jueves, 20 de febrero de 2014

Cyberattacks, cyberwar y las murallas digitales

Uno de los cambios que las nuevas tecnologías están provocando, y con extrema rapidez, es el relativo al ataque utilizando herramientas digitales. Después de una romántica interpretación de los hackers —que fueron vistos dotados de cierta ética, en los albores de la revolución que presenciamos (recordemos el libro La ética del hacker y el espíritu de la era de la información de Pekka Himanen; aunque entonces aún se diferenciaba entre hackers y crackers, los delincuentes digitales), se ha llegado a una situación que de romántica tiene muy poco. 
El acoso a las cuentas existentes en las redes sociales, los ataques mediante virus para entrar en las webs de entidades bancarias, el malware que se infiltra bajo el teclado de nuestro PC para leer los códigos de acceso o de las tarjetas de crédito, son hechos casi diarios que aparecen en los medios escritos digitales. La ciberdelincuencia está omnipresente y la vulnerabilidad es algo de lo que aún no se es realmente consciente. Nuestro ordenador tiene un fácil acceso con una débil puerta que depende del grado de nuestra ingenuidad.
Cierto es que se empiezan a dar algunas voces de alarma y están apareciendo algunos informes relativos a esta fragilidad digital que nos rodea, pero aún se está en un período de tanteo y recomendaciones como si todo dependiese de nuestra buena voluntad. Eso parece lo que se desprende del escuálido informe del European Cybercrime Centre en su primer año de actividad.
En él, después de revisar algunos hechos sobre ciberataques, la explotación infantil online, los fraudes informáticos, y apercibirse del aumento del número de ciberdelincuentes, de las nuevas necesidades en protección informática y del pirateo de servicios en nube, el Centro Europeo de lucha contra la ciberdelincuencia concluye con estas palabras:
Y a su informe, añade una sofisticada infografía de cuya transcendencia y eficacia es fácil dudar. 
Mientras tanto los ataques de los bucaneros y saqueadores de esta nueva edad media digital —equiparables a los que proliferaron antaño; incluso en la romana Bética donde, según Tito Livio, había numerosos salteadores de caminos que asediaban las caravanas mercantiles — siguen sucediendo. 
Sin embargo, dejando a un lado a estos amantes de lo ajeno, que procuran ejecutar una transferencia de renta forzosa, existe un mayor peligro que se cierne sobre nuestras desprotegidas cabezas y es la ciberguerra (cyberwar, cyberwarfare) que aunque está en sus inicios tiene todos los visos de adquirir carácter en un futuro no muy lejano. 
Son célebres las murallas medievales de Avignon, Tours, Gante, Reims o Bruselas que alcanzaron la cifra de varios kilómetros para proteger a su ciudadanos de los ataques de forajidos, saqueadores o ejércitos enemigos (la diferencia entre los cuales, nos señala la historia, nunca fue del todo clara). O la gran muralla China cuyos ocho mil kilómetros le sirvió para protegerse de los nómadas que procedían de Mongolia y Manchuria.
Hoy las murallas digitales para nuestra protección —y no sólo para nuestra defensa más privada, como son los dispositivos digitales de nuestro hogar, sino los servicios de los que dependemos en tanto que sociedad organizada— son del todo inexistentes. No existen y, por lo que parece, ni se las espera.

jueves, 23 de enero de 2014

Cuentas de Twitter prefabricadas

Extrañas cuentas en Twitter del New York Times
Uno se dedica desde hace unos años a ser un observador de las TIC —de la revolución de las tecnologías en general— y a reflexionar sobre los motores del cambio. Por ello estoy interesado por las tendencias (trends). Y una vía para conocer tendencias está en descubrir, explorar, seguir los primeros espadas en diversos campos. Aquellas autoridades, en distintas áreas del saber, que dentro de unos años tendrán renombre, si no lo han alcanzado ya en el presente. Léase a nivel económico, sobre neurociencia, sobre la filosofía más actual o en filosofía social, biotecnología, matemáticas, e incluso física de las partículas, por no hablar del universo. 
Con este objetivo, hace escasos días accedí a diversos twitters de nombres relevantes en algunos de los campos citados y de inmediato me sumergí en la lista de la gente a las que seguía —los following de estos popes. Uno de los elegidos fue Thomas L. Friedman, del cual he leído alguno de sus libros y citado en artículos, conferencias y entrevistas. Miré su cuenta en Twitter y me dispuse a examinar a quién seguía. La premisa de la que yo partía era que con seguridad Friedman me abriría la puerta a nuevos colosos intelectuales. No dudaba que debía de seguir, aparte de algunos compromisos, a gente que descubriría y pasarían a engrosar la lista de mis primeros espadas. Partía yo, pues, de la suposición que Friedman seguía a gente muy interesante, tanto o más que él… Siempre buscamos a gente de las que podamos aprender nuevas cosas. Y ahí fue donde encontré un hilo que me llevó lejos de mi propósito inicial.
Ese hilo era algunos nombres propios que aparecían entre los seguidos por la cuenta de Friedman. De las 76 cuentas de Twitter que en teoría Friedman sigue (“following”), la mayoría está relacionada directamente o indirectamente con el New York Times
En fin, no dudo que pueden ser cuentas muy valiosas con sorprendentes tweets ricos en sabiduría —pero sobre cocina, sobre deportes, sobre...— Otra cosa es que tengan que ver con los temas de reflexión a los que ha dedicado y dedica su atención, investigación y pensamiento, nuestro gran Friedman. El caso es que acto seguido, después de ver algunas cuentas aparentemente relevantes que seguía Friedman, le di un clic a una persona a la que este seguía. 
Y '¡oh, sorpresa!' esta persona, asimismo perteneciente al equipo de colaboradores del NYT, también seguía casi a los mismos (¿con casi el mismo orden temporal de seguimiento?) que seguía nuestro querido Friedman. 
Esa sorpresa acabó de tomar cuerpo con un nuevo clic en otra cuenta de las que Friedman era following, cuenta sin duda relevante como es la de Paul Krugman.
Y resulta que este también seguía, ¡caramba!, casi las mismas cuentas que seguía nuestro autor del The World Is Flat y nuestra querida Maureen. Cuentas muchas de ellas integradas por gente del amplio equipo del NYT. 
Y de ahí vino mi duda. Estas cuentas —no necesariamente los tweets de cada persona que los firma— es muy probable que fueron en su momento prefabricadas y luego entregadas a Mr. Friedman, a Ms. Dowd y a Mr. Krugman, para que no tuviesen que hacer un trabajo de campo, de exploración, y evitar empezar la vida en Twitter, desde cero. Eso es lo que parece. Y por la ausencia de nombres del 'ramo', diría que es. 
En resumen, a veces explorar los following de gente intelectualmente relevante no sirve necesariamente para encontrar grandes autoridades en el campo del saber.

miércoles, 18 de diciembre de 2013

Los Big Data en un horizonte cercano

Un mundo donde la información es poder
Se ha escrito que cada época tiene su eje de desarrollo y al mismo tiempo en la propia época nace lo que hará estallar el globo económico en que se había recluido, volviendo a reiniciarse el crecimiento ahora desde otra vertiente. A inicios del siglo XX —para no retrotraernos al siglo XIX con la aparición de las locomotoras y el hundimiento de toda la artesanía y servicios que giraban alrededor de caballos, carruajes, caminos y carreteras de barro— la aparición de los automóviles supuso la irrupción de nuevas empresas. Poco después de la posguerra europea, la economía de consumo acarreó un nuevo empuje económico. La borrachera económica y una visión infantil de las finanzas —alargar más el brazo que la manga, que decimos en catalán—, fue lo que ha ido firmando las actas de defunción de una época. A finales del siglo pasado, con la aparición de los ordenadores personales y las tecnologías asociadas a Internet se dio nueva savia económica. Ahora la herramienta asesina del presente tiene también carácter tecnológico. Y esta herramienta —la de los big data— es la que provocará otro cambio, dejando atrás la visión ingenua que tenemos del presente. 
Las 'grandes datos' y la capacitación científica de datos que pueden llegar a tener las empresas, será lo que procurará un gran cambio y en especial en los primeros países que se sitúen en este nuevo umbral que se vislumbra en un horizonte no muy lejano.
Las grandes empresas, casi de manera sigilosa, están trabajando para acercarse a los mejores científicos de datos —los intelectuales en este campo son los data scientist— ya que saben que en un inmediato futuro la ciencia de datos será capital.
Los datos son riqueza para quien que sepa extraer el mineral de este magma. Los data scientist son los ingenieros que pueden sumergirse dentro de este pozo de riqueza para poder ir extrayendo los filones que se vayan necesitando según requiera el mercado de los data. Porque los datos aportarán mucha información —riqueza— para diversos tipos de empresa —por no decir cualquier empresa que exista en la próxima década.
Este volumen de datos se obtiene indirectamente en el curso normal de interrelación de cualquier visitante o consumidor que acceda a cualquier ámbito digital (y a cualquier ámbito del mundo físico —en un mundo que estará plenamente detectado con chips RFID y dispositivos sensores procedentes de lo que se etiqueta como Internet of things). Esto los proveedores y distribuidores de productos lo tienen muy a mano —desde el supermercado semanal que frecuentamos y que, si es sagaz, sabe lo que vamos comprando según la época del año y puede prever qué compraremos la próxima semana, hasta los webs de e-commerce, que saben con todo detalle de qué web provenimos, cuántos minutos hemos estado en una página determinada de su web, qué productos hemos examinado, y cuantas veces al mes la hemos visitado. Toda esta información se obtiene a la hora de vender o presentar sus productos online. Los futuros coches smart, sabrán cómo conducimos, los kilómetros y velocidades alcanzadas, así como las rutinas de nuestra conducción. Las compañías de seguros de vehículos ya están preparando un abanico de propuestas adecuándolas a cada tipo de conductor. Eso es el big data y esa una de sus múltiples aplicaciones.
Las empresas de estudios indican que para el año 2015 habrá una demanda mundial de puestos de trabajo relacionados con los grandes datos que llegará a superar la cifra de 4 millones de personas. Y se teme que haya escasez, entre 140.000 y 190.000, de científicos de datos (data scientist), además de gerentes que sepan llevar adelante este tipo de empresas que apenas están surgiendo. No será extraño pues que la Universidad de Berkeley haya puesto en marcha un programa de maestría online dedicado a la ciencia de datos y que ofrece a los ejecutivos de las empresas para que puedan seguirlo desde su lugar de trabajo. IBM por su parte, se ha asociado con un millar de universidades de todo el mundo para ayudar a superar el déficit actual en habilidades sobre ciencia de datos.
¿Pero datos? ¿Qué datos? Las empresas —pequeñas o grandes— están acostumbradas a utilizar la información que tienen, relativa a las ventas o servicios, de un período determinado: un trimestre, por ejemplo. Y a partir de ello pueden generar proyecciones de mercado. ¿Qué habrá que hacer? ¿Qué debemos mejorar? ¿Hacia dónde tenemos que orientarnos? ¿Qué productos habrá ofrecer? Son algunos de los interrogantes que se plantean casi constantemente. Ahora, sin embargo, se habla de que hay que centrarse en los datos como un recurso en sí mismo. Y luego, según necesidades empresariales, ofrecer aquella línea de información que una compañía precise. Y esto es muy nuevo.
No es ningún descubrimiento decir que en la economía digital la información es poder. Y los datos tienen su parte en ello. Y esta información que queda almacenada en las dispares navegaciones por el mundo digital, por las calles de las webs, en los likes de las redes sociales, en los tweets… Toda huella que dejamos mientras circulamos por el mundo virtual, ya lo hagamos con el smartphone, el ordenador o la smart TV. (Y pronto con la nevera inteligente dotada de sensores que se comunicarán con el supermercado indicando qué cosas se irán pronto a recoger...). Datos, datos y datos. Es decir, indicadores de tendencias, gustos, aspiraciones; casi la respiración de los visitantes y consumidores que están online. 
A partir de millones de datos —recurso que es peligroso ignorar— se puede empezar a buscar patrones, algunos de los cuales pueden llegar a ser tan valiosos que pueden servir para impulsar hacia adelante el propio negocio.
Por otra parte, existen las bases de datos públicas a las que se puede acceder de forma gratuita, como Data.gov. Así es fácil para una industria puntera acceder a estos datos, trabajarlos y buscar correlaciones con las tendencias económicas más amplias. Y a partir de ello hacer predicciones más precisas que pueden servir para tomar decisiones menos arriesgadas.
El reto está, principalmente, en los gerentes de las grandes empresas —aunque no impide que las medianas o pequeñas también tengan las mismas posibilidades de entrar en esta nueva competición. Estos deberán de adaptarse a una nueva forma de pensar, olvidándose de la rutina y las convenciones. Hasta ahora el enfoque tradicional era seguir paso a paso, y hacer una planificación a medio plazo. Ahora habrá que ser mucho más ágil, ya que se tendrán datos en tiempo real y habrá que buscar patrones rápidamente para prever y actuar sensatamente. Los datos están ahí, lo que hay que hacer es trabajar cuidadosamente.
A este respecto, se empieza a ver una brecha cada vez mayor entre las empresas que pueden moverse en el mundo de los big data y las que no. Si uno quiere competir en el futuro —un futuro muy cercano— es hora de lanzarse al mundo de los datos y comenzar ya mismo.

viernes, 13 de diciembre de 2013

El mundo de las relaciones personales en la sociedad digital

Tentados a repetirnos, volvemos a la idea que el mundo es un gran mercado. El intercambio es el rey. Y en este mercado se ofrecen productos y servicios. Las grandes empresas dedicadas a los productos, desde hace tiempo han saltado al mundo digital. Y las cifras empiezan a crecer. Las empresas de servicios quizás no estén tan avanzadas como las anteriores; aunque haberlas haylas. 
Un tipo de empresa de servicios online que está aumentando desde hace algunos años y en especial desde los mas próximos —sobretodo con la popularidad de la red que se ha extendido a todas las edades; no sólo entre los nativos digitales—, es la orientada a las relaciones personales. Este es un tipo de empresa de servicios que está encaminada al intercambio de sentimientos, pasiones y emociones. Son empresas dedicadas al online dating (búsqueda de pareja y amistad) o al matchmaking (búsqueda de pareja por compatibilidad o afinidad psicológica). Meetic puede ser un buen ejemplo de ello. Nació el año 2001 y cotiza en bolsa desde 2005.
Algunas de las más recientes, como Flechados del Grupo El Mundo, han aparecido en Internet hace escasos meses. Y ello es indicativo de la importancia de este sector.
Según datos del INE de otoño de 2009, en España hay cerca de 10 millones de solteros mayores de 20 años. Y esta es una cifra que se acerca, si no supera, el 24% de la población. Según este instituto, el 38% de estas personas pertenece a la clase media y el 57% son hombres y el 43% mujeres. Un estudio de The Strenght of Internet Ties del año 2006, elaborado por la Universidad de Toronto, ya se subrayaba que “la Red fomenta las relaciones sociales y potencia la integración de las personas en la vida cotidiana, al mismo tiempo que refuerza los lazos sociales”.
En 2011 los sitios de encuentros en Internet aumentaron un 8 % con respecto a 2010. Y la facturación en el primer año de esta década ascendió a 38,5 millones de euros. En España hay más de 18 portales de citas que han superado los 100.000 usuarios.
De hecho, no nos ha de extrañar todo esto. Internet es todo un mundo. Y lo decimos en el sentido de que en este espacio virtual hay de todo. Toda clase de gente. Toda clase de intereses. Y hay un tipo de usuarios que utilizan este nuevo espacio para ampliar su horizonte vital. Para salir, ir más allá de las cuatro paredes en que se encuentra encasillada su vida y dar escape a un ansia que la cercanía no le permite colmar. Estas personas utilizan la red para hacer nuevas amistades, encontrar almas gemelas y, tal vez, iniciar nuevas sendas acompañadas.
Para poder observar un poco a fondo esta realidad —de gran interés sociológico—, uno se ha lanzado hacia estos espacios virtuales que no dejan de tener su peso en el mundo digital. Son numerosas las webs que ofrecen espacio para establecer un primer contacto entre gente que no necesariamente es de la misma población, zona o país.
Después de inscribirnos en algunas de las webs de búsquedas y encuentros, y de haberse uno presentado, indicando las características propias y las inquietudes de todo tipo, empiezan a aparecer algunos mensajes en el buzón de correo. El sistema empieza de inmediato a mandar noticias sobre las primeras personas que se han interesado por nuestro perfil.
Y en estas misivas aparecen ya algunas caras que pueden ser un primer paso para que la senda empiece a ser recorrida... ¿Debería ver su perfil ahora?
Nuestra incursión de observador nos impide llegar más a fondo en algunos aspectos. No queremos jugar con los sentimientos de nadie. Ni tampoco entrar en unos niveles que conllevan un coste, en este caso, innecesario.
Pero sí queremos profundizar en algunos aspectos que pueden ser de interés. Para entrar en este mundo uno está obligado a hacer una descripción de si mismo.
En algunas webs de relación personal, la panoplia de interrogantes a rellenar es amplia y detallada. ¡Ayudará a encontrar compatibilidades!
Ello permitirá que el sistema automáticamente aparee por afinidad a las personas. Y de ahí que sea más fácil entablar relación con personas compatibles, de un perfil similar. 
A algunas personas esto les puede parecer lento y tal vez engorroso. Hay, en este sentido otras vías innovadoras, como 7citas7, que propone encuentros rápidos cara a cara. Es el Speed Dating.
Todo eso no es más que una muestra de la soledad presente y de la necesidad de huir de ella.
Y las herramientas digitales ayudan a ello.