martes, 15 de mayo de 2012

Seguridad digital : Por qué he de estar vigilante y mejorar mis contraseñas

Ingenuidad y desinformación son las dos muletas clásicas que nos llevan directamente al agujero de la inseguridad digital. Veámoslo con algunos ejemplos.

Hace escasas fechas un amigo empezaba a hablar en ruso, sin saberlo, en su timeline del Twitter —casi como si parodiase inversamente al personaje de Moliere—, pero la realidad era que le habían 'copiado' la password, la contraseña, para acceder a la cuenta de esta red social y haciéndose pasar por él escribían ‘locuras' en ruso ante el estupor de sus seguidores que se asombraban del sorprendente cambio lingüístico de su friend.
¿Que cómo se roba una contraseña en Twitter? El sistema es muy fácil. Acostumbra a ser aparentemente un seguidor, un follower, quien nos envía un DM, un mensaje directo, como el siguiente…
O como este:
Fijémonos que tanto en uno como en otro mensaje se lanza un cebo que nos induce a curiosear lo que hay detrás del enlace que alude. Si accedemos a este web, que aparecerá con estilo “Twitter”, se nos pedirá que entremos nuestro login y nuestra contraseña. Hecho eso, nuestros ‘asaltantes’ ya podrán utilizar nuestra cuenta y es entonces cuando ‘podremos’ twittear en ruso, chino mandarín, bengalí o telugu sin saber ni su alfabeto! O hacer algo peor en nuestro nombre...

Lo más seguro, por otro lado, es que este seguidor ‘malévolo’, el que nos ha mandado estos DM, no sea consciente de estos peligrosos envíos. Los DM que con su nombre se envían, los están enviando realmente otras personas que le han copiado su contraseña y él, ingenuo, va por este mundo de Dios sin darse cuenta.

Aportemos otra anécdota. Hace escasos días un amigo me comentó que había descubierto un objeto extraño, entre dos macetas que adornaban el muro de separación con la vivienda vecina. El objeto en cuestión resultó ser una prolongación de una antena wifi que permitía a los vecinos robar ancho de banda y navegar a cuenta suya. Esta anécdota me recordó lo que me contaba un alumno en una de mis sesiones sobre TIC, a propósito de lo que hacía en verano cuando durante 15 días se encontraba de vacaciones. Al anochecer, colocaba su portátil en el coche e iba recorriendo las calles hasta que el detector de redes wifi le indicaba que había una fuente abierta y de libre acceso. El siguiente paso no será necesario que lo explique...
La solución que encontró el hombre del balcón 'asaltado' fue programar su wifi sólo para que tuviesen acceso sus ordenadores. Eso se hace indicando que la red sólo podrá ser usada por las maquinas que tengan una identificación determinada. Las maquinas que están preparadas para acceder a Internet tienen una identificación propia y única, y ésta es la dirección mac —que tiene una grafía como esa: B4:C1:DF:3B:4D:DA. Equivale al DNI de la maquina o dispositivo (tablet, móvil, etc.). Nuestro PC tiene una y está impresa en la tarjeta de red.

El propietario del balcón de marras hoy por hoy se siente tranquilo. Está a salvo de los ladrones de bits, de los asaltantes de su wifi. Pero..., esta medida —si fue eficaz en un pasado— hoy empieza a ser poco eficiente. No impedirá que algún diestro pirata pueda hacerse con una copia de una de sus mac y con este disfraz acceder a su red aparentemente protegida.

¿Qué se estila ahora para proteger las redes wifi? Proteccion WPA-2, con contraseña de hasta 64 dígitos hexagesimales (o 63 caracteres ASCII) y red 'oculta'. ¿Oculta? Sí. Nadie fácilmente podrá localizar con un simple rastreo su existencia. Es decir, ¡no se sabrá su nombre! ¿Estará protegida? Sí. Nadie perderá el tiempo —décadas y décadas— pretendiendo desentrañar la password de esta red —en el milagroso caso de descubrir su nombre. Ejemplo de contraseña para encriptación WPA-2, con 63 caracteres ASCII, generada vía web, lo tenemos aquí:
Yo no tengo wifi, me parece oir... Ello no nos inmuniza en ingenuidad y desconocimiento. Si accedemos a Internet seguro que a menudo usaremos contraseñas para acceder al correo electrónico. ¿Es segura nuestra contraseña? La mayoría de las veces ésta es extremadamente sencilla (por ejemplo, 123456) y repetida (la del correo electrónico es la misma que se usa para ver la factura online del móvil, para acceder al Facebook y para…). Y en la mayoría de los casos esta contraseña se puede desvelar en 13 minutos...
Un último consejo... Se recomienda crear contraseñas largas, complicadas y distintas. Y anotarlas fuera del PC, con la ayuda de un simple papel y lápiz; y cambiarlas como mínimo una vez al año! Si nos alejamos de la facilidad, estaremos huyendo de la fragilidad y de la inseguridad del mundo digital.

lunes, 23 de abril de 2012

Libros multimedia ante el declive de Europa

Decadencia de Europa, crisis de civilización, extinción de la inventiva, pérdida de coraje, crisis demográfica; en suma, final de civilización… Coincidiendo con las palabras de John Gray El sueño europeo ha terminado, o en términos de Daniel Cohen l’Europe a mal fini sa propre “occidentalisation”me temo que, definitivamente, somos pasado. Es ya hora de que empecemos a ver que los turistas visitantes de allende el continente, lo hacen como los románticos visitaron la Roma de finales del siglo XVIII. Muchos turistas actuales vienen en busca del eco cultural de otra época, de una época desaparecida, de la cual sólo perduran las sombras.
  
¿Que puede ofrecer Europa antes de languidecer por completo? ¡Su cultura pasada! Sus grandes hombres —no los gladiadores del futbol, únicos ídolos que ilusionan a los cada vez menos críos que existen—. Sus grandes hombres de la gran cultura europea, aquellos que llevaron la civilización hasta cotas inimaginables. Sus grandes hombres del pasado, sus obras y sus huellas por las calles por las que transitaron. Esa puede ser nuestra moneda de cambio que permita retrasar, económicamente hablando, la decrepitud continental.

El objetivo ha de ser claro: rentabilizar este pasado promoviendo la veneración de las obras y espacios de los creadores de la cultura europea. Ello provocará —debería de provocar; he ahí el verdadero objetivo y reto— el deseo de la población de este mundo global de visitar Europa antes de su colapso final y olvido. Europa se muere, pero aún quedan posibilidades para enlentecer este imperativo desenlace.

¿Como promover un gran turismo cultural y de veneración hacia Europa? Con los libros. Los libros —verdaderos desencadenantes de pasiones—, pueden ser los germinadores de este deseo de culto. Pero hablamos de libros del siglo XXI, digitales y con contenido multimedia. Veamos un ejemplo de cómo podría ser. Tomemos, como paradigma, el libro de David Hewson, La Sombra de Lucifer, que en cierto punto se hace eco del declive de la República de Venecia (¡otro mundo perdido!).

En esta obra, con diestra mano, en un excelente marco de intriga, se mezclan arte, música, personajes históricos y épocas, y el libro arrebataría espíritus si ofreciera al lector no sólo lectura, sino también arte, música, historia y paisajes urbanos (en este caso las islas venecianas, como Torcello), todo bien conjugado.
Si libros como el citado y en versión digital, en ebook, viniesen acompañados, irremisiblemente, de imágenes de las pinturas que se relatan, de música de Vivaldi, quien aparece en la novela cuando los protagonistas se encuentran en la Chiesa de la Pietà, de imágenes del joven Rousseau que se encuentra de viaje en Venecia, y de tantos y tantos elementos ilustrativos que adornan el imaginario del lector, su lectura provocaría un desasosiego tal que sólo podría calmar un viaje redentor al mundo veneciano que le ha arrebatado el alma.

Europa es una Venecia a gran escala. Su valor sólo se halla en las obras de aquellos insignes hombres que dieron color a muchos siglos. Hoy su destino es la decadencia que será más o menos lejana según se sepa aprovechar, ante la improductividad del presente, la sombra de un glorioso pasado que deberá de promover sacudiendo, con libros multimedia, las almas de extranjeros que quieran absorber la pátina de la belleza.

jueves, 29 de marzo de 2012

¡Oh! ¡Que bien! ¡Voy a hacer la revolución!

Esta exclamación es de Marian, mi amiga/follower del Twitter que se ha apuntado, anónimamente, a hacer la revolución, ya que ésta es una pasada. ¡Que grande hacer la revolución! Que bien sienta ser revolucionario (aunque recordando a Voltaire, después de hacerla, el burgués marcha hacia su casa para cenar y descansar, después de tan atareado día). ¡Que bien llevar el bien al mundo! Hacerle ver lo erróneo que era su comportamiento. ¡Que bien iluminar a una humanidad ciega y tonta que no se había dado cuenta que era posible el cambio!

¿Cambio? Sí, ¡el cambio!
Pero, ¡vete a saber qué tipo de cambio!

Revoluciones han habido pero pocas y dudosas muchas de ellas. Sí que han revolucionado bolsillos —aprovechando que estaba a mano usurpar bienes que estaban en manos de otros—, sí que han revolucionado sitios de poder, provocando cambios en el usufructo de las riendas de la sociedad. Pero, cambio, cambio, es decir, con sorprendente cambio radical y rápido en las masas, en la humanidad ciega y tonta que no ve en lontananza las luces del alba que están (siempre) por aparecer, este cambio no se ha producido nunca. En caso contrario, se nos echaría siempre a la cara nuestra estupidez por no querer ver algo tan aparentemente manifiesto como un resplandor revolucionario realmente existente (o existido). Pero tal resplandor, no ha existido —en todo caso las crónicas históricas no han sido generosas con nosotros para retrotraérnoslas en sus escritos.

Pero afirmemos, paradójicamente, que sí que han existido revoluciones —y nuestro presente es, por el momento, revolucionario. Lo digital sí que es una revolución que está cambiando el mundo (aunque muy lentamente, por la pereza de muchos —desde empresarios analógicos, a estudiantes digitales que se quedan a nivel de simples consumidores facebookianos, por no hablar de, por ejemplo, cuarentones remilgados o reacios a subir al tren de las TIC—) y sin embargo, repitámoslo hasta la afonía, no se es plenamente consciente de este ruido de campanas que tocan a rebato; a rebato por la muerte de un mundo anclado en lo analógico.

Las revoluciones realmente existentes, las auténticas revoluciones que han existido en la historia han sido revoluciones no políticas, sino técnicas o tecnológicas. Desde la aparición de la rueda —que aún está aportando sobradas ventajas— hasta el ordenador, pasando por la electricidad, y dejamos de lado la lista completa de nuestra compra tech (nevera, lavadora, por citar minirevoluciones que han permitido la liberación de muchas tareas domésticas).

Marx, sí Karl Marx, del que se dicen seguidores muchos de los revolucionarios de café, ya apuntó en su día, y en una de sus más brillantes obras de síntesis, el famoso Prefacio, que el cambio en la sociedad sólo —atención, ¡sólo!— sólo se podía dar como consecuencia del cambio que hubiese a nivel de la tecnología (las 'fuerzas productoras' o 'bases materiales', en su argot). Sin este cambio —Marx había examinado qué había pasado en la historia anterior—, sin el cambio en la infraestructura, difícilmente se podía dar un cambio en la vida social. Y el ejemplo manido que podemos traer a mano es la citada nevera, la lavadora y, añadamos, el lavavajillas. Estos tres enseres domésticos han permitido que la mujer salga de casa y acceda al mundo laboral ejerciendo como persona una actuación equiparable a la del hombre. Ha sido este cambio tecnológico el que ha posibilitado que la compra no tenga que ser diaria (¡gracias, inventor de la nevera!), ni que la ropa haya que lavarla a mano (gracias al ingenioso inventor de la lavadora), etc.

¡Ah!, pero nuestros revolucionarios sólo han leído que la revolución abre grandes perspectivas para un mundo mejor y más justo. Que la revolución (sin saber cómo se concreta esta palabra, ni cómo se traducirá en hechos concretos y que está prohibido simplificar —si no queremos caer en un pensamiento infantil) será el proceso que por fin terminará con las penurias del presente y se obtendrá un cielo de innombrables ventajas.

¡Ay! ¡Que simplistas nuestros revolucionarios de boquilla! Cuanta ingenuidad y cuanta sencillez mental! Que penuria intelectual, oculta por la obcecación de un supuesto gran cambio político que sólo llevará a cambiar los perros de la clásica frase de los collares.

Revolución tech. He ahí la clave del cambio real. Lo demás, fraseología, añoranza de fantasías inexistentes e imposibles —la historia es buena tabla empírica para refutar tesis imaginarias e irreales—. Pero la revolución tech requiere esfuerzo. Intelecto. Más esfuerzo. Más intelecto. Ensayos y horas de estudio. Y para eso, ¡no sé si habrá suficientes revolucionarios en este país para que se lleve adelante! ¡Ay!

viernes, 16 de marzo de 2012

Miopía digital en la segunda década del siglo XXI

Es a primera hora de la mañana cuando consulto los últimos emails recibidos. Abro uno de LinkedIn, de un grupo interesado por la innovación. En él se hace referencia a un problema del país —la falta de patentes, el poco espíritu emprendedor en este sentido. Y entre los consejos hay uno que añade un enlace hacia una conferencia a celebrar en Barcelona en el Colegio de Economistas de Catalunya con el título: Patentes: innovación, estrategias y propiedad industrial. Cataluña y España perdiendo la carrera de los estímulos y la monetización. Nos encanta el título por su sugerente empuje. ¡Hay quien empieza a pensar!, nos decimos.
Al acceder al site, sin embargo, nos encontramos con la siguiente información, que desanimará a los profesionales adscritos al grupo que provengan de allende ríos o mares...
El web está sólo en catalán y, por añadidura, la conferencia sólo será factible de forma presencial. Como economistas, quizás están de ahorro y no innovan con las técnicas, poco novedosas a estas alturas, de los webinars, o conferencias online. Ejemplos hay muchos, séanos permitido hacer referencia a algunos de los seminarios online de Adobe que prodigó en el lejanísimo 2010.
El caso es que sin duda los objetivos de la conferencia son correctos.
En el resumen de la conferencia se puede leer lo siguiente:
¿Es consciente nuestra legislación, la cultura empresarial y política del papel que juegan las patentes en la competitividad de nuestro tejido productivo para poder hacer frente a una economía del conocimiento globalizada?

He ahí lo que aún no acaba de penetrar plenamente —la idea del mundo global. Hace cincuenta años, el mercado eran las comarcas, las provincias o las regiones. Algunas importantes empresas llegaban a  países cercanos. Hoy, todo el mundo tienen acceso al mundo global. El mercado es global. Y esta idea, por más palabras que se digan, ha de trasladarse a hechos. 
Tomemos el ejemplo de una empresa, una agencia de noticias, que desea vender su producto (¡noticias!), y veamos sus webs. 



Algunas empresas de Malasia -país con 28 millones de habitantes- están ya por una labor orientada a un mercado global, y con un lenguaje (o lenguajes) que permita esta exposición global. Por nuestros lares, aún perdura una forma de hacer que repite modelos que se hacían a principios del siglo XX (e incluso mucho antes).