Mostrando entradas con la etiqueta innovación. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta innovación. Mostrar todas las entradas

miércoles, 5 de julio de 2017

Las “fake políticas” en una época de gran disrupción tecnológica

La vida es transacción. El poeta decía que la vida era frenesí o ilusión; pero realmente es intercambio. Y eso si lo llevamos a la política entenderemos que los políticos quieren los votos y para ello ofrecen algo. Ahí es donde pueden aparecer las fake políticas; las falsas ofertas políticas. Las vaciedades que son los gestos y las grandes palabras que no llevan a nada salvo a estimular las emociones. Sí que las emociones pueden ser agradables pero el paso de los días las marchita.

Los populistas son muy propensos a este tipo de juego de engaño. La cuestión es vender el producto y conseguir el poder. Y desde ahí procurar ir renovando ofertas  espectaculares que vayan engatusando al personal. Ejemplo claro es el nacionalismo catalán. Vende ilusiones a capazos aunque cuando se ponen fechas y éstas se acercan, los nervios aumentan porque el comprador de las mismas puede dejar de regresar a esta facilona tienda de votos.

Vender ilusiones es barato y sobretodo agradable. Casi se podría decir que es una buena acción. Un acto de bondad con el prójimo. Pero realmente es una manifestación de fake política.

La vida tiene otro matiz que es complementario a la transacción: el esfuerzo. La vida de cada día exige trabajo y sacrificio. La vida no es fácil. Quien desde la poltrona política ofrece facilidades es otro vendedor de fakes. La vida exige coraje y renuncias. Las ilusiones son interesantes pero se han de contrastar con la realidad. No querer hacerlo es refugiarse en la infancia —etapa suprema de las emociones e ilusiones.

Lo contrario a la fake política son las propuestas prácticas. Programas concretos con objetivos claros y detalladas etapas a corto, medio y largo plazo. Han de ser contrastables y comparables con otras realidades. Por ejemplo, con lo propuesto y realizado en otro país. Cuando un político ofrece un producto sin que contenga esfuerzo por parte de toda la ciudadanía está recurriendo a la fake política; al engaño colectivo. Es un fabricante de futuras frustraciones y, más grave aún, de catástrofes económicas. La verborrea política es directamente proporcional a futuras crisis o graves torpezas económicas.

Veamos un contraejemplo de fake política. Marchemos a Pakistán, país que no está muy lejos en este mundo plano que la tecnología está poniendo en nuestras manos. Ahí, en este rincón del mundo, se está promoviendo una política de innovación dinámica para encarrilar a más de 100 millones de personas menores de 20 años bajo las coordenadas que el presente está dibujando. La base fundamental radica en una reforma profunda de la educación: “debemos de crear una mentalidad entre nuestros estudiantes que priorice el desarrollo de habilidades de resolución de problemas en lugar de aprender de memoria”. Al respecto no se duda en la necesidad de que encabece este gran cambio un primer ministro que conozca las pautas fundamentales para el desarrollo de una potente economía del conocimiento. Esta transición hacia este objetivo no es fruto de ninguna inspiración divina. Por el contrario, es tomar buena nota de lo que se hizo en Corea del Sur bajo el gobierno del militar Park Chung-hee, en China con el gobierno de Deng Xiaoping, en Singapur con Lee Kuan Yew y en Malasia bajo Mahathir Mohammed.
 

La política a llevar a cabo debería de favorecer la creación de un gran Instituto de Ciencia y Tecnología que fuese la avanzadilla de la investigación científico-técnica de gran potencial, con estrechos contactos con centros universitarios de alta gama tecnológica así como con las industrias punteras del mismo ramo. Asimismo para abrir el terreno a las nuevas tendencias disruptivas de la industria digital, se debería de promover la creación de industrias de Tecnología de la Información (TI) con exenciones fiscales durante algunos quinquenios. Eso favorecería la aparición de industrias que se apuntasen a la cuarta revolución industrial orientándose a campos tan importantes como la Internet de las cosas (IoT), el Big Data, el Cloud, la ciberseguridad, la robótica, la impresión en 3D/4D, la tecnología neurológica y la que está apareciendo asociada a los implantes, por dar algunos ejemplos.

Hemos repetido hasta cansar al lector sobre las características de la presente etapa de gran disrupción tecnológica. La automatización de muchas actividades de manufactura, la introducción de la robótica en muchas industrias y la irrupción de la inteligencia artificial en trabajos que hoy están en manos de profesionales del tercer sector económico (comercios, bancos, transportes, etc.), provocará que muchos cambios en estas áreas conlleven, para los actuales trabajadores, unos retos de complicada solución.

Las habilidades de alta cualificación digital se están demandando desde hace unos años en diversas áreas económicas, pero el personal parece decantarse más por los cuentos de los partidos populistas  —las verborreas grandilocuentes que prodigan futuros mágicos y multicolores— que por hacer frente a las nuevas metas laborales, de mayor cualificación digital. Ciertamente, hay que reconocerlo, no se le ha ofrecido ninguna alternativa que no sea más o menos fake.

El proceso de desarrollo más arriba anunciado conlleva la creación de un ecosistema para estimular tanto la innovación como el emprendimiento. Y lejos de dejar solos a los atrevidos que quieran hacer frente a la gran disrupción que se avecina, se propone una política que facilite el acceso a los parques tecnológicos, al capital riesgo, al asesoramiento jurídico y financiero, y a la orientación profesional con el objeto de que estos jóvenes disruptivos —que deberían de ser la mayoría— puedan plantearse unos planes de negocios viables y con futuro.


Hoy ya se puede tomar buena nota de lo siguiente: el partido político que no venda grandes esfuerzos está vendiendo fake políticas y en esta época, de fuerte cambio hacia la digitalización, quedar encantado y engañado por una fake política lleva inexorablemente al desastre.

martes, 28 de febrero de 2017

Trabajo, creatividad e identidad personal en el nuevo mundo tecnológico

Se está iniciando el final de las maldiciones. En especial aquella del trabajarás con el sudor de tu frente del paraíso maldito por la serpiente. Se terminó con el trabajo y el sudor del esfuerzo físico en la mina y en los campos que obligaban a curvar la espalda constantemente. Se está terminando con ello mediante las grandes máquinas que irán sustituyendo al personal paciente y sufrido de las labores esclavizantes. Se está concluyendo unas históricas etapas que han marcado las espaldas, las frentes y los corazones de la gente, dejando el pellejo y asumiendo arrugas sin esperar el paso de los años. El trabajo ha dejado, está empezando a serlo, ha dejado de ser un castigo. Ahora estamos ya en la época del trabajo creativo. Se está iniciando —en algunos lugares ha iniciado hace tiempo— la época de la innovación, de la creatividad, del ingenio, del talento. Del disfrute trabajando, del goce por hacer algo interesante (y que tenga mercado).

¿Qué quiere decir tener mercado? Quiere decir que haya compradores. Pero quiere decir alguna cosa más. Quiere decir que haya interés. Que lo que se ofrece es atractivo y, ello, en último término implica que hay un reconocimiento. Ahí —en el reconocimiento por lo creado— está el orgullo, la sensación del buen hacer. La compra no sólo es dinero —¿qué es el dinero en cantidad en una isla desierta; sí, sólo y abandonado con sacos y sacos de alimentos y muchos más sacos de dinero? El dinero es un simple objeto universal de intercambio. Lo que es más difícil de obtener es el reconocimiento, la valoración. Y eso no tiene precio. No se vende ni se compra (comprar que te aplaudan, sólo puede agradar al ingenuo que no sabe mirar el fondo de las personas).

En la época que estamos viviendo —en unas geografías más adelantadas que en otras— la creatividad está abriendo fronteras. Se está dibujando un nuevo panorama que puede llegar a ser increíble si se permite —y si se estimula, favoreciendo las ideas, por más increíbles que ahora mismo parezcan—, favoreciendo la creación, la innovación y el ingenio. El genio. Y ello quiere decir que hay que "trastear" con el trabajo. El trabajo ha dejado de ser un castigo (bíblico o burgués a lo marxista) para empezar a ser el más gracioso juego que nunca se haya podido jugar con mayor pasión. Es el auténtico ejercicio intelectual que, después de haberle dedicado unas horas, con el paso al descanso y echando la vista a lo conseguido hasta entonces —a los pasos avanzados con el proyecto—, se obtiene una satisfacción que no tiene precio.

Adiós a poner la satisfacción en los pies de los deportistas del balón. Concluyó ser feliz por los hechos de otros —como el famoso e increíble gol de R.... Ahora se empieza una etapa donde los encajes que hay que superar, los retos creativos que hay que solucionar, dan, al conseguirlos, un gozo que no tiene parangón en la historia de cada persona.

Adiós a todo lo anterior. Ha empezado —en algunos países, ¡ay!, sólo se está en sus inicios— una época donde el talento, la inteligencia, la creatividad —no la fuerza física, sino el empuje mental, el intelecto— tendrá su puesto central. Y ello redundará en la satisfacción por lo creado, por lo conseguido. He ahí la auténtica identidad que uno se puede forjar. He ahí el auténtico yo que, al final de las distintas etapas, mirando atrás uno podrá examinar. “Yo soy aquello que he hecho. Mis hechos me conforman”. Y no las distintas vestimentas mentales que desde fuera se han estado lanzando para dar un "ser", una identidad, a quien no tenía nada propio, porque lo suyo era un trabajo baldío, poco interesante, poco creativo. Sin lumbre ni deslumbrador.

Hoy, con el mundo de la tecnología, de la robótica, de la inteligencia artificial, de los cálculos basados en los datos, se puede escribir una historia futura que no tiene ningún matiz de lo antiguo. No hay ninguna clave clara que indique por dónde proseguir; por dónde dar los próximos pasos. Los intríngulis son mayúsculos. Los retos, abrumadores. Pero nunca el individuo humano se había planteado un escenario tan interesante, con tanta intriga, con tanto gancho y a la vez tan atractivo como en el presente. Hoy se está a las puertas —para aquel que quiera abrirlas y salir a este nuevo espacio atrayente, incógnito y desconocido— de un escenario que a la vez que habrá que ordenarlo de pies a cabezas —creando nuevas y desconocidas parcelas de realidades—  se estará creando la propia identidad, la identidad personal. Y muchos años más tarde, uno podrá recordar aquello que el descubrió o la parcela digital que él ayudó a conformar. En definitiva, el proceso que configuró. Los objetos andantes en cuyo diseño intervino. He ahí un futuro. He ahí un reto placentero y realmente humano, casi divino.

martes, 31 de enero de 2017

En la Edad Media no había lampistas

Los grandes cambios o de profundidad han sido pocos. Nos referimos a las revoluciones con trasfondo económico. Los primeros fueron muy lentos. La primera, la agraria que se da en el neolítico con el paso de una economía recolectora a una de producción agraria y ganadera. Tuvo una permanencia de milenios. Y aunque vivió cambios, estos fueron leves; no de profundidad. La siguiente fue la industrial; hoy reconocida como la primera revolución industrial, que se dio en Gran Bretaña desde 1760 hasta 1840 aproximadamente. Desde allí se fue expandiendo por Europa y más allá. Fue lento el proceso pero, como se puede ver, mucho menos que la anterior alteración económica. El siguiente paso vino de la mano de la electricidad y el gas con unas máquinas y procesos relevantes como coches, aviones, telégrafos, teléfonos o la radiodifusión. Todo ello alteró de nuevo el orden de las cosas. La tercera revolución industrial tiene una historia mucho más reciente. Algunos aún recuerdan haber visto en su infancia algún gran cambio.

El trastrueque de tareas llevó a la liberación de una de las faenas más engorrosas adjudicada a las mujeres. Por otro lado, y en muchos sitios con anterioridad, las fuentes en las plazas dejaron de ser imprescindibles cuando aparecieron los grandes depósitos y los lampistas que se dedicaron a acercar el agua a las viviendas. Pronto aparecieron las nuevas bañeras y se dieron muchas disrupciones más.

Hoy las disrupciones se están multiplicando y de forma acelerada. Robots y automatizaciones están a la orden del día. Están desapareciendo las tareas mecánicas y de baja cualificación o preparación profesional.

Por otro lado, hay también una grave crisis provocado por la alta demanda y la carencia de un número suficiente de profesionales con perfil digital. Son numerosos los países que se están dando cuenta de este gap (skills gap). Es preocupante dada la prevista competencia en precios que existirá entre industrias altamente automatizadas y las industrias exclusivamente con fuerza de trabajo humana. Los precios dispares provocaran fuertes temblores económicos y difícilmente se podrán poner puertas a este campo. Aún se está a tiempo para subirse al tren de esta nueva revolución, la de la Cuarta revolución industrial. Es urgente cambiar el chip.

Ahora el perfil profesional demandado exige innovación, creatividad y habilidades digitales (digital skills). Ha terminado el tipo de trabajo mecánico poco creativo. En la anterior etapa económica, la de la segunda y tercera revolución, quien introducía la creación era la máquina; el trabajador era un simple apéndice de los productos que fabricaban, por ejemplo, las máquinas de hacer calcetines. Hoy se necesita, y cada vez se necesitará más, un perfil profesional que será en cierta medida parecido al artesano medieval que en su época fue creativo y mañoso. Hoy hay que tener y se está exigiendo —y pagando suculentos sueldos—, un importante bagaje digital y creatividad. La necesidad de innovación es altísima.

¿Innovación? ¡Sí! Porque todo está por rehacerse. Todo cambiará. Aparecerán nuevas tareas y nuevos objetos —el teléfono móvil en nuestro bolsillo puede ser un buen ejemplo de novedad insospechada, aunque hoy tengamos la impresión de que es un objeto con mucha historia. Y aparecerán nuevas profesiones. El cambio es acelerado. Es preciso cerrar el caduco televisor, fábrica de perder tiempo, y otear constantemente por la excelente ventana que es el internet profesional —que queda muy allá del simplista internet del entretenimiento.
En este momento histórico, perder el tiempo es muy peligroso. No nos podemos permitir dejar escapar el tren de la nueva revolución, la de la industria 4.0. Es preciso situarse adecuadamente. Las profesiones con carga tecnológica tendrán fuerte demanda. Aún está por ver qué pasará con las profesiones orientadas a las humanidades. En todo caso, hay que abandonar, rápidamente, los viejos esquemas del siglo XX. Este siglo que hemos dejado —aunque mucha gente aún se mueve dentro de sus esquemas— es una época que hay que verla tan anticuada como la de la Alta Edad Media. No hacerlo, permanecer con una pertinaz ceguera, es ahondar el pozo que en diez años nos engullirá.

viernes, 24 de junio de 2016

La nueva ola digital o la industria y el trabajador del mundo 4.0

Los cambios profundos en distintas épocas de la historia europea han sido promovidos por cambios tecnológicos; cambios que han venido impulsados por descubrimientos, aportaciones científicas y también —y sobre todo, se podría añadir— por el atrevimiento de un sector de la sociedad que ha sido capaz de ponerse en primera línea de este cambio o, ocurrido aquel en países cercanos, ha sabido aprovechar la ola y no ha tenido miedo a incorporarse en la carrera económica que la nueva técnica promovía.

De hecho, toda la historia económica se podría simbolizar con los movimientos de las olas. Siempre aparecen nuevas olas y las olas que hasta hace un momento habían sido álgidas y de gran esplendor ahora han perdido majestuosidad y, al perder todo impulso, han llegado a sucumbir en la arena de las playas. Estas olas, sin embargo, han sido relevadas por nuevas y mayúsculas olas que con nueva impetuosidad se van acercando de nuevo a la costa. Y así, parece, ad infinitum.

Para confirmar esta metáfora, es decir, si se quiere ver su reflejo real, sólo hay que visitar las zonas, calle o áreas industriales que a mediados del siglo pasado y del anterior eran importantes centros laborales. Hoy, como olas que se han amortiguado, aquellos barrios o calles están apagados y el tránsito, que en su momento llegó a ser numeroso, es escaso o apenas hay.

En la actualidad está llegando el rugido de una nueva ola. El viento es impetuoso. Se trata del viento digital y la ola ya hace tiempo que ha sido bautizada: es la ola de la industria 4.0. Un tipo de industria que tiene elementos que proceden de la historia industrial pasada, pero que está impregnada de tintes completamente distintos que están exigiendo cambios profundos en la mano de obra laboral. Esta nueva industria está planteando unos retos y desafíos como nunca antes se habían imaginado. El trabajador 4.0 tiene una misión completamente nueva: la autoexigencia de la formación continuada.


El mundo, con las comunicaciones y la rapidez de la información, se ha hecho más pequeño. Hoy el comercio es a nivel mundial. Recibimos paquetes de Corea del Sur o de China tras una semana de haber hecho el encargo. Por supuesto, si la compra se hace a una empresa nacional el paquete llegará antes de 48 horas del pedido. Y de la misma manera que nosotros podemos comprar —vía Internet, a través de Amazon, PayPal, etc.— desde los otros países pueden comprar muy fácilmente los productos que fabricamos nosotros. El mercado es, pues, a nivel mundial y —atención aquí— la competencia comercial también es a nivel global. Nuestra empresa no sólo tendrá que enfrentarse con las empresas del sector de la provincia o de la comunidad, sino que también y de forma especial, con empresas de Francia, Alemania, Estados Unidos, China, India o Singapur, por dar unos nombres.

El problema no sólo radica en que el número de competidores ha aumentado, sino sobre todo en que muchos de estos competidores están fabricando cosas nuevas. Mientras que nosotros, es muy posible que continuemos fabricando productos de la misma forma como se hacía hace veinte o treinta años. Y, además, lo están haciendo de forma más rápida y más eficiente. Y eso —si miramos los números— significa un mejor precio (más barato). Y ahí radica parte de la novedad. Pero sólo una parte.

La otra parte se centra en la capacidad de creatividad e innovación. Cabe mencionar que el consumidor de hoy, la persona que está viviendo en esta segunda década del siglo XXI, es un individuo que tiene gran propensión al cansancio. Le encantan las novedades y se apunta a las innovaciones que se le propongan siempre que entren dentro del cuadro que marca su economía y lo que podemos entender como funcionalidad, es decir que le aporte algún servicio o beneficio (aunque sea a nivel de recreo). De ninguna manera tiene interés en gastar dinero por algo que no le complazca en algunos de esos aspectos.

Fijémonos en el mismo teléfono móvil. Durante milenios, siglos y décadas —si lo miramos por el lado más corto—, el individuo humano ha podido vivir tranquilamente sin el smartphone. Su vida pasaba por las vicisitudes habituales y en ningún momento echaba de menos lo que hoy —el móvil— es motivo de preocupación si no nos funciona o lo hemos dejado olvidado en casa. El teléfono móvil o celular —sólo hay que levantar la cabeza y examinar a la gente que transita por el paseo o que está en el tren metropolitano— es un objeto hoy por hoy imprescindible para casi cualquier persona.

Este individuo que retratamos es la persona que frecuentará el mercado de la industria 4.0 que le ofrecerá nuevos productos, cada uno de ellos de lo más sofisticado, y con gran carga digital. Y si no encuentra por aquí estos productos, ¡no hay problema! Por esa ventana que es Internet, comprará aquellos objetos que no le ofrecen ni los comercios de la esquina ni las empresas del polígono industrial de su ciudad.

La transformación digital (la digitalización) que están experimentando muchas empresas —en especial en Alemania, Estado Unidos, o en países del Asia del Pacífico (AsPac), como China— está generando la gran ola que terminará rematando las olas de la industria anterior a la cual todavía mucha gente se siente asociada.

La nueva industria, la industria 4.0, es la que tendrá como principal capital laboral, por un lado, una maquinaria altamente sofisticada (sofisticación que vendrá proporcionada por el nivel de automatismos y de control de fabricación y producción). Aquí las investigaciones sobre inteligencia artificial, sobre las máquinas que se irán autorregulando a la hora de fabricar objetos y productos (machine learning), tendrán un papel más que relevante, a la vez que provocarán —ahora ya lo están haciendo— transformaciones constantes dada la velocidad de cambio que se está viviendo.


Por otra parte, el capital laboral de esta industria 4.0 derivará también de la mano de obra de un personal altamente cualificado. Se puede decir que la época en que los estudios quedaban circunscritos a una etapa de la vida ya ha caducado. Ahora constantemente habrá que irse poniendo al día para poder atender, desde un punto de vista laboral, los procesos que estas máquinas robóticas, los robots,  irán introduciendo en la nueva industria. El talento digital será un valor que ya desde ahora mismo se busca en cualquier curriculum que se presente en una factoría industrial o empresa comercial. Y en caso de no existir este tipo de talento, la persona dueña de este currículo se convertirá en un ser invisible.

El nuevo trabajador —el trabajador del mundo 4.0— tiene unos retos extraordinariamente interesantes. Él ya no será aquel trabajador pasivo que ha ido haciendo tareas repetidas —este trabajador, como la ola amortiguada, ya está desapareciendo— sino que, por el contrario, la creatividad y la innovación serán también unos valores que se le pedirán, además de estimulárselos.

Trabajar en el mundo 4.0 hará que se convierta en creador de nuevos productos y de nuevas ofertas de mercado. Este nuevo trabajador será a la vez un nuevo tipo de artista, ya que para entusiasmar al consumidor del mundo 4.0 deberá saber introducir elementos atrayentes que rapten el interés de quien nos puede comprar el producto y que deseará tener un ejemplar del mismo.


Este trabajador deberá de tener no solo una alta formación sino que al mismo tiempo deberá de haber desarrollado su capacidad creativa a fin de poder ayudar a orientar a los nuevos consumidores en la "personalización" de los productos que querrán que se fabriquen en exclusiva para ellos.

miércoles, 3 de diciembre de 2014

Agrotech, el retorno inteligente al campo

Dos han sido, históricamente, los puntales del desarrollo humano. La energía para el cuerpo, entiéndase la alimentación, y la energía para nuestras máquinas —los brazos mecánicos que han complementado y sustituido en gran parte el esfuerzo corporal. Si se mira desde esa perspectiva se puede entender el desarrollo económico al que se ha llegado en el presente. Pero las cosas no quedarán ahí. El cambio continúa.

Un nuevo reto está apareciendo en lontananza y en este caso se está orientando fuera de las ciudades —que también tendrán lo suyo con la irrupción de las smart cities y de las smart houses—. ¿Qué hay fuera de las ciudades, donde se ha ido concentrando durante el último siglo la mayoría de la población? ¡El campo! El campo llegará a ser el nuevo reto, la nueva sorpresa e incluso la nueva oxigenación para llevar una vida más feliz y menos supeditada a los frenéticos ritmos de las urbes.

¿Qué está pasando en el campo? O mejor, ¿qué se está iniciando en el mundo agrario? ¡Su digitalización! Hasta hace muy poco el campo era algo que parecía anclado, como muy moderno, a inicios de la segunda mitad del siglo XX (por aquello de los tractores y las máquinas de trillar). Ahora se está descubriendo —en algunos países con gran velocidad; en el nuestro con una parsimonia descorazonadora— que si se aplicasen todos los conocimientos tecnológicos al control de los sembrados, semillas, abonos, temperaturas, riegos, etc., no sólo se obtendrían mejores cosechas, sino también más saludables y con menos coste en esfuerzo físico. ¡Cuánto hubiesen deseado estas nuevas posibilidades nuestros abuelos y tatarabuelos, por no hablar de sus propios antepasados!
Ahora puede ocurrir —y sin duda ocurrirá— que se llegue a un trasvase de la ciudad al campo... Pero a un campo inserto en la tecnología digital. Un campo con una tech adecuada que va más allá de un simple ordenador con que enviar mensajes o hacer compras y ventas por Internet. ¡Eso ya es viejo! Nos referimos a un campo poblado de sensores que nos irán dando datos —la auténtica riqueza del inmediato futuro— que los programas inteligentes que ya empiezan a existir, irán dando pistas al nuevo y avanzado 'campesino digital' para que adecue su actuación y evite errores en las futuras cosechas. Por no hablar de los cambios que ya se están dando en la ganadería.
Con los nuevos dispositivos tecnológicos ya se puede determinar el vigor del cultivo, planificar cosechas, especificar cualidades químicas del fruto, detectar concentraciones de nitratos, planificar óptimamente la fertilización. También ya se pueden detectar enfermedades y precisar los problemas de las posibles plagas. Y, finalmente, llevar una óptima planificación hídrica de las parcelas. Es el nuevo mundo del agrotech.
Ir al campo, gestionar las tareas del mundo agrario, ha dejado de ser una cosa centrada en el esfuerzo físico, para resituarse plenamente, en los aspectos más intelectuales que nunca se han alcanzado hasta ahora. La digitalización del agro es un reto de máxima prioridad. Sobre todo en un momento en que las comunicaciones y los transportes ya han alcanzado altas velocidades y, no se olvide, mucho más lo serán en un próximo futuro. El tema de las importaciones agrarias si hoy es relevante, en pocos años será impactante, en caso de no estar preparado y de ser altamente competitivo, debido a este mundo global que cada vez se va empequeñeciendo más.
Ahora bien… ¿Están nuestros campesinos, nuestros hombres del campo preparados para iniciarse con importantes aspectos técnicos que deberán de implementar en sus bancales? ¿Están nuestros jóvenes tech preparados para marchar de las ciudades y situándose en villorrios, aldeas y poblados digitalizar campo a través?

¿Se estará a nivel político y a nivel universitario —y de manera especial los mass media, desde hace tiempo tronas rectoras de las mentalidades de las masas— por esta labor de reeducación?

Entiéndasenos bien. No hablamos de ningún castigo; una especie de mandar al exilio, consistente en enviar jóvenes de la ciudad al campo. Por el contrario, la ida al campo —o a su cercanía, ya que hoy los vehículos pueden ahorrar cambios de domicilio— debe de verse como una ida real al paraíso. Un paraíso digital —una especie de “América” por digitalizar— que está a la espera de los nuevos creadores que tienen delante suyo una gran experiencia por construir casi casi desde la nada. Todo un reto y a la vez una soberbia victoria por alcanzar.

Creatividad, ingenio, innovación y talento son las herramientas doctas que habrá que estimular para esa ida inteligente al campo. ¡La digitalización del mundo agrícola es otra tarea pendiente! Reto y exigencia para nuestro futuro.

viernes, 7 de junio de 2013

El cuchillo de láser y la economía digital

Invención, investigación, innovación, utilidad, necesidad, economía y deseo. Estos son los conceptos fundamentales de nuestra época, económicamente hablando, que son claves en el curso digital. Y a esta competición que realmente es reñida se van apuntando, en una dura carrera, muchos concursantes. Numerosos son los gadgets o las ofertas que, desde el mundo versión siglo XX, se trasladan al aparador digital para alcanzar el cielo económico.
Pero de esta dura competición quedaran en la cuneta los que no atiendan las 7 estrellas que encabezan este post.

El cuchillo de láser puede servirnos de metáfora. 
Supongamos que los inventores crean los primeros cuchillos domésticos de láser. Son suaves, no pesan. Vienen a reemplazar los viejos cuchillos de metal. Son sofisticados y estéticos. Su luz varía cuando cortamos con él el pescado —una espléndida lubina—, o cuando cortamos una rebanada de pan con nueces, un denso filete de carne de buey o un oloroso trozo de parmesano. Además, no se ensucia y por lo tanto no necesita pasar por el lavavajillas. Más bien está contraindicado. Sin embargo, ¿por qué no se venderá? Porque no viene realmente a ofrecer un cambio en el mundo de su potencial comprador. El cuchillo de metal ya le resulta suficiente y no necesita tirarlo, ocasionando una perdida, para reemplazarlo por otro instrumento más caro que le sirve, ¡o dioses!, para los mismos menesteres.
Si no existe un nuevo valor en el objeto que intenta irrumpir en la palestra económico-digital, valor que atraiga profundamente al potencial comprador, éste, nuestro comprador, no se hará carne y no se acercará al mercado digital para ser un usuario más del nuevo producto gadget. Este, al cabo de muy poco tiempo, irá al museo de cachivaches que no nacieron (o lo hicieron antes de su tiempo); irá al cementerio tecnológico digital.  

lunes, 22 de abril de 2013

Marketing vs tech o el fracaso continuado de Microsoft

Hay una serie de fracasos que empiezan a ser históricos. Microsoft pronto alcanzará el primer puesto de esta lista. 
Microsoft tuvo su momento histórico hace ya algunas décadas con la irrupción de Windows como sistema operativo, que vino a poner orden el caótico sistema de menús de los programas informáticos que iban saliendo. Ello fue bajo el empuje de Gates —punto y aparte la influencia ‘recibida’ del sistema operativo de los Macintosh de la casa Apple de esa época. 
Influencia, hay que añadir, que se repitió con el salto de Microsoft al terreno de los procesadores de texto. En su momento este terreno estaba surcado por el brillante WordPerfect y por su competidor Amí Pro.
La irrupción de MS Word envió a ambos procesadores a la cuneta de la historia y el procesador de texto de Microsoft pasó a dominar el mercado.
Dejando de lado otros productos, Microsoft pretendió basar su poder económico en el sistema operativo Windows y en su paquete orientado a la ofimática, encabezado por el Word. Y de ahí las repetidas operaciones de puesta al día. En un primer momento, esta misión de aggionarmento tuvo su razón de ser. Había que ir mejorando y ampliando los programas para adecuarlos al momento tecnológico que iba avanzando a pasos agigantados. La irrupción de Internet exigía, por ejemplo, esta función. Sin embargo, hubo un momento en que el mercado empezó a estar saturado. ¿Ejemplo? La persistencia del sistema operativo Windows XP (que apareció el 25 de octubre de 2001). 
A inicios de 2007, Windows Vista apareció con la intención de arrinconar el viejo XP  bajo el tapiz de aparentes novedades que no eran más que una serie de elementos de carácter cosmético. La empresa necesitaba subsistir económicamente, lo cual no deja de ser loable, pero la orientación iba dirigida principalmente a ir lavando lavar la cara del sistema operativo —el Windows 7 salió el 22 de octubre de 2009— así como de las diversas versiones del paquete Office. 
Con Office, por aquello de innovar externamente, ya que al parecer internamente los cambios eran sutiles, se optó por marear al usuario ocultándole los menús que había aprendido a dominar en su etapa de formación. Ahora con los nuevos paquetes de Office, el usuario debía de reiniciar un proceso de aprendizaje que habría sido de primera página de periódico si hubiese ocurrido con la compra de cada nuevo modelo de coche.
Microsoft —dominado al parecer por torpes marketineros— en lugar de otear hacia dónde iba el mundo tech —quedaba prendido de sus propias maravillas (Windows y Office)— y se orientaba básicamente a cambiar las apariencias y sacar, de tanto en tanto, una nueva versión al mercado. 
El último producto ha sido Windows 8, que ha aparecido con la misma táctica: cambiar el sistema de menús y colocar en ocultos rincones aquellos botones y barras que el usuario ya conocía y utilizaba con los ojos cerrados. De nuevo, ahora, Windows 8 exige reiniciar el bautismo digital como si fuésemos unos recién nacidos en este mundo. Y, al parecer, la gente ha empezado a decir no. Veamos dos hechos sintomáticos que dicen mucho del caso que comentamos.
¿Cuántas licencias de Windows 8 ha vendido Microsoft, si se deja de lado las ventas de este sistema operativo que acompañan la compra de un PC o tablet? Hasta ahora Microsoft no ha dado las cifras.
Segundo hecho:
Microsoft, dándose cuenta del error cometido, está a punto de servir una actualización del recién aparecido Windows 8, con la que espera recuperar el sentido común (y las ventas).
¿Se ha dado cuenta Microsoft, por fin, de que no puede dejar en manos solamente del equipo de marketing el diseño de sus productos? O Microsoft estudia, analiza, examina a fondo, lo que necesita el mercado, o éste continuará alejándose.
Podría ser que la ceguera del éxito de antaño sea la causa del porqué Microsoft no se haya percatado de que, en la geografía digital, hay dos conceptos que van imperativamente de la mano: innovación y eficiencia. No tenerlos en cuenta es andar de fracaso en fracaso.

viernes, 16 de marzo de 2012

Miopía digital en la segunda década del siglo XXI

Es a primera hora de la mañana cuando consulto los últimos emails recibidos. Abro uno de LinkedIn, de un grupo interesado por la innovación. En él se hace referencia a un problema del país —la falta de patentes, el poco espíritu emprendedor en este sentido. Y entre los consejos hay uno que añade un enlace hacia una conferencia a celebrar en Barcelona en el Colegio de Economistas de Catalunya con el título: Patentes: innovación, estrategias y propiedad industrial. Cataluña y España perdiendo la carrera de los estímulos y la monetización. Nos encanta el título por su sugerente empuje. ¡Hay quien empieza a pensar!, nos decimos.
Al acceder al site, sin embargo, nos encontramos con la siguiente información, que desanimará a los profesionales adscritos al grupo que provengan de allende ríos o mares...
El web está sólo en catalán y, por añadidura, la conferencia sólo será factible de forma presencial. Como economistas, quizás están de ahorro y no innovan con las técnicas, poco novedosas a estas alturas, de los webinars, o conferencias online. Ejemplos hay muchos, séanos permitido hacer referencia a algunos de los seminarios online de Adobe que prodigó en el lejanísimo 2010.
El caso es que sin duda los objetivos de la conferencia son correctos.
En el resumen de la conferencia se puede leer lo siguiente:
¿Es consciente nuestra legislación, la cultura empresarial y política del papel que juegan las patentes en la competitividad de nuestro tejido productivo para poder hacer frente a una economía del conocimiento globalizada?

He ahí lo que aún no acaba de penetrar plenamente —la idea del mundo global. Hace cincuenta años, el mercado eran las comarcas, las provincias o las regiones. Algunas importantes empresas llegaban a  países cercanos. Hoy, todo el mundo tienen acceso al mundo global. El mercado es global. Y esta idea, por más palabras que se digan, ha de trasladarse a hechos. 
Tomemos el ejemplo de una empresa, una agencia de noticias, que desea vender su producto (¡noticias!), y veamos sus webs. 



Algunas empresas de Malasia -país con 28 millones de habitantes- están ya por una labor orientada a un mercado global, y con un lenguaje (o lenguajes) que permita esta exposición global. Por nuestros lares, aún perdura una forma de hacer que repite modelos que se hacían a principios del siglo XX (e incluso mucho antes).

miércoles, 14 de marzo de 2012

De las redes sociales virtuales a las redes sociales en el mundo real

Lector te has preguntado alguna vez porqué es tan extraña la posibilidad de acercarse a la gente en el mundo real cuando es tan fácil hacerlo en el mundo virtual. En el mundo virtual (en las famosas redes sociales —apunta las últimas aparecidas, parentisme, twitmusic y readmill) apuntarse a un grupo, buscar los afines, entablar conversación y establecer amistades es de lo más fácil y llevadero del mundo. En el mundo real, en cambio, donde podría ser aún más provechoso aunar esfuerzos, compartir ideas, establecer proyectos comunes etc., no existen puntos, centros, núcleos que permitan o faciliten este acercamiento y la creación de red real.
Se trataría, pues, de aprovechar las inteligencias de numerosas personas que potencialmente están con la expectativa de aportar saberes evitando subsumirse en la vaciedad del tiempo perdido. Tales personas, muchas de ellas, presentes y semiactivas en el mundo virtual, quedan de facto sin poder canalizar sus energías vitales e intelectuales y, sin embargo, de manera voluntaria podrían aportarlas a la sociedad en su conjunto y a diversos grupos en particular.
De hecho, sin al parecer darnos cuenta, hay una ingente cantidad de recursos humanos que en la vida real están deambulando anónima e individualmente y que podrían ser aprovechados —en un amplio abanico de posibilidades y de forma transitiva; cada persona podría, además de dar, recoger energías y conocimientos ajenos— si se establecieran circuitos y centros para enlazar, entrelazar, crear red, en el mundo real, el único mundo verdaderamente existente.

¿En qué situación nos encontramos con la irrupción y empuje del mundo digital? Pues como consecuencia de la era digital, algunos de los servicios que hasta ahora habían existido (como las librerías, las bibliotecas o los periódicos de papel, por poner ejemplos) han entrado en barrena. La innovación que proponemos, con los matices que una adecuación imprescindible requiera, puede ayudar a ralentizar la desaparición de tales entidades o incluso robustecerlas y hacerlas resurgir de unas previsibles cenizas mortales.
Por lo demás, no estamos imaginando nada del otro jueves, sino que una cadena de casualidades ha puesto en nuestra mano algunos ejemplos de la mismísima realidad. Veamos algunos ejemplos.
Situémonos geográficamente. En Catalunya, en la provincia de Girona, en el pueblecito medieval de Besalú, con una población (2.372 hab.) abocada al turismo como forma de subsistencia, aprovechando rentabilizar su riqueza arquitectónica procedente de la alta edad media. Esta población, lejos de caer en el clásico individualismo (cada uno a lo suyo) que reclama (o implora o exige) la habitual ayuda de la Administración (el Padre bíblico de la sociedad laica actual), se ha lanzado a la calle para atraer turistas que además de gozar de la bellezas arquitectónicas compren productos de los artesanos de la villa. Así, los domingos —los domingos!, estos días tan sagrados para el recogimiento individualista del yo con los míos o a mis quehaceres—, tanto por la mañana como por la tarde, adornados con vestimentas medievales están presentes en las plazas y calles más céntricas cuyas piedras nos retrotraen al medievo. Y, además de relatar y escenificar leyendas de la época, van ofreciendo tentaciones comerciales a los visitantes y curiosos que se han acercado a la villa.
Lo sorprendente, para nuestro caso, es la 'hermandad' existente que, para salvar una villa alejada del mundo industrial y de los centros rectores que aspiran sacar la cabeza en el siglo XXI, no ha dudado en reunir ideas y energías para introducir innovaciones que permitan 'salvar su mundo', económicamente hablando.
Otro caso ejemplar es una revista gratuita repleta de anuncios que, por estos lares catalanes, se difunde periódicamente. Los anuncios sirven para pagar los costes de la publicación, pero lo que encierra la que consultamos contiene además un abanico de artículos (desde economía a cocina, salud, informática, leyendas y recuerdos) donde mentes despiertas de la localidad 'regalan' su aportación (sí, sí, colaboran de manera altruista). He ahí otra manera de aprovechar el intelecto para la colectividad. Nos estamos refiriendo a la publicación mensual Els Colors del Pla de l'Estany cuya versión en PDF se puede consultar aquí.
Las nuevas tecnologías han servido de espoleta para reunir muchas personas, distantes geográficamente, en foros, en redes sociales como Facebook, Twitter, LinkedIn, etc., creándose muchas veces unos cenáculos de alta preparación e intercambio de saberes. De este hecho es necesario sacar enseñanzas para intentar trasladar al mundo real de pueblos, villas, barrios y ciudades los aspectos más provechosos que se han plasmado en el mundo digital. En el mundo real también cabe este tipo de innovación, sólo se requiere que los ingenios no caigan en la pereza de querer repetir solamente lo que hasta hora ha funcionado. Los tiempos inexorablemente han cambiado y el futuro, por lo que se intuye, no será nunca más como el pasado. Y frente a la frustración de la pasividad existe el entusiasmo de la actividad.

martes, 12 de julio de 2011

Comprar paseando en el siglo digital

La principal riquesa de cualquier persona es el tiempo. El tiempo propio. Tiempo para mí. Tener tiempo para administrarlo. He ahí un tesoro que a veces no valoramos bien. La tecnología nos ayuda en eso, aunque tal vez ocupa nuestro tiempo libre en demasía y, cosa peor, con futilidades. Sin embargo, la tech también nos ayuda, y puede ayudar mucho si le damos un empujón, a ahorrar tiempo. Sobre todo puede ayudar a aprovechar tiempos muertos como ocurre en las grandes ciudades con la espera del metro, tren o autobús. 
Un país: Corea del Sur. Una tecnología: la tecnología asociada a los códigos QR. De hecho nada nuevo. Lo que es nuevo es la inteligencia de coger cuatro bagatelas tecnológicas de las que se viene hablando hace más de un año y colocarlas en manos de los usuarios que, sin dudarlo ni un segundo, se han puesto al día para aprovechar las buenas ideas. En suma, reflexionemos: tecnología e inteligencia para implementarla en aquello que puede interesar al usuario de la segunda década del siglo XXI dotado de un smartphone -es decir, millones! Eso es lo que se ha hecho. Pero, reflexionemos más. Lo que es realmente nuevo es lo siguiente: Si el usuario no va a la web, ¡acerquemos la web al usuario!
Una empresa, Tesco, al objeto de impulsar las ventas online, ha cubierto los muros de estaciones del metro de Corea del Sur con fotos de las estanterías de sus tiendas. Cada elemento que aparece en la estantería lleva el correspondiente código QR que es leído y reconocido por los teléfonos móviles y los viajeros, mientras esperan la llegada del servicio público, aprovechan la ocasión para informarse de los productos y hacer alguna que otra compra online. Como es habitual en este tipo de comercio -eCommerce-, dentro de pocos días llegarán a casa los productos comprados mientras se estaba aguardando que transcurrieran las cinco minutos con que siempre nos premia el transporte público. 
Según informa la propia compañía, las ventas en línea crecieron en esta campaña un 130% y los clientes nuevos registrados aumentaron un 76%. No tenemos confirmación de estas cifras, pero el sentido común nos hace suponer que los ciudadanos coreanos supieron aprovechar el regalo de tiempo que les ofrecía el sistema.
¿Que por ahora sólo se ha colocado en las amplias paredes de los andenes de los metropolitanos? Por algún sitio se ha de empezar. Aunque, ¿cuánto tiempo habrá que esperar para poder comprar paseando por las principales avenidas, sin tener que entrar necesariamente en las tiendas, sufrir larga cola y sin obligarnos a acarrear paquetes cuando estamos con nuestros amigos o en pareja, en tanto que deambulamos como simples flâneurs? 
No dudamos de los tecnólogos, que hay muchos y con excelentes ideas; tal vez tendamos a dudar de los emprendedores a los que les cuesta situarse en la dinámica de su propio siglo.