jueves, 19 de enero de 2012

Carta a un editor sobre el futuro del libro digital

Un joven editor barcelonés me escribe apesadumbrado por lo que acaba de descubrir. El caso es que uno de sus agentes literarios le ha ofrecido la opción de un autor importante y después de buscar sobre el mismo en Internet ha visto que algunas de las obras de este autor están ya online, en el mundo de la piratería digital. "El futuro —me apunta— está seriamente amenazado".
Este post —como carta abierta al susodicho editor— es para dar mi punto de vista sobre el futuro de la edición. Sí que hay futuro en la edición, pero nunca será como antes. Nunca se volverá a los sistemas que perduran desde hace más de un siglo. La cadena casi clásica de autor - editor - impresor - librero -lector/comprador parece que es difícil de mantener sin serios cambios en el mundo digital en que —sólo inicialmente— nos encontramos. Y creer que, a pesar de tener nuestra Blackberry (y los servicios que nos proporciona) o nuestro GPS (mediante el cual sorteamos el laberinto de una ciudad desconocida) o nuestro PC (con que contemplamos un campeonato de tenis a través de una webcam sita en Sidney), que a pesar de eso, se pueda pensar que este tipo de cambios no repercutirán en nuestro mundo industrial es no querer abrir los ojos. Ahí me viene a la memoria, aunque el contexto es muy muy distino, la obra de Max Aub Morir por cerrar los ojos. Esto es lo que puede ocurrir (y en algunas librerías de Barcelona ya ocurre) si no se está a tiempo de subir al tren que, casi de manera imperativa, nos lleva al futuro.
La piratería de libros digitales hace ya más de una década que existe. Y difícilmente desaparecerá por arte de magia o por penalización. Lo que más puede ocurrir es que se sumerja en profundidades de acceso sólo para los iniciados; pero desaparecer, nos tememos que no. De la misma manera que tampoco ha desaparecido la piratería del software de grandes empresas como Adobe, Autodesk o Microsoft, por poner pocos ejemplos. Y no por ello estas empresas están en trámites de defunción.
Ante lo nuevo hay que pensar de nuevo. Ahí está el quid de la cuestión. Hay que, momentaneamente, dejar de lado los viejos clichés y automatismos que cual plantillas se usaban para sacar al mercado un producto literario. Ahora hay que pensar en digital, teniendo presente las virtudes y vicios que existen en el mundo de las TIC. ¿Que cómo se puede traducir estas generalidades al mundo editor? Apuntemos algunas ideas que, creemos, sólo son atrevidas por su novedad.
El precio de los libros es uno de los puntos clave de la existencia de la piratería literaria. Muchos de los libros que aparecen en el mercado son caros. Y la gente se divide entre los que no los compran (porque no leen), los que los compran (y compran pocos porque son caros) y los que los piratean (que son pocos).
Repitamos ésto último. Hay pocos pirateos digitales de libros. Sí que hay, pero, por ahora, pocos en proporción. Son pocos los que "conocen las técnicas para bajar e introducir en su tablet o móvil" el ebook correspondiente. Son muchos más los que —ante un bestseller— compran el libro en papel. Hay una cifra que se desconoce pero que intuimos que sí que existe. Los piratas literarios —los que se bajan los libros digitalizados— son amantes de los libros, son forofos de la lectura y..., regalan libros de papel (que han leído en digital) a familiares y amigos en fiestas señaladas. Son —como se ha dicho más de una vez—potenciales propagandistas de los buenos libros (aunque ello no les exima de una conducta mejorable). Sin embargo, retomemos el hilo: el precio de los libros exige cambios, en caso contrario lo que ahora es limitado (la piratería literaria) irá in crescendo. Y añadamos que, con Internet, el mercado se ha ampliado incomparablemente y así las cifras...
Ante este futuro digital, ¿qué hacer? La respuesta es el libro digital mixto. El libro digital creativo del siglo XXI. Inventemos un nuevo libro y dejemos, en parte, de repetir el modelo de libro de siglos anteriores. El libro digital creativo debería de ser multimedia (y será, quiérase o no, multimedia). Hace un tiempo se habló mucho de ello (cuando se mencionaban los enhanced ebooks), pero la cosa está aletargada. Ahora con los nuevos estándares del formato ePub tal vez podrá arrancar.
Este libro —con contenidos de texto, imágenes, animaciones, clips de vídeo, música, etc.,— exigirá que el autor se convierta en un creador más multidimensional. Un autor que dé pistas a creativos que le acompañarán en la generación de unos libros vistosos y digitales que, en parte, estarán en el eReader o tablet y, en parte, estarán en la nube (in the cloud).
Se podrá combatir la piratería introduciendo en el libro distintos contenidos que no se puedan "escanear" ni "rejuntar" con facilidad. Además, parte del contenido del libro estará en las nubes (en una nube situada en la casa editora) con un acceso controlado vía dirección MAC, IP, DNI, etc., con lo que se sabrá en todo momento si hay algún advenedizo infiltrado en la obra editada.
¿Que son disparatadas estas ideas? Un contraejemplo puede ser la mejor defensa de las mismas. Estos días están apareciendo noticias de los grandes negocios que se están haciendo en un mundo —el del mercado discográfico— que hace meses estaba empecinado en rendirse y morir llorando por sus autoprofetizadas catástrofes.
Editor estimado, editor made in siglo XX, al parecer sólo hay dos opciones. Ponerse al día o aceptar que los vientos y tormentas digitales barran tu estela. Para ablandar tu resistencia al cambio da un vistazo al grupo de LinkeIn de los autores del más candente presente. Están hablando del futuro, de su futuro y en este futuro, que es digital, aún estás a tiempo de formar parte.

viernes, 21 de octubre de 2011

El estado del ebook —hacia los Gustavo Doré digitales

El primer  ferrocarril que hubo en España se inauguró  en la línea Barcelona – Mataró, en 1848. En este trayecto se construyo el primer camino de hierro y en este trabajo se dieron muchas confrontaciones entre lo viejo y lo nuevo. Fue entre los empresarios de diligencias y transporte a caballo y los industriales que estaban por lo nuevo, por el progreso. Muchas veces el progreso se manifiesta por la asunción, por parte de un nuevo sector industrial, de unas tareas o servicios que habían estado en manos de otro, muchas veces de carácter artesanal. Lo que está ocurriendo en el sector del libro es muy, muy parecido.

Empresas originadas en el mundo tecnológico —el de las maquinitas digitales— están arrumbando, dejando en la cuneta, a las empresas que provenían del papel. De vender papel se esta pasando a vender hierros (dispositivos) y dígitos. Y este cambio está generando un terremoto que afecta y afectara, como mínimo, a editores, libreros, distribuidores, autores y lectores.

El mundo digital vende dispositivos (hard) y dígitos. Y quien no pueda acceder y dominar estos elementos quedara al margen del futuro. Este es el reto del lector. Los aparadores digitales vendrán a sustituir el engorroso, o imposible por lejano, traslado al interior de una librería para ojear libros. En la propia web ya se puede consultar el índice de un libro técnico o leer unas páginas de la novela del momento. Las antiguas presentaciones de libros que exigían el trayecto a otro punto de la ciudad ahora se han convertido en webinars (videochats) y, con posterioridad, se pueden volver a visualizar, al gusto del consumidor.

Los dispositivos lectores —tablets o eReaders— son actualmente caros (200 € de media) y deberán ser substituidos, en menos de una década por otros, dada la fragilidad del material. A esta cifra el empedernido lector de ebooks deberá sumar el coste del libro convertido en dígitos. Y aun así, el lector del siglo XXI esta abandonando el mucho más barato libro de papel —cosas que tiene lo novedoso. Pero, en este ámbito, existe la tentación de rebajar costes accediendo a copias piratas. Así, sólo con tener un dispositivo lector se puede acceder a la lectura digital sin más contrapartidas económicas.

Todo lo visto hasta aquí produce un terrible vértigo a los editores clásicos que, casi desde Gutenberg, habían puesto su trabajo y su economía en el papel impreso. Su mundo se viene abajo y la tentación mas socorrida es por lo pronto cerrar los ojos y dejar pasar los días. 
En paralelo a esta nueva circunstancia, y dada la facilidad digital —su aparentemente nulo valor económico— esta llevando a algunos escritores, neófitos y consagrados, a la autoedición. Adiós a editores, distribuidores y libreros —se viene a decir.
 

¿Desaparecerán los editores? Lo mejor que puede ocurrir es que no. Su mano maestra en elegir buenos libros, en saber seleccionar autores, en orientar lecturas y, también, como reconocen muchos autores en los agradecimientos que incluyen en sus obras, en pulir detalles de las creaciones literarias, hace de estos artesanos, o artistas en la sombra, unos profesionales imprescindibles y que ningún creador de dispositivo o empresario digital puede atreverse a reemplazar. La probable proliferación de escritores, que la susodicha facilidad digital puede generar a medio plazo, exigirá la irrupción, con nombres propios, de editores consejeros que orientaran a los lectores perdidos en las inmensas librerías digitales con muchísima hojarasca en dígitos.
 

Un fenómeno que, debido a la ceguera voluntaria de los editores, no han calibrado aún con la debida atención es el de los libros multimedia (los en inglés llamados enhanced ebooks). Libros que con las nuevas disposiciones del formato ePUB 3 permiten que los textos vengan acompañados de dibujos, croquis, mapas, animaciones, videos, etc.
 



Si hay temor a la piratería digital una solución factible está en crear dos versiones de libros. Una versión simple que será tan barata que hará inútil la piratería (por los inconvenientes que comporta: la búsqueda no siempre fácil, la conversión del formato del ebook, el aderezo de párrafos o el cambio de formato de los tipos de letras, etc.).
 

Junto a esa edición, aparecerá una segunda versión que contendrá los elementos enhanced que harán del libro una auténtica maravilla. Hay que poner en los libros de esta versión enhanced lo que puso el editor del siglo XIX en sus libros cuando introdujo las placas de Gustavo Doré y otros ilustradores. Una novela donde la trama ocurre en Viena, Paris, Roma, Barcelona o Londres, exige que el lector vea —¡vea!— las calles,  los edificios, los paseos donde se desarrolla la acción. Mapas, pequeños videos, animaciones, realidad aumentada y cincuenta mil otros elementos que ayuden al lector a sumergirse en el mundo narrado y que le hará vivir una experiencia inolvidable. ¡Abramos las puertas a los creadores digitales de nuestro siglo!

Este tipo de libros digitales —parte de los cuales estará en su dispositivo manual y parte en una nube (cloud) con acceso identificado digitalmente— difícilmente podrán ser pirateados. Ahora es cuando oigo clamar al editor sobre los costes añadidos a este producto. Sus gritos casi llegan al cielo y su exaltación es indescriptible. Aún no se ha dado cuenta de que con el mundo digital se le han multiplicado por cientos los posibles compradores de las dos versiones de ebooks. Tan pronto tome el nuevo tren y marche hacia el siglo XXI los aparentes nubarrones que ve en lontananza se habrán convertido en una simple tormenta de verano y, si está al caso, el sol volverá a surgir de nuevo.

¿Que nuestro querido editor se muestra reacio a la nueva labor? No se dude que, si no se pone delante de este gran cambio, desde lejanas tierras se editará en nuestros idiomas y se encabezará el cambio que anunciamos inexorablemente. Recordémoslo una vez más, The World is Flat como Friedman nos advirtió hace años y si nuestro querido editor no quiere entrar en este baile, otros lo harán por él.

sábado, 24 de septiembre de 2011

El mundo digital percibido - Dime por qué calle andas y te diré quién eres

Trillada es la frase del poeta Paul Éluard, "Hay otros mundos pero están en este", pero no ha perdido ni un ápice de verdad. Hay gente que transita por calles y plazas, del centro y barrios de la ciudad. Hay, por otro lado, gente que sólo transita por las páginas de los periódicos y de las noticias televisivas, y su mundo está filtrado por la pátina que desde estos media, y el poder que los sostiene, se le da. Por último, en aras de ser breve, hay los que están transitando a través de esta ventana universal -¿el aleph de Borges quizás?- que es Internet. Desde esta ventana se puede llegar a observar cómo respira el mundo. Ahora bien, hay que recalcar que según la calle que se transite, se será ciudadano de una u otra época, aunque todos estén mirando la misma fecha en el mismo calendario prendido en la pared.
Así se puede entender que no todo el mundo vive en la segunda década del siglo XXI. Hay gente, en plena Europa, por hablar de gente cercana, que vive anclada en la década de 1990, continuando con el ritmo, vida personal y profesional, propio de esa época —época, recordémoslo anterior a Internet. Alguna de esta gente son empresarios. Les puede ir bien, por ahora. ¿Les irá bien también dentro de una década? ¿Y dentro de cinco años? Difícil es predecir. Pero el riesgo de no estar en tu época real es parecido al riesgo de no saber que vas en avión y abrir una puerta hacia el exterior. Rizando el rizo... Conocemos a gente que ha cogido su familia y se ha marchado al campo, a una casa de payés lejos del mundanal ruido, a lo fray Luis de León. ¿Qué ocurrirá con sus hijos dentro de unos años, acostumbrados solo al consenso de las gallinas que les rodean?

Conocemos a gente, mucha, ay!, que están, por otro lado, por el regreso. Son los regresistas. Querrían regresar, y hacer regresar a muchos con ellos, a siglos pasados. Son románticos orientados a un viaje a ninguna parte, fruto de una imaginación edulcorada por el deseo huidizo del presente. Añorar el pasado, implorar por él, es alejarte del presente y del esfuerzo que corresponde encararte a un futuro difícil y duro que se presenta en este mercado global que es la danza actual, en esta primera mitad de la segunda década del XXI. ¡Qué lejos queda ya el año 2000! Do you remember?

Recapitulemos. Hemos hablado del empresario que aún no se ha dado cuenta de la existencia del comercio online: del e-Commerce ni mucho menos del Smart Commerce. Es verdad; aún existen estos especímenes. Aún no se han dado cuenta que el mercado es mundial y que la plaza que es Internet tiene un mercado en lengua española de más de un centenar de millones de potenciales compradores, si nos circunscribimos a esta lengua de acceso inmediato. Hemos hablado de la familia que huye de la civilización y marcha hacia a una vida campestre, saludable, tranquila, paradisíaca acaso. Y hemos hablado de los regresistas, de los ciegos al presente y al inmediato futuro que viven mirando un espejismo del pasado. Y ahí, distintamente a los anteriores, hablamos de multitudes. De ofuscados por telarañas que les impiden ver la realidad y solo viven bañados por las tararas de los medios de comunicación afines que viven a sus expensas.
A los regresistas no se les puede hablar de la Internet de las cosas (Internet of Things), no se les puede preguntar por los dispositivos smart (smart devices), no se les puede interrogar sobre el 3D printing ni por las smart cities porque no saben nada o, si lo saben, saben que todas esas maravillas tech que están en el candelero de lo que será la inmediata Internet 3.0, no tendrá ninguna pata en su territorio, no tendrá ningún gancho en su geografía, no tendrá ningún sostén en su gente escasamente esforzada y tecnificada, porque, como han vivido durante décadas soñando pasados imposibles, no han tenido tiempo, ni ganas, ni inteligencia para situarse en la línea de salida hacia un destino tech que será duro, pero a la vez creativo y estimulante. Ahí, lamentablemente no se espera a los regresistas. Estos están por el regreso hacia un pasado que sólo existió en sus mentes. Esperemos que Barcelona, en Cataluña, en plena península ibérica, deje de ser la capital de esta epidemia. Como curación tal vez se podría gestionar una especie de regresismo virtual, cual Second Life, para contentar a nostálgicos incurables, y que los más se pusieran las pilas para situarse en la inmediata línea de salida de una carrera que imperativamente los que no la hagan no sólo harán un regreso a siglos anteriores, sino que desaparecerán como lo hicieron los olmecas, los nabateos, el imperio Aksum o los tan añorados minoicos.
En cambio, si uno se asoma a la ventana que es Internet, la Internet de la innovation, de la inteligencia, de la investigación, de los avances tecnológicos, se da cuenta que, lejos de aquí en donde la gente sólo se ha atrevido a subir a un primer piso para mirar en la lontananza del futuro (y su mirada no va más allá de la cercana comarca de arcaicos viñedos), en otros lugares del globo, mucha gente está subiendo a las azoteas para poder ver más y más lejos y así otear el futuro que inexorablemente llamará a la puerta...

viernes, 12 de agosto de 2011

Internet of things y el terror en casa

Seamos imaginativos. Ya tenemos diez años más. La tecnología ha hecho el salto previsto. Tenemos nuestros hogares salpicados de tech que nos detectan y abren luces, ventanas, persianas o cortinas, según temperatura y hora. Dispositivos receptivos que están a un toque de carraspeo, voz, tos con carácter inglés o simple voz templada hablando al vacío y dando la orden pertinente. Las máquinas conectadas online y siempre atentas a nuestra consideraciones, verbalizaciones y casi pensamientos, dispuestas como esclavos tecnológicos. Esto es así porque esto será así. Se puede llegar a ello, desde el punto de que lo racional, lo razonablemente y económicamente posible, será hegelianamente real.

Pero el divertimento —hacia la que es conducida la sociedad actual— impregnará muchos de estos elementos. Es a través del divertimento, no nos engañemos, cómo ha ido entrando en viviendas de siglo XX los dispositivos del siglo tech, de siglo XXI. Y no hay que ser un doctor para conjeturar que esta vía, la del juego, será recorrida reiteradamente. Internet of things, los dispositivos que nos rodearán para darnos una mejor atención, estará omnipresente. Y una de sus posibilidades será vivir aventuras tech. Adiós a los juegos encapsulados en pantallas planas. Adiós a los juegos en 3D con gafas adaptadas. Tendremos juegos virtuales, con impresión casi real, ya sea mediante nuestros muros digitales, ya sea con nuestros proyectores y webcams que nos irradiarán, según el gusto, la aventura real en medio de la cual nos sentiremos copartícipes con los protagonistas —si no pasamos a ser protagonistas principales, como muy puede ser con las aventuras de terror. Y ello gracias a múltiples dispositivos distribuidos por toda la mansión. Aquellos que en un primer tiempo eran monofuncionales y estaban sólo para regular la calefacción, abrir ventanas o apagar la TV, ahora estarán a pleno empleo con posibilidad de recibir y entender sonidos, además de emitirlos (eso será lo nuevo) dando ambiente sonoro —de terror, para seguir con nuestro game— que acompañará al juego de luces que las cámaras/proyectores (no sólo de absorber imágenes han de vivir un dispositivo, ¿por qué no proyectarlos según demanda?) difundirán por las estancias provocando un ambiente de distinta graduación. Habremos suscrito un terror nivel 4, para nuestra aventurilla de sábado noche con los amigos. Qué es eso de salir de casa para ir a vivir aventuras cuando las aventuras las tendremos a la vuelta de un clic (o de cuatro, para poder confirmar el pago con la tarjeta del nuevo HouseGame).

Lo que está por aparecer sólo está impedido por la falta de imaginación. Las posibilidades son múltiples. La tecnología casi preparada. La recepción en potencia. ¿El empujón? Entrar más en el siglo.