con la expectativa de aportar saberes evitando subsumirse en la vaciedad del tiempo perdido. Tales personas, muchas de ellas, presentes y semiactivas en el mundo virtual, quedan de facto sin poder canalizar sus energías vitales e intelectuales y, sin embargo, de manera voluntaria podrían aportarlas a la sociedad en su conjunto y a diversos grupos en particular.
De hecho, sin al parecer darnos cuenta, hay una ingente cantidad de recursos humanos que en la vida real están deambulando anónima e individualmente y que podrían ser aprovechados —en un amplio abanico de posibilidades y de forma transitiva; cada persona podría, además de dar, recoger energías y conocimientos ajenos— si se establecieran circuitos y centros para enlazar, entrelazar, crear red, en el mundo real, el único mundo verdaderamente existente.

¿En qué situación nos encontramos con la irrupción y empuje del mundo digital? Pues como consecuencia de la era digital, algunos de los servicios que hasta ahora habían existido (como las librerías, las bibliotecas o los periódicos de papel, por poner ejemplos) han entrado en barrena. La innovación que proponemos, con los matices que una adecuación imprescindible requiera, puede ayudar a ralentizar la desaparición de tales entidades o incluso robustecerlas y hacerlas resurgir de unas previsibles cenizas mortales.
Por lo demás, no estamos imaginando nada del otro jueves, sino que una cadena de casualidades ha puesto en nuestra mano algunos ejemplos de la mismísima realidad. Veamos algunos ejemplos.
Situémonos geográficamente. En Catalunya, en la provincia de Girona, en el pueblecito medieval de Besalú, con una población (2.372 hab.) abocada al turismo como forma de subsistencia, aprovechando rentabilizar su riqueza arquitectónica procedente de la alta edad media. Esta población, lejos de caer en el clásico individualismo (cada uno a lo suyo) que reclama (o implora o exige) la habitual ayuda de la Administración (el Padre bíblico de la sociedad laica actual), se ha lanzado a la calle para atraer turistas que además de gozar de la bellezas arquitectónicas compren productos de los artesanos de la villa. Así, los domingos —los domingos!, estos días tan sagrados para el recogimiento individualista del yo con los míos o a mis quehaceres—, tanto por la mañana como por la tarde, adornados con vestimentas medievales están presentes en las plazas y calles más céntricas cuyas piedras nos retrotraen al medievo. Y, además de relatar y escenificar leyendas de la época, van ofreciendo tentaciones comerciales a los visitantes y curiosos que se han acercado a la villa.
Lo sorprendente, para nuestro caso, es la 'hermandad' existente que, para salvar una villa alejada del mundo industrial y de los centros rectores que aspiran sacar la cabeza en el siglo XXI, no ha dudado en reunir ideas y energías para introducir innovaciones que permitan 'salvar su mundo', económicamente hablando.
Otro caso ejemplar es una revista gratuita repleta de anuncios que, por estos lares catalanes, se difunde periódicamente. Los anuncios sirven para pagar los costes de la publicación, pero lo que encierra la que consultamos contiene además un abanico de artículos (desde economía a cocina, salud, informática, leyendas y recuerdos) donde mentes despiertas de la localidad 'regalan' su aportación (sí, sí, colaboran de manera altruista). He ahí otra manera de aprovechar el intelecto para la colectividad. Nos estamos refiriendo a la publicación mensual Els Colors del Pla de l'Estany cuya versión en PDF se puede consultar aquí.
Las nuevas tecnologías han servido de espoleta para reunir muchas personas, distantes geográficamente, en foros, en redes sociales como Facebook, Twitter, LinkedIn, etc., creándose muchas veces unos cenáculos de alta preparación e intercambio de saberes. De este hecho es necesario sacar enseñanzas para intentar trasladar al mundo real de pueblos, villas, barrios y ciudades los aspectos más provechosos que se han plasmado en el mundo digital. En el mundo real también cabe este tipo de innovación, sólo se requiere que los ingenios no caigan en la pereza de querer repetir solamente lo que hasta hora ha funcionado. Los tiempos inexorablemente han cambiado y el futuro, por lo que se intuye, no será nunca más como el pasado. Y frente a la frustración de la pasividad existe el entusiasmo de la actividad.
Se trataría, pues, de aprovechar las inteligencias de numerosas personas que potencialmente están con la expectativa de aportar saberes evitando subsumirse en la vaciedad del tiempo perdido. Tales personas, muchas de ellas, presentes y semiactivas en el mundo virtual, quedan de facto sin poder canalizar sus energías vitales e intelectuales y, sin embargo, de manera voluntaria podrían aportarlas a la sociedad en su conjunto y a diversos grupos en particular.
De hecho, sin al parecer darnos cuenta, hay una ingente cantidad de recursos humanos que en la vida real están deambulando anónima e individualmente y que podrían ser aprovechados —en un amplio abanico de posibilidades y de forma transitiva; cada persona podría, además de dar, recoger energías y conocimientos ajenos— si se establecieran circuitos y centros para enlazar, entrelazar, crear red, en el mundo real, el único mundo verdaderamente existente.

¿En qué situación nos encontramos con la irrupción y empuje del mundo digital? Pues como consecuencia de la era digital, algunos de los servicios que hasta ahora habían existido (como las librerías, las bibliotecas o los periódicos de papel, por poner ejemplos) han entrado en barrena. La innovación que proponemos, con los matices que una adecuación imprescindible requiera, puede ayudar a ralentizar la desaparición de tales entidades o incluso robustecerlas y hacerlas resurgir de unas previsibles cenizas mortales.
Por lo demás, no estamos imaginando nada del otro jueves, sino que una cadena de casualidades ha puesto en nuestra mano algunos ejemplos de la mismísima realidad. Veamos algunos ejemplos.
Situémonos geográficamente. En Catalunya, en la provincia de Girona, en el pueblecito medieval de Besalú, con una población (2.372 hab.) abocada al turismo como forma de subsistencia, aprovechando rentabilizar su riqueza arquitectónica procedente de la alta edad media. Esta población, lejos de caer en el clásico individualismo (cada uno a lo suyo) que reclama (o implora o exige) la habitual ayuda de la Administración (el Padre bíblico de la sociedad laica actual), se ha lanzado a la calle para atraer turistas que además de gozar de la bellezas arquitectónicas compren productos de los artesanos de la villa. Así, los domingos —los domingos!, estos días tan sagrados para el recogimiento individualista del yo con los míos o a mis quehaceres—, tanto por la mañana como por la tarde, adornados con vestimentas medievales están presentes en las plazas y calles más céntricas cuyas piedras nos retrotraen al medievo. Y, además de relatar y escenificar leyendas de la época, van ofreciendo tentaciones comerciales a los visitantes y curiosos que se han acercado a la villa.
Lo sorprendente, para nuestro caso, es la 'hermandad' existente que, para salvar una villa alejada del mundo industrial y de los centros rectores que aspiran sacar la cabeza en el siglo XXI, no ha dudado en reunir ideas y energías para introducir innovaciones que permitan 'salvar su mundo', económicamente hablando.
Otro caso ejemplar es una revista gratuita repleta de anuncios que, por estos lares catalanes, se difunde periódicamente. Los anuncios sirven para pagar los costes de la publicación, pero lo que encierra la que consultamos contiene además un abanico de artículos (desde economía a cocina, salud, informática, leyendas y recuerdos) donde mentes despiertas de la localidad 'regalan' su aportación (sí, sí, colaboran de manera altruista). He ahí otra manera de aprovechar el intelecto para la colectividad. Nos estamos refiriendo a la publicación mensual Els Colors del Pla de l'Estany cuya versión en PDF se puede consultar aquí.
Las nuevas tecnologías han servido de espoleta para reunir muchas personas, distantes geográficamente, en foros, en redes sociales como Facebook, Twitter, LinkedIn, etc., creándose muchas veces unos cenáculos de alta preparación e intercambio de saberes. De este hecho es necesario sacar enseñanzas para intentar trasladar al mundo real de pueblos, villas, barrios y ciudades los aspectos más provechosos que se han plasmado en el mundo digital. En el mundo real también cabe este tipo de innovación, sólo se requiere que los ingenios no caigan en la pereza de querer repetir solamente lo que hasta hora ha funcionado. Los tiempos inexorablemente han cambiado y el futuro, por lo que se intuye, no será nunca más como el pasado. Y frente a la frustración de la pasividad existe el entusiasmo de la actividad.
Etiquetas:
bibliotecas,
era digital,
Facebook,
innovación,
librerías,
mundo real,
mundo virtual,
periódicos,
publicaciones,
redes sociales,
Twitter LinkedIn
martes, 31 de enero de 2012
La tentación del feudalismo digital
CES, la famosa feria de la electrónica, con la cual arranca el año digital, ha concluido con algunos hechos en cierto modo sintomáticos. Por un lado, Microsoft ha anunciado que no piensa participar en los próximos eventos de esta feria internacional. Por otro, la aparente resurrección de los PCs ahora reconvertidos en los Ultrabooks. Y en medio de todo, la irrupción con aparente fuerza del mundo de los tablets, que se suman a los smartphones, y que, si no cambian las circunstancias nos obligan a nadar en un mar de nubes, in the cloud computing.
El gigante Microsoft pone término a 20 años de participación el International Consumer Electronics Show (CES) con la excusa de que existen "nuevas vías a través de las que contamos nuestras historias de los consumidores -eventos, Facebook, Twitter, Microsoft.com y nuestras tiendas". Tal vez sea porque el CES no es lo que antes era, o porque Microsoft ya no es lo que llegó en su momento a ser.

Sin embargo, esta aparente pérdida de posición en la carrera tecnológica no ha de servir como signo de un final anunciado. Microsoft, desde hace unos años, no está por el presente; está por el futuro. Como ejemplo, se puede dar un vistazo ahí.
Los Ultrabooks es el otro hecho a remarcar. Estos estilizados pero potentes ordenadores que surgen de los intestinos del añejo PC, ¿son una sorpresa y novedad agradable o una simplona operación de márketing en manos de industrias que han visto cómo sus tablets no obtenían el éxito esperado?
Al parecer, como dicen algunos comentaristas, los ultrabooks no pasan de ser copias poco evolucionadas del MacBook Air que apareció en enero de 2008.
Mientras tanto, entre una cosa y otra, parece que se va fraguando una tendencia que, empujada por las empresas de la Mobile technology, nos acerca hacia un servitud digital. El feudalismo digital está llamando a nuestra puerta y al parecer poca gente le presta oídos.
Si se nos permite perfilar este feudalismo digital nos podemos encontrar con lo siguiente. Hay señores feudales —Appel, por ejemplo— que guardan bajo llave su castillo neomedieval (Apple no duda en sabotear el formato abierto ePub para los ebooks). Señores feudales que luchan entre ellos para aumentar su territorio de influencia (Google contra Apple y Appel contra Google mediante sus respectivos sistemas operativos y tablets). Señores feudales que santifican, por otro lado, con tinte casi hagiográfico a sus propios heroes (Steve Jobs ha sido llevado a los altares laicos con ceguera acrítica; mientras que Bill Gates continua bajo el estigma de demoníaco capitalista —sin ver que el sistema Windows ha sido y es más abierto en comparación con el igual de histórico sistema de Apple).
Otros hechos de este mundillo neomedieval en que se ha convertido nuestra geografía planetaria, podrían ser los centros de peregrinación (Youtube, como uno de sus máximos santuarios), o los numerosos magos neomedievales que consiguen absorber al comprador y lo encarrilan hacia compras compulsivas de nuevos productos. También existen órdenes monásticas con sus prédicas a fin de llevar a los fieles hacia los caminos del dios gratuito y misericordioso que lo da todo a sus seguidores, a cambio de nada, tal como los pájaros del campo obtienen su alimento sin sembrar ni segar (Mateo 6:26). Entiéndase ahí los apóstoles del Open Source y del Free Software.
Así pues, ahora que están desapareciendo nuestros PCs de sobremesa, nuestros laptops, nuestros discos duros rebosantes de GBs, siendo barridos todos ellos por los ligeros tablets y smartphones que permiten acceder a Internet desde cualquier parte del mundo, parece cumplirse irremisiblemente lo que hace casi un año denunciaba el periódico The Christian Science Monitor: "Mobile technology is turning us all into feudal serfs" - ¡La tecnología del móvil nos está convirtiendo en siervos feudales!
El planteamiento es claro. La tecnología móvil lo está desmaterializando casi todo, transformándolo en productos situados en la nube. Y esta realidad aunque parezca futurista es antigua, es feudal —más bien, neofeudal: "Nuestro dinero, nuestros amigos, nuestro paradero, incluso nuestros pensamientos y deseos, son desviados hacia los servidores corporativos, convirtiéndonos en siervos del mundo digital." Si de hecho todo pasa a la nube, se podría decir que nuestra alma estará vendida al diablo. Es el pacto con el diablo. Este Deal with the Devil se concreta en que a partir de ese momento, a partir del deseo de tenerlo todo a mano (aunque en la nube), quedará uno atado a una tarifa infernal. Infernal porque la sumisión será absoluta. La opción estará entre esto o la nada (esto es, la propia desmaterialización en la inexistencia digital).
Se teme, pues, que nuestras propiedades intelectuales y profesionales, digitalizadas ahora y colocadas en la nube, dejarán de estar en nuestras manos quedando en posesión de las corporaciones que controlan la nube digital. ¿Dónde están nuestra fotografías digitales? ¿Dónde nuestros pensamientos anotados en el blog? ¿Dónde aquellos correos tan comprometidos y privados? Fácil, en una nube con acceso tarifario.
En definitiva, lo que empiezan a preguntarse algunos, sin caer por ello en un absurdo ludismo digital, es si puede estar en peligro nuestra propia libertad y existencia (digital). La respuesta, dentro de pocos años.
El gigante Microsoft pone término a 20 años de participación el International Consumer Electronics Show (CES) con la excusa de que existen "nuevas vías a través de las que contamos nuestras historias de los consumidores -eventos, Facebook, Twitter, Microsoft.com y nuestras tiendas". Tal vez sea porque el CES no es lo que antes era, o porque Microsoft ya no es lo que llegó en su momento a ser.

Sin embargo, esta aparente pérdida de posición en la carrera tecnológica no ha de servir como signo de un final anunciado. Microsoft, desde hace unos años, no está por el presente; está por el futuro. Como ejemplo, se puede dar un vistazo ahí.
Los Ultrabooks es el otro hecho a remarcar. Estos estilizados pero potentes ordenadores que surgen de los intestinos del añejo PC, ¿son una sorpresa y novedad agradable o una simplona operación de márketing en manos de industrias que han visto cómo sus tablets no obtenían el éxito esperado?
Al parecer, como dicen algunos comentaristas, los ultrabooks no pasan de ser copias poco evolucionadas del MacBook Air que apareció en enero de 2008.
Mientras tanto, entre una cosa y otra, parece que se va fraguando una tendencia que, empujada por las empresas de la Mobile technology, nos acerca hacia un servitud digital. El feudalismo digital está llamando a nuestra puerta y al parecer poca gente le presta oídos.
Si se nos permite perfilar este feudalismo digital nos podemos encontrar con lo siguiente. Hay señores feudales —Appel, por ejemplo— que guardan bajo llave su castillo neomedieval (Apple no duda en sabotear el formato abierto ePub para los ebooks). Señores feudales que luchan entre ellos para aumentar su territorio de influencia (Google contra Apple y Appel contra Google mediante sus respectivos sistemas operativos y tablets). Señores feudales que santifican, por otro lado, con tinte casi hagiográfico a sus propios heroes (Steve Jobs ha sido llevado a los altares laicos con ceguera acrítica; mientras que Bill Gates continua bajo el estigma de demoníaco capitalista —sin ver que el sistema Windows ha sido y es más abierto en comparación con el igual de histórico sistema de Apple).
Otros hechos de este mundillo neomedieval en que se ha convertido nuestra geografía planetaria, podrían ser los centros de peregrinación (Youtube, como uno de sus máximos santuarios), o los numerosos magos neomedievales que consiguen absorber al comprador y lo encarrilan hacia compras compulsivas de nuevos productos. También existen órdenes monásticas con sus prédicas a fin de llevar a los fieles hacia los caminos del dios gratuito y misericordioso que lo da todo a sus seguidores, a cambio de nada, tal como los pájaros del campo obtienen su alimento sin sembrar ni segar (Mateo 6:26). Entiéndase ahí los apóstoles del Open Source y del Free Software.
Así pues, ahora que están desapareciendo nuestros PCs de sobremesa, nuestros laptops, nuestros discos duros rebosantes de GBs, siendo barridos todos ellos por los ligeros tablets y smartphones que permiten acceder a Internet desde cualquier parte del mundo, parece cumplirse irremisiblemente lo que hace casi un año denunciaba el periódico The Christian Science Monitor: "Mobile technology is turning us all into feudal serfs" - ¡La tecnología del móvil nos está convirtiendo en siervos feudales!
El planteamiento es claro. La tecnología móvil lo está desmaterializando casi todo, transformándolo en productos situados en la nube. Y esta realidad aunque parezca futurista es antigua, es feudal —más bien, neofeudal: "Nuestro dinero, nuestros amigos, nuestro paradero, incluso nuestros pensamientos y deseos, son desviados hacia los servidores corporativos, convirtiéndonos en siervos del mundo digital." Si de hecho todo pasa a la nube, se podría decir que nuestra alma estará vendida al diablo. Es el pacto con el diablo. Este Deal with the Devil se concreta en que a partir de ese momento, a partir del deseo de tenerlo todo a mano (aunque en la nube), quedará uno atado a una tarifa infernal. Infernal porque la sumisión será absoluta. La opción estará entre esto o la nada (esto es, la propia desmaterialización en la inexistencia digital).
Se teme, pues, que nuestras propiedades intelectuales y profesionales, digitalizadas ahora y colocadas en la nube, dejarán de estar en nuestras manos quedando en posesión de las corporaciones que controlan la nube digital. ¿Dónde están nuestra fotografías digitales? ¿Dónde nuestros pensamientos anotados en el blog? ¿Dónde aquellos correos tan comprometidos y privados? Fácil, en una nube con acceso tarifario.
En definitiva, lo que empiezan a preguntarse algunos, sin caer por ello en un absurdo ludismo digital, es si puede estar en peligro nuestra propia libertad y existencia (digital). La respuesta, dentro de pocos años.
Etiquetas:
Apple,
Bill Gates,
blogs,
CES,
Cloud Computing,
digital feudalism,
disco duro,
ePub,
Free Software,
Futuro digital,
Google,
laptop,
Microsoft,
Open Source,
PC,
smartphones,
Steve Jobs,
Ultrabooks
Suscribirse a:
Entradas (Atom)

















