jueves, 28 de junio de 2018

El terremoto silencioso de los robots industriales y la preparación ante este reto

Las cifras empiezan a ser sorprendentes. Cada vez hay más adquisiciones de robots industriales para tareas de automatización por parte de las industrias más avispadas que están reconvirtiendo sus naves al objeto de hacer frente a la competitividad del mercado global. Las ventas y compras de los robots industriales han crecido en el año 2017 en un 29 por ciento, si se compara con las correspondientes cifras de 2016. En el pasado 2017 la venta de robots industriales llegó a 380.550 unidades. En 2016 esta cifra alcanzó 294.300 unidades. Y la expectativa sobre esta carrera indica que en el año 2020 existirán 3 millones de robots industriales. Y no hablamos de los años posteriores.

En menos de dos años la población laboral se verá totalmente sacudida por estos cambios que vienen a indicar que el pasado, y nuestro presente, se asemejarán muy poco a este futuro automatizado que se acerca a gran velocidad. La nueva revolución industrial ya no podrá camuflarse mediante ingenios de distracción por parte de las autoridades de los países que se niegan a ver la realidad mecánica y automática, y las consecuencias económicas de esta negación de la realidad sacudirá los bolsillos de la ciudadanía, además de ser materia excelente para los populistas políticos y los ingeniosos de la verborrea, mediante la cual se lleva al personal al vacío cuando no al precipicio.

Algunos países desde hace tiempo han despertado ante esa realidad y se han puesto en primera línea en pro de esta nueva industrialización —la de la robotización industrial—, alejándose de sistemas que hoy resultan anticuados y poco productivos. La ratio pieza fabricada y tiempo empleado, con la automatización, se consigue que disminuya y que el producto sea más permisible en este mercado de gran abasto, que es el mundo todo. Y hacia ese destino han dedicado dinero, esto es, inversión, y en especial arrojo.

Complementariamente, la fuerza de trabajo, la preparación o formación de la población trabajadora también se está poniendo en tela de juicio. Estas máquinas necesitan ser conducidas por unas manos expertas que exigen una preparación técnica que hasta ahora no había sido vista como problemática. Hoy el gap que hay entre la existencia de perfiles preparados y las necesidades de las empresas con alto nivel de automatización se va agrandando lo que puede conllevar la marcha de estas empresas hacia otras geografías con una oferta laboral que presente un talento más adecuado a sus demandas. Es el problema de las skills gap, el de los déficits en cualificación profesional.

Se conocen ya los países que tienen las cuotas más altas en robotización empresarial, y aunque aparentemente las cifras no resultan escandalosas, sí lo puede ser la perspectiva de robotizar de los países, algunos de los cuales quieren aumentar sus dotaciones automatizadas en un alto porcentaje y a un tiempo record.



Complementariamente a todo lo anterior, ya empiezan a aparecer países que siembran puntales educativos para no perder el tren de la robotización. Y un ejemplo extraordinario (extraordinario tanto por su proyecto como por su seriedad) es el de la ciudad-estado Singapur, con su iniciativa SkillsFuture.


Este proyecto de capacitación, la propuesta SkillsFuture, se fundamenta en varios ejes extraordinariamente relevantes. Por un lado, se ha ido a la realidad empresarial para detectar los cambios, industria por industria, que se espera que sucedan en los próximos cinco años, y se ha tomado buena nota de las habilidades profesionales que requerirán estos cambios. A partir de estos datos se ha modelado un mapa sobre las futuras transformaciones de la industria que servirá para orientar a las personas sobre las próximas demandas profesionales, tipología de perfiles y capacitaciones requeridas. 

En paralelo, y ello desde inicios de 2016, a cada ciudadano de Singapur se le ha concedido un crédito de 345 $  que podrá utilizar para pagar los cursos de capacitación que son proporcionados por 500 proveedores aprobados, incluidas universidades y MOOC. Véase, en esta última frase, que Singapur no queda anclada a los clásicos centros educativos sino que indirectamente ha estimulado la aparición de otros centros —algunos provenientes de las propias empresas empleadoras— para poder ofrecer una panoplia amplia y competitiva.

El futuro está abierto para todos. Algunos puntos geográficos están colocándose en primera línea de la carrera. Los menos avispados serán los que encabezarán el grupo de los que se lamentarán y acusarán a otros de sus propias renuncias y parálisis. La historia nos ha dado más de un caso al respecto.

lunes, 7 de mayo de 2018

Brechas digitales, cambios laborales, salarios y futuro

El milagro tecnológico  —milagro porque es lo más parecido a lo que nos cuenta la Biblia y otras leyendas misteriosas, a propósito de cambios sorprendentes— está revolucionando los tiempos y en especial el presente. Los avances en muchas áreas de lo tecnológico sacudirán de forma inesperada todas las perspectivas que se tienen actualmente de la realidad. La realidad inmediata futura casi no tendrá ningún punto de comparación con lo que vemos en calles y casas, ciudades y centros de trabajo, por no hablar de los transportes o de las comunicaciones. De la misma forma que el humano, en su momento, en plena prehistoria, adaptó y adoptó los animales domésticos, en la actualidad los nuevos útiles domésticos tienen puntales tecnológicos de muy largo alcance.


Se resume a nueve las tecnologías que están irrumpiendo en el presente: la robótica, el cloud computing, la red social móvil basada en dispositivo portátiles, los big data y su correspondiente análisis predictivo, la Internet de las coses (IoT), la inteligencia artificial (AI), la realidad virtual (VR), la impresión 3D (3D printing) y la ciberseguridad (cybersecurity). Todo este espectro que se puede tomar aisladamente y a la vez conjugado en múltiples encajes, está provocando grandes cambios en múltiples áreas del mundo industrial y económico.

Es lo que se llama una situación disruptiva —el milagro que indicábamos—, que está empezando a alterar el orden habitual de las cosas. Históricamente los cambios se han ido dando a lo largo de la historia, y cuando ésta es más cercana al presente, los intervalos que diferenciaban una época a otra han sido cada vez más cortos. El salto de la prehistoria a la historia fue larguísimo; de milenios. En cambio el paso de la primera revolución industrial al presente fue casi un soplo: de la segunda mitad del siglo XVIII, en Gran Bretaña, al casi presente… En este intervalo habría que colocar otras revoluciones como la provocada por la electricidad (que fue acompañada por nuevas vías energéticas como el gas y el petróleo; por nuevos sistemas de transporte como el avión y el automóvil; y cambios en la comunicación provocados por el teléfono y la radio). Y a esta segunda revolución industrial, que se la sitúa a finales del siglo XIX e inicios del XX (1870-1914), la siguió una tercera revolución industrial en las últimas décadas del siglo XX con la aparición de las nuevas tecnologías de la comunicación (Internet, etc.), y los nuevos sistemas de energía basados en las renovables. Ahora ya se habla de la Industria 4.0 e incluso se inicia a postular una Industria 5.0.

La rapidez de los cambios es sorprendente —milagrosa—, sin embargo la ciudadanía continua empeñada —y ahí los líderes políticos tienen su parte de responsabilidad— en creer que las cosas fundamentales no cambian, sino que sólo lo hace lo accesorio, como si fueran esos cambios equivalentes a las modas que se da en el vestir o en el corte de pelo. Pero, ahí radica un grave error de percepción. El cambio que se avecina es estructural, lo que quiere decir que de superficial tiene poco, aunque también lo tenga.

Y el cambio tecnológico lo que provocará puede ser una hecatombe para los despistados. Esto es, para los no preparados para subir a este tren que será el nuevo mundo hiperconectado. Habrá nuevos modelos de negocios, nuevas oportunidades tecnológicas que exigirán habilidades digitales puestas al día. Existirán nuevos tipos de trabajo, todos ellos con impacto tech en sus infraestructuras.

Un estudio global realizado por Capgemini indica que más del 50 por ciento de las organizaciones reconocen que existe una gran brecha laboral, entre la demanda que las grandes empresas necesitan y el nivel de preparación de los aspirantes a puestos de trabajo. Y, lo que es más grave, vista la rapidez del cambio tecnológico, esta brecha se está ampliando. En concreto, la consultora apunta que el 70 por ciento de las empresas norteamericanas reconocen esta brecha en habilidades, India el 64 por ciento, el Reino Unido el 57 por ciento, Alemania y Francia más del 50 por ciento. Otra consultora como Gartner, estudiando el mercado laboral, señala que esta disparidad entre demanda laboral y preparación tecnológica de los trabajadores no se superará con facilidad. Es lo que se denomina skills gap (brecha digital).

Se apunta, y continuamos sobre la brecha digital, que en 2020, el 30 por ciento de los puestos de trabajo con tamiz tecnológico quedarán sin cubrirse debido a la falta de talento digital. Al respecto, pues, es obvia la urgencia en pro de una recapacitación (re-skilling) intensa del personal laboral si no se quiere perder el paso ante los tiempos que se avecinan. Las herramientas —la TV, la comunicación digital (como Internet), etc., — son posibles vehículos de transmisión de conocimiento que no se deberían de descartar. En paralelo, se debería de estimular, mediante los consejos propagandísticos al uso, en la necesidad de esa recapacitación intensa que los tiempos están empezando a exigir.
Las universidades, si realmente quieren ser protagonistas de este nuevo empuje, deberían de entrar de inmediato en contacto con el mundo empresarial y unos y otros generar un productivo feed-back que sirviese, por un lado, para expurgar líneas educativas que son anticuadas y llevan de inmediato al paro; y, por otro, para generar salidas profesionales aptas para el nuevo período que se avecina y que las empresas punteras ya demandan. Esto es, salidas sin añadidos “folclóricos” que lo único que hacen es desanimar al estudiante dándole informaciones que escasamente le servirá. 

La capacitación digital, y los idiomas asociados a ella, servirá para tener una fuerza de trabajo bien preparada que, por un lado, obtendrá unos salarios altos —por no decir altísimos, dada la actual escasez— a la par que la propia riqueza del país se verá afectada positivamente. El talent capital no es un descubrimiento de última hora. Por el contrario, es una de las fuentes de riqueza más importante que hay, y puede ser abundante si se la extrae con tesón, estímulo, esfuerzo y gratificación.

La brecha de habilidades es altísima. En especial en temas de Inteligencia Artificial y en ciencia de datos (data scientist, o sea, experto en big data). Se habla de una carencia del cincuenta por ciento de lo que se necesita en la actualidad —y sólo se está empezando en estos temas. Por lo que hace a la cybersecurity, en temas de seguridad informática, se estima que habrá en los próximos años una necesidad de 3 millones de profesionales. Y en otros ámbitos de cariz tecnológico, como DevOps y Cloud Architecture también están abundando más las vacantes que los candidatos. Y sólo estamos en los inicios de esta Cuarta Revolución Industrial.

martes, 1 de agosto de 2017

El retorno a la cueva del proteccionismo económico ante el reto tecnológico

El signo más reciente del giro hacia el proteccionismo económico, por no decir la autarquía económica, han sido las declaraciones del representante del comercio de los Estados Unidos (USTR) Robert Lighthizer. Este, en la última reunión de la APEC (Asia-Pacific Economic Cooperation), no dudó en criticar lo que calificó de comercio injusto, y planteó la necesidad de replantear la relación que existe entre la globalización y el libre comercio, al que definió como “una especie de migración”.

El problema de fondo que esconde este tipo de pronunciamientos, como es recurrente en otras etapas históricas, radica en la diversidad de ritmos que están desplegando los países a la hora de hacer frente a los nuevos retos que son la globalización —el mundo es un solo mercado (en la tienda de la esquina venden uvas de Sudáfrica)—, la introducción de la más avanzada tecnología, como robótica y automatización, en las manufacturas e industrias, con las consecuencias del desplazamiento de la mano de obra preparada solamente para tareas mecánicas y no creativas, y el abaratamiento de precios derivados de la productividad y la diferencia de salarios. Y es el libre comercio el que coloca todo ello en la mesa común, que es el mercado actual, y pone en evidencia los problemas que están surgiendo.

Siempre, ante una misma cualidad, se tiende a comprar el producto más barato, dejando de lado si el producto se ha fabricado en Suecia, India o Corea del Sur y no en la industria de la comarca vecina. De ahí que se vea al libre comercio como la causa de todos los males. De ahí, los últimos gestos y decisiones políticas. Por ejemplo, la decisión británica a favor del retorno a la cueva del proteccionismo económico, que en esto consiste de hecho el Brexit. Las posturas de Trump sobre el comercio de los Estados Unidos que se han concretado en la retirada de la Trans-Pacific Partnership (TPP) y en la voluntad de renegociar el Tratado de Libre Comercio de América del Norte (NAFTA). Y la reciente decisión del presidente de Francia, Emmanuel Macron a favor de una “Buy European Act” o mecanismo para fiscalizar en el área europea tanto las inversiones extranjeras como el nivel del comercio por parte de empresas ajenas a los intereses de Europa.



De hecho los países —como es de prever— no esconden su voluntad en ampliar sus mercados, orientándose por lo global. Es decir, a la hora de vender están por la globalización. Pero, no quieren saber nada de las desventajas o de los retos, si se quiere ver en positivo y con optimismo, que conlleva el no quedarse en la autarquía económica. Varios son los países, pues, que quieren practicar la política que en los últimos quinquenios ha llevado a cabo China —y que le ha permitido ir creciendo a un ritmo elevado mejorando su tecnología y mercado, huyendo de su estado tercermundista. Por lo que se ve, Gran Bretaña, Francia (con la Unión Europea al lado) y Estados Unidos están por implantar filtros económicos para decidir con quienes comercian, de qué países aceptan inversiones y el grado de libertad que se cede a las empresas que se instalan en territorio propio o ajeno.



Así pues, se puede bien determinar que, después de dos décadas en que las personas, los productos y el capital podían libremente circular y establecerse más allá de las propias fronteras, éstas están reapareciendo y las murallas económicas van adquiriendo altura aunque aún existan algunas portezuelas para cierto acceso controlado. La globalización, se apunta, se ha convertido en una globalización cerrada (gated globalization). El objetivo es, se postula, paliar los efectos de la crisis al favorecer a las industrias nacionales y el comercio local. Sin embargo, aunque para las Pymes esta política puede ser salvífica —ya que pone frenos a una competencia feroz por parte de empresas más avanzadas en productividad y bajos precios—, es a la vez asfixiante para las grandes empresas que ven limitaciones a su capacidad para ir más allá de las fronteras territoriales, con las consecuentes pérdidas en rentabilidad.

Sin embargo, esta política económica basculando hacia una autosuficiencia (aunque sea ampliada a varios países en conjunto; como la Buy European Act de Macron) no es más que una manera de esconder y enviar al futuro los grandes retos que hoy se plantean y que los países deberían de hacer frente.



Nos referimos a la industria 4.0, la inteligencia artificial (AI), la internet de las cosas (IoT), el peso de los grandes datos (Big Data), los avances en nanotecnología, la robotización, el impacto de la impresión en 3D, y lo que se deriva clamorosamente de ello: una mano de obra nada preparada para poder ponerse delante de estas rupturas tecnológicas que están sacudiendo el presente haciéndolo temblar de forma trepidante. Las políticas de reciclaje profesional, la reforma de la enseñanza a todos los niveles, la introducción de las TIC a gran escala y con distintas densidades según orientación profesional, son las varillas del gran paraguas que podría, si se implementan a tiempo, capear el temporal que toda revolución industrial genera.



Orientarse hacia la cueva del proteccionismo económico es querer desandar los grandes trayectos que desde hace décadas se han recorrido. No querer hacer frente a los retos tecnológicos que la nueva industria y los nuevos conocimientos de la digitalización aportan, es quedarse en la lista de los países que serán recordados como perdedores. Y hay países que están iniciando pasos para salir de la cueva.

miércoles, 5 de julio de 2017

Las “fake políticas” en una época de gran disrupción tecnológica

La vida es transacción. El poeta decía que la vida era frenesí o ilusión; pero realmente es intercambio. Y eso si lo llevamos a la política entenderemos que los políticos quieren los votos y para ello ofrecen algo. Ahí es donde pueden aparecer las fake políticas; las falsas ofertas políticas. Las vaciedades que son los gestos y las grandes palabras que no llevan a nada salvo a estimular las emociones. Sí que las emociones pueden ser agradables pero el paso de los días las marchita.

Los populistas son muy propensos a este tipo de juego de engaño. La cuestión es vender el producto y conseguir el poder. Y desde ahí procurar ir renovando ofertas  espectaculares que vayan engatusando al personal. Ejemplo claro es el nacionalismo catalán. Vende ilusiones a capazos aunque cuando se ponen fechas y éstas se acercan, los nervios aumentan porque el comprador de las mismas puede dejar de regresar a esta facilona tienda de votos.

Vender ilusiones es barato y sobretodo agradable. Casi se podría decir que es una buena acción. Un acto de bondad con el prójimo. Pero realmente es una manifestación de fake política.

La vida tiene otro matiz que es complementario a la transacción: el esfuerzo. La vida de cada día exige trabajo y sacrificio. La vida no es fácil. Quien desde la poltrona política ofrece facilidades es otro vendedor de fakes. La vida exige coraje y renuncias. Las ilusiones son interesantes pero se han de contrastar con la realidad. No querer hacerlo es refugiarse en la infancia —etapa suprema de las emociones e ilusiones.

Lo contrario a la fake política son las propuestas prácticas. Programas concretos con objetivos claros y detalladas etapas a corto, medio y largo plazo. Han de ser contrastables y comparables con otras realidades. Por ejemplo, con lo propuesto y realizado en otro país. Cuando un político ofrece un producto sin que contenga esfuerzo por parte de toda la ciudadanía está recurriendo a la fake política; al engaño colectivo. Es un fabricante de futuras frustraciones y, más grave aún, de catástrofes económicas. La verborrea política es directamente proporcional a futuras crisis o graves torpezas económicas.

Veamos un contraejemplo de fake política. Marchemos a Pakistán, país que no está muy lejos en este mundo plano que la tecnología está poniendo en nuestras manos. Ahí, en este rincón del mundo, se está promoviendo una política de innovación dinámica para encarrilar a más de 100 millones de personas menores de 20 años bajo las coordenadas que el presente está dibujando. La base fundamental radica en una reforma profunda de la educación: “debemos de crear una mentalidad entre nuestros estudiantes que priorice el desarrollo de habilidades de resolución de problemas en lugar de aprender de memoria”. Al respecto no se duda en la necesidad de que encabece este gran cambio un primer ministro que conozca las pautas fundamentales para el desarrollo de una potente economía del conocimiento. Esta transición hacia este objetivo no es fruto de ninguna inspiración divina. Por el contrario, es tomar buena nota de lo que se hizo en Corea del Sur bajo el gobierno del militar Park Chung-hee, en China con el gobierno de Deng Xiaoping, en Singapur con Lee Kuan Yew y en Malasia bajo Mahathir Mohammed.
 

La política a llevar a cabo debería de favorecer la creación de un gran Instituto de Ciencia y Tecnología que fuese la avanzadilla de la investigación científico-técnica de gran potencial, con estrechos contactos con centros universitarios de alta gama tecnológica así como con las industrias punteras del mismo ramo. Asimismo para abrir el terreno a las nuevas tendencias disruptivas de la industria digital, se debería de promover la creación de industrias de Tecnología de la Información (TI) con exenciones fiscales durante algunos quinquenios. Eso favorecería la aparición de industrias que se apuntasen a la cuarta revolución industrial orientándose a campos tan importantes como la Internet de las cosas (IoT), el Big Data, el Cloud, la ciberseguridad, la robótica, la impresión en 3D/4D, la tecnología neurológica y la que está apareciendo asociada a los implantes, por dar algunos ejemplos.

Hemos repetido hasta cansar al lector sobre las características de la presente etapa de gran disrupción tecnológica. La automatización de muchas actividades de manufactura, la introducción de la robótica en muchas industrias y la irrupción de la inteligencia artificial en trabajos que hoy están en manos de profesionales del tercer sector económico (comercios, bancos, transportes, etc.), provocará que muchos cambios en estas áreas conlleven, para los actuales trabajadores, unos retos de complicada solución.

Las habilidades de alta cualificación digital se están demandando desde hace unos años en diversas áreas económicas, pero el personal parece decantarse más por los cuentos de los partidos populistas  —las verborreas grandilocuentes que prodigan futuros mágicos y multicolores— que por hacer frente a las nuevas metas laborales, de mayor cualificación digital. Ciertamente, hay que reconocerlo, no se le ha ofrecido ninguna alternativa que no sea más o menos fake.

El proceso de desarrollo más arriba anunciado conlleva la creación de un ecosistema para estimular tanto la innovación como el emprendimiento. Y lejos de dejar solos a los atrevidos que quieran hacer frente a la gran disrupción que se avecina, se propone una política que facilite el acceso a los parques tecnológicos, al capital riesgo, al asesoramiento jurídico y financiero, y a la orientación profesional con el objeto de que estos jóvenes disruptivos —que deberían de ser la mayoría— puedan plantearse unos planes de negocios viables y con futuro.


Hoy ya se puede tomar buena nota de lo siguiente: el partido político que no venda grandes esfuerzos está vendiendo fake políticas y en esta época, de fuerte cambio hacia la digitalización, quedar encantado y engañado por una fake política lleva inexorablemente al desastre.

lunes, 29 de mayo de 2017

Singapur, Carlomagno o la oscuridad digital

En pleno siglo XXI querer descubrir mediterráneos en el campo de la economía es dar muestras de no haber entendido nada ante la lección de la realidad. Hay países que desde mediados del siglo XX han prosperado, mientras que otros esperan que los cielos oigan los rezos y el papá Karl Marx o sus sucedáneos les otorguen las prebendas que tanto anhelan. Los países prósperos, sin embargo, no funcionan así. Funcionan con una preparación económica de sentido común; de saber de qué se parte y adónde se desea llegar. Hay conocimiento de la realidad económica mundial y hacia este mercado se quieren de dirigir. Lo demás —la ausencia de análisis— es quedarse jugando en el patio del colegio donde las bravatas abundan y los resultados escasean.

Hay datos para ilustrar lo antedicho. Singapur nos puede servir. Esta ciudad estado en una sola generación, y no sin esfuerzo —no existen los regalos en casi ningún país; en todo caso regalos que perduren, léase carbón, petróleo o diamantes—, logró superar su estado de pobreza generalizada. Se estaba, al inicio de su historia, en los primeros años de 1960, cuando Lee Kuan Yew (1923-2015), primer ministro de Singapur durante tres décadas, logró insuflar un espíritu emprendedor a gran escala, y en la actualidad Singapur encabeza los primeros puestos de los países de Asia en bienestar económico y en el índice de desarrollo humano (vida larga, saludable y disfrutar de un nivel de vida digno).

¿Cuál fue la magia que se inoculó en esta pequeña nación que no llega a los 6 millones de habitantes? Fundamentalmente un enfoque incesante basado en la educación y una planificación meticulosa orientada hacia la economía del conocimiento. La riqueza  — ¡Oh, gran descubrimiento!— se hallaba en el saber; en la capacidad intelectual de la población. El capital básico había de residir en el talento. Y hacia esta meta se orientó todo el país. Durante tres décadas, el gobierno de Singapur, en cierto modo de forma autoritaria, encarriló a la ciudadanía hacia la meta del progreso. Progreso que se centraba en la capacidad de adaptarse y centrarse fundamentalmente en las nuevas corrientes técnicas y tecnológicas que iban apareciendo. Fue la época que trascurrió entre 1959 y 1990. Durante este período se dejó de lado los frenos ideológicos que encorsetaban a la población con disparidades étnicas y diferencias político-partidarias. Se metió todo ello en un cajón y se hizo frente a la realidad económica. La población respondió unida al reto que se les planteó desde el gobierno de Lee Kuan Yew.

La idea básica estaba y está en la orientación hacia la creación de puestos de trabajo plausibles —esto es, con mercado potencial— y en la planificación educativa de las habilidades que deberían de poseer estos trabajadores del inmediato mañana, a unos cuatro o cinco años vista. Ante todo, si nos situamos en el presente, hay que calibrar los sectores que tienen potencial de crecimiento; analizar las riquezas propias —a nivel de terrenos, energía, etc.— y desarrollar la riqueza intelectual que se puede obtener en las aulas, en especial las de cariz técnico-científico. En este marco, hay que situar el blanco que generará la economía "super-smart", y hay que orientar a los alumnos más jóvenes, casi párvulos, a aprender los nuevos lenguajes, como son la programación, la robótica y el inglés; además de relevantes nociones de economía. Hay que fomentar la ruta técnica. De hecho, no estamos descubriendo nada. Las habilidades profundas en tecnología digital ya se están fomentando lejos de aquí o, de forma casi excepcional, por aquí en centros privados de alta gama.

Estamos realmente ante un momento decisivo semejante al que ocurrió hace muchos siglos. Fue al final del imperio romano, en los siglo VI y VII, época en la cual la cultura feneció, según apunta el estudioso James Bowen en su trabajo sobre la Historia de la educación. La gente no sabía escribir ni leer. La oscuridad intelectual fue alta. Fue un dirigente político —Carlomagno— el que tuvo la brillantez de ver hacia donde se podía dirigir a la población. Y dio los pasos hacia esta meta. Esta era la de la renovatio. En el decreto del año 789, Carlomagno —todo un líder (leadership) con capacidad de gestión (management)— ordenaba la creación de escuelas "donde los jóvenes aprendan a leer". El objetivo final era el de regenerar el Estado. Y a ello se dedicó con ahínco en una época en que incluso muchos clérigos y monjes no sabían latín o eran claramente analfabetos.

En la actualidad, la bifurcación es clara. O se organiza un gran empuje a favor de las tecnologías avanzadas —con una educación centrada en los cambios que están viéndose en este siglo XXI— o se regresará a la oscura Edad Media con fuertes desencuentros, muchos violentos, fruto de la desesperación y el hambre.

Lo que hizo en su momento Carlomagno con su programa de creación de escuelas —que de hecho es el inicio de la resurrección de Europa— o lo que se ha hecho en las últimas décadas en Singapur —un país que en el momento de alcanzar la independencia de Gran Bretaña, en 1965, estaba peor que Zimbabue al independizarse—, han de servir no de consejo sino de espolón para abandonar las frases huecas y emprender acciones reales de cambio educativo. Lo demás —las palabras brillantes pero vacías— es manifestación de incultura, malevolencia, ineficiencia o insensatez política (o todo a la vez) y sólo puede llevar a una peligrosa oscuridad digital.

jueves, 11 de mayo de 2017

Los desplazados del presente

La radiografía es diáfana. Los síntomas son claros. Las constantes se repiten. Las ensoñaciones se van elevando hacia cumbres oníricas. El sujeto —los sujetos, mejor dicho— está con una taquicardia pronunciada. El paisaje se va borrando de su mirada. Apenas atisba lo más cercano. Empieza a sentirse extraño. Casi es huérfano del presente. El futuro no existe. La huida a su interior, como un caracol en plena sequía, es cercana. No atisba más allá de la esquina de su calle. El mundo se le cae encima. El coma socioeconómico le está carcomiendo. Todo ello es resultado de la ceguera pronunciada que no ha querido reparar. Ceguera ante lo más presente a nivel tecnoeconómico y profesional: la revolución tecnológica de la industria 4.0. El futuro le está cerrando las puertas. El hoyo se va agrandando y cada vez más las fuerzas atractivas quieren abrazarle para su adentro.

Ceguera. Ceguera y ceguera. ¿Cómo lo explicarán los historiadores de nuestro presente dentro de veinte años? ¿Cómo podrán explicar que en plena sociedad de la información —información en la palma de la mano— con las sirenas tecnológicas cantando a toda potencia, se ha atado él mismo al poste del pasado, para no caer en su seducción? La culpa, sin embargo, siempre es de los otros. De aquellos que pudiendo, no quisieron informarle de lo que se avecinaba. De lo que estaba en el inmediato acontecer. El hecho es —dirán— que no habían llegado a sus oídos las noticias de este gran cambio. Que se confiaba que las cosas siguiesen como siempre.

Qué ingenuo nuestro personaje creyendo que existe un "siempre". Este término sólo es válido para el cambio. Siempre se cambia. Siempre hay cambio. Algunas veces es lento. Pero en el presente, el cambio es acelerado. Lo que hoy está en boga, dentro de 5 años será obsoleto. Y los ambientes, las cosas tecnológicas, los trabajos habituales también irán cambiando y con rapidez.

La automatización, la robotización, de muchas tareas llevará a la calle a miles y miles de trabajadores que creyeron en leyendas que podían ser útiles en el siglo XIX, cuando surgieron unas ideas aglutinadoras en torno a sindicatos y partidos. Hoy estas misivas son caducas. Hoy, con un planeta que se puede recorrer con avión en pocos días, las comunicaciones, los transportes, los negocios, las compras, las ventas, las manufacturas y los trabajos son muy cercanos. Todo está interrelacionado. Si estos cambios tan obvios en transportes y comunicaciones — que hacen que el mundo sea una comarca— son patentes para cualquiera, es difícil entender como no se traslada esta nueva realidad a todo el abanico de relaciones sociolaborales y económicas en las cuales todo hijo de vecino está inserto.

En otras palabras; para nuestro personaje, su sitio socioeconómico está en peligro de extinción. Y por más proclamas que se hagan; contubernios que se monten o motines que se generen, a muy corto plazo —el cambio es acelerado, como se ha dicho, y la tecnología imparable lo va confirmando— no habrá quien pueda continuar deleitándose con cantatas políticas de ferias novecentistas ni con cartas a unos Reyes Magos que nunca han existido.

Hoy, por dar alguna pista breve, quien no se oriente con esfuerzo continuado y sin demora por el idioma universal, la lingua franca global que es el inglés, y por enfilar peldaños en programación, como mínimo, estará yendo sin freno hacia un callejón sin salida y en cuesta abajo. Salir de él será casi —por no decir, del todo— imposible. He ahí el mapa de los desplazados del presente. El de los desplazados del futuro, tendrá que ver con la irrupción en todos los frentes de la inteligencia artificial. El cambio es de vértigo. La ceguera voluntaria es una rémora de un infantilismo suicida. Los hechos son imperativos. La realidad, obstinada. El futuro, cierto.

viernes, 21 de abril de 2017

Tres objetivos educativos urgentes para la inserción digital

Desde hace tiempo venimos subrayando la necesidad de la puesta al día profesional. Tenemos la lección de la revolución industrial y de la crisis que los artesanos y las pequeñas manufacturas desperdigadas por las masías y minúsculos pueblos se encontraron con la entrada del vapor en la producción. Eran tiempos aquellos de falta de canales de información. Apenas existían vehículos que llevasen las nuevas de un lado a otro. Y cuando, en todo caso, llegaban, eran verbales, escuetas y casi ininteligibles. Hoy no puede uno acogerse a la misma excusa. Hoy la información está en la red. Y quien no sabe lo que realmente pasa, lo que realmente puede ocurrir en los inmediatos años es porque tiene la cabeza orientada a un pasado que nunca volverá.  Hablamos de la entrada de forma mayúscula de la automatización, de los bots, de la robótica, en la industria, en el comercio y en los servicios en general, de forma tan tremenda que provocará una ruptura con los modos económicos y fabriles del presente. No hay excusa porque la novedad que se acerca por estos lares se puede ver ya por Internet.

Eso lo hemos dicho y repetido hasta el aburrimiento. Algunos ya lo reseñan en las grandes páginas de los rotativos. Perfecto. Pero ahora queremos centrarnos en tres objetivos que pueden ayudar mucho en el gran empuje que se ha de crear —una especie de atmósfera favorable— para que el salto a la digitalización sea lo más rápido posible y con menos rechazos.

Uno de los objetivos son los párvulos. Nuestros párvulos, antes de los 11 años, deberían de haber jugado con lo digital. ¡Cuidado! Decimos jugado, pero no jugar. No se trata que sepan manejar un Smartphone, por ejemplo. Se trata de que jugando —esto es, casi sin darse cuenta— aprendan las bases de la programación. Eso no es un descubrimiento por nuestra parte. Eso ya se está haciendo en muchos países. ¿Cómo conseguir que nuestros párvulos "jueguen" a ser programadores; que empiecen a trastear con pequeños robots y que sepan manejarlos con líneas de código, e incluso, en algunos casos, lleguen a construirlos o modificarlos? ¿Cómo conseguir este objetivo —por el cual la sociedad actual recibirá el agradecimiento de estos futuros adultos? Ofreciendo unos cursos orientados a todo el profesorado de primaria. He ahí un objetivo clave. Si desde la primera infancia nuestros chiquillos —tanto niños como niñas (¡Hay que superar el "gender gap"!)— empiezan a recorrer el camino de la programación y no quedan aturdidos por trastear con los pequeños robots, tendremos en cuatro lustros, unas nuevas generaciones de ingenieros tecnológicos que proporcionarán un gran cambio en nuestra sociedad.


Otro objetivo a tener muy presente es el de nuestros agricultores. Nuestros agricultores continúan —y ello no ha de entenderse como una crítica— anclados con unos sistemas pre-digitales por lo que hace a las amplias labores del campo. Por este motivo su beneficio económico no es ninguna bicoca. Y para retenerlos en el agro, la Unión Europea desde hace años ha ido prodigando unas famosas ayudas que, seamos realistas, no pueden ser eternas. Además, y este es un problema complementario, las pequeñas villas, aldeas y pueblos del interior de nuestro país se van despoblando, señal inequívoca de que las nuevas generaciones nacidas en el mundo agrario se sienten atraídas por las tareas productivas a desarrollar en las grandes ciudades. ¿Cómo cambiar esta tendencia? Encarrilando a todo el mundo agrario hacia la digitalización del sector. Dándole un tamiz mucho más tecnológico.

En otras palabras… Introduciendo los grandes ejes de la Smart agriculture, la agricultura inteligente. Eso quiere decir aprender a trasladar las recientes técnicas digitales descubiertas hacia el mundo agrario. Hablamos de la robótica, del análisis de los grandes datos (big data), de los sensores que se pueden implantar en los campos y que aportan datos sublimes, etc., etc. En resumen, promover una formación para que las generaciones de agricultores queden impregnados con sapiencia digital. Y eso ya existe, pero no por aquí —de nuevo, no estamos descubriendo nada. Incluso en África, tierra donde el agro tiene un gran peso, también se han ido dando pasos hacia este destino.

El tercer objetivo es el de los jubilados. En la actualidad hay una bolsa enorme de jubilados y prejubilados con un ansia enorme de sentirse útil. De no ser ni una carga ni un pasivo social. Por ello ya ha parecido una pequeña vía que enlaza a estas personas con el mundo de la digitalización. De nuevo no se trata simplemente de saber enviar correos electrónicos o mandar WhatsApps. No; eso ya es viejo. Se trata de ayudarlos en su introducción a la codificación. Sí. A la programación. Estos jubilados son ya, o serán, los futuros abuelos que reforzarán a nuestros párvulos en su introducción profunda (no superficial, please!) en el mundo digital. Es probable que los padres de estos párvulos tengan obligaciones profesionales que impidan tener un gran papel en esto. Pero los abuelos sí que pueden ser una gran ayuda, un refuerzo. Pueden formar parte relevante de la atmósfera que habrá que crear para que la digitalización profunda tenga realmente éxito.

No plantearse estos tres objetivos es dar un paso más hacia la derrota frente a la disrupción digital que ya está provocando cambios sin tregua.

martes, 28 de febrero de 2017

Trabajo, creatividad e identidad personal en el nuevo mundo tecnológico

Se está iniciando el final de las maldiciones. En especial aquella del trabajarás con el sudor de tu frente del paraíso maldito por la serpiente. Se terminó con el trabajo y el sudor del esfuerzo físico en la mina y en los campos que obligaban a curvar la espalda constantemente. Se está terminando con ello mediante las grandes máquinas que irán sustituyendo al personal paciente y sufrido de las labores esclavizantes. Se está concluyendo unas históricas etapas que han marcado las espaldas, las frentes y los corazones de la gente, dejando el pellejo y asumiendo arrugas sin esperar el paso de los años. El trabajo ha dejado, está empezando a serlo, ha dejado de ser un castigo. Ahora estamos ya en la época del trabajo creativo. Se está iniciando —en algunos lugares ha iniciado hace tiempo— la época de la innovación, de la creatividad, del ingenio, del talento. Del disfrute trabajando, del goce por hacer algo interesante (y que tenga mercado).

¿Qué quiere decir tener mercado? Quiere decir que haya compradores. Pero quiere decir alguna cosa más. Quiere decir que haya interés. Que lo que se ofrece es atractivo y, ello, en último término implica que hay un reconocimiento. Ahí —en el reconocimiento por lo creado— está el orgullo, la sensación del buen hacer. La compra no sólo es dinero —¿qué es el dinero en cantidad en una isla desierta; sí, sólo y abandonado con sacos y sacos de alimentos y muchos más sacos de dinero? El dinero es un simple objeto universal de intercambio. Lo que es más difícil de obtener es el reconocimiento, la valoración. Y eso no tiene precio. No se vende ni se compra (comprar que te aplaudan, sólo puede agradar al ingenuo que no sabe mirar el fondo de las personas).

En la época que estamos viviendo —en unas geografías más adelantadas que en otras— la creatividad está abriendo fronteras. Se está dibujando un nuevo panorama que puede llegar a ser increíble si se permite —y si se estimula, favoreciendo las ideas, por más increíbles que ahora mismo parezcan—, favoreciendo la creación, la innovación y el ingenio. El genio. Y ello quiere decir que hay que "trastear" con el trabajo. El trabajo ha dejado de ser un castigo (bíblico o burgués a lo marxista) para empezar a ser el más gracioso juego que nunca se haya podido jugar con mayor pasión. Es el auténtico ejercicio intelectual que, después de haberle dedicado unas horas, con el paso al descanso y echando la vista a lo conseguido hasta entonces —a los pasos avanzados con el proyecto—, se obtiene una satisfacción que no tiene precio.

Adiós a poner la satisfacción en los pies de los deportistas del balón. Concluyó ser feliz por los hechos de otros —como el famoso e increíble gol de R.... Ahora se empieza una etapa donde los encajes que hay que superar, los retos creativos que hay que solucionar, dan, al conseguirlos, un gozo que no tiene parangón en la historia de cada persona.

Adiós a todo lo anterior. Ha empezado —en algunos países, ¡ay!, sólo se está en sus inicios— una época donde el talento, la inteligencia, la creatividad —no la fuerza física, sino el empuje mental, el intelecto— tendrá su puesto central. Y ello redundará en la satisfacción por lo creado, por lo conseguido. He ahí la auténtica identidad que uno se puede forjar. He ahí el auténtico yo que, al final de las distintas etapas, mirando atrás uno podrá examinar. “Yo soy aquello que he hecho. Mis hechos me conforman”. Y no las distintas vestimentas mentales que desde fuera se han estado lanzando para dar un "ser", una identidad, a quien no tenía nada propio, porque lo suyo era un trabajo baldío, poco interesante, poco creativo. Sin lumbre ni deslumbrador.

Hoy, con el mundo de la tecnología, de la robótica, de la inteligencia artificial, de los cálculos basados en los datos, se puede escribir una historia futura que no tiene ningún matiz de lo antiguo. No hay ninguna clave clara que indique por dónde proseguir; por dónde dar los próximos pasos. Los intríngulis son mayúsculos. Los retos, abrumadores. Pero nunca el individuo humano se había planteado un escenario tan interesante, con tanta intriga, con tanto gancho y a la vez tan atractivo como en el presente. Hoy se está a las puertas —para aquel que quiera abrirlas y salir a este nuevo espacio atrayente, incógnito y desconocido— de un escenario que a la vez que habrá que ordenarlo de pies a cabezas —creando nuevas y desconocidas parcelas de realidades—  se estará creando la propia identidad, la identidad personal. Y muchos años más tarde, uno podrá recordar aquello que el descubrió o la parcela digital que él ayudó a conformar. En definitiva, el proceso que configuró. Los objetos andantes en cuyo diseño intervino. He ahí un futuro. He ahí un reto placentero y realmente humano, casi divino.

martes, 31 de enero de 2017

En la Edad Media no había lampistas

Los grandes cambios o de profundidad han sido pocos. Nos referimos a las revoluciones con trasfondo económico. Los primeros fueron muy lentos. La primera, la agraria que se da en el neolítico con el paso de una economía recolectora a una de producción agraria y ganadera. Tuvo una permanencia de milenios. Y aunque vivió cambios, estos fueron leves; no de profundidad. La siguiente fue la industrial; hoy reconocida como la primera revolución industrial, que se dio en Gran Bretaña desde 1760 hasta 1840 aproximadamente. Desde allí se fue expandiendo por Europa y más allá. Fue lento el proceso pero, como se puede ver, mucho menos que la anterior alteración económica. El siguiente paso vino de la mano de la electricidad y el gas con unas máquinas y procesos relevantes como coches, aviones, telégrafos, teléfonos o la radiodifusión. Todo ello alteró de nuevo el orden de las cosas. La tercera revolución industrial tiene una historia mucho más reciente. Algunos aún recuerdan haber visto en su infancia algún gran cambio.

El trastrueque de tareas llevó a la liberación de una de las faenas más engorrosas adjudicada a las mujeres. Por otro lado, y en muchos sitios con anterioridad, las fuentes en las plazas dejaron de ser imprescindibles cuando aparecieron los grandes depósitos y los lampistas que se dedicaron a acercar el agua a las viviendas. Pronto aparecieron las nuevas bañeras y se dieron muchas disrupciones más.

Hoy las disrupciones se están multiplicando y de forma acelerada. Robots y automatizaciones están a la orden del día. Están desapareciendo las tareas mecánicas y de baja cualificación o preparación profesional.

Por otro lado, hay también una grave crisis provocado por la alta demanda y la carencia de un número suficiente de profesionales con perfil digital. Son numerosos los países que se están dando cuenta de este gap (skills gap). Es preocupante dada la prevista competencia en precios que existirá entre industrias altamente automatizadas y las industrias exclusivamente con fuerza de trabajo humana. Los precios dispares provocaran fuertes temblores económicos y difícilmente se podrán poner puertas a este campo. Aún se está a tiempo para subirse al tren de esta nueva revolución, la de la Cuarta revolución industrial. Es urgente cambiar el chip.

Ahora el perfil profesional demandado exige innovación, creatividad y habilidades digitales (digital skills). Ha terminado el tipo de trabajo mecánico poco creativo. En la anterior etapa económica, la de la segunda y tercera revolución, quien introducía la creación era la máquina; el trabajador era un simple apéndice de los productos que fabricaban, por ejemplo, las máquinas de hacer calcetines. Hoy se necesita, y cada vez se necesitará más, un perfil profesional que será en cierta medida parecido al artesano medieval que en su época fue creativo y mañoso. Hoy hay que tener y se está exigiendo —y pagando suculentos sueldos—, un importante bagaje digital y creatividad. La necesidad de innovación es altísima.

¿Innovación? ¡Sí! Porque todo está por rehacerse. Todo cambiará. Aparecerán nuevas tareas y nuevos objetos —el teléfono móvil en nuestro bolsillo puede ser un buen ejemplo de novedad insospechada, aunque hoy tengamos la impresión de que es un objeto con mucha historia. Y aparecerán nuevas profesiones. El cambio es acelerado. Es preciso cerrar el caduco televisor, fábrica de perder tiempo, y otear constantemente por la excelente ventana que es el internet profesional —que queda muy allá del simplista internet del entretenimiento.
En este momento histórico, perder el tiempo es muy peligroso. No nos podemos permitir dejar escapar el tren de la nueva revolución, la de la industria 4.0. Es preciso situarse adecuadamente. Las profesiones con carga tecnológica tendrán fuerte demanda. Aún está por ver qué pasará con las profesiones orientadas a las humanidades. En todo caso, hay que abandonar, rápidamente, los viejos esquemas del siglo XX. Este siglo que hemos dejado —aunque mucha gente aún se mueve dentro de sus esquemas— es una época que hay que verla tan anticuada como la de la Alta Edad Media. No hacerlo, permanecer con una pertinaz ceguera, es ahondar el pozo que en diez años nos engullirá.

martes, 13 de diciembre de 2016

Educar para el futuro o para un mundo caduco

El dilema está claro. ¿Qué ganará, la educación o la deseducación? La potencia actual de los contenidos deseducativos va creciendo sin tregua. La educación, sus esfuerzos y sus modelos, son cada vez menos apreciados por el público, juvenil o no. El poder de los media, en una carrera para atraer con sus programas y series, fomentando el mínimo esfuerzo intelectual, y los consiguientes valores del dolce far niente mental, está superando todas las cotas que hasta ahora se habían visto. Hoy la educación, por nuestros lares, en España y en Europa, está en franca caída. Caída al vacío. Y mientras tanto la gente aplaudiendo y esperando que el futuro será el mundo feliz, el mundo de los sueños que les cantan las series del final feliz. ¡Qué vida nos espera!, se dicen; cuando no se dan cuenta que el encontronazo cada vez está más cercano.
Cinco, diez años vista, estos patios de luces que es el mundillo de las pantallas con millares de espectadores a la espera de la nueva comedia de distracción, estarán llenos de cadáveres mentales que no encontrarán ningún tipo de trabajo y que como una nueva alta edad media estarán pendientes de la hora de ir a buscar la sopa boba en los centros de los frailes seglares, las actuales ONG o los partidos de fecunda verborrea que prometen, sin explicar su origen, una paga mínima para sostenerse de pie. En todo caso, se lo habrán currado con su renuncia a informarse realmente de lo que es fundamental y qué accesorio, y de formarse para los grandes cambios tecnológicos que se avecinan.
Europa está en una crisis incipiente. La aparición de los voceríos populistas es la señal del inicio del fin. La proporcionalidad de los seguidores de estos grupos, en otras épocas marginales, es indicativo del gran tropiezo social, económico y político que conducirá a la nada del final. El de la despensa vacía sin que nadie —de cualquier parte del mundo desarrollado tecnológicamente hablando— te dé ni la sal. El esfuerzo tiene su recompensa. Eso lo muestran bien claro los libros de historia económica de los países que han ido despuntando, gracias al tesón y al esfuerzo, para generar riqueza y mejorar el nivel de vida. Donde el esfuerzo escasea y ni se lo busca, ahí es donde la oscuridad económica es el único futuro que se puede alcanzar.
La educación en Europa, en España, o en la misma esquina de quien escribe esto, es deficiente; siendo bondadosos con el uso de este término. Europa está en declive y, por dar otro elemento indicativo, sus políticos están empezando a huir, véase Gran Bretaña con el Brexit.

El cambio de marcha que habría que hacer para mejorar la situación, para impedir este desenfreno hacia este gran porrazo económico y social, debería de conjugar un gran cambio en la valoración de la cultura, de la alta cultura, y en especial del esfuerzo dirigido a las STEM (ciencias, tecnología, ingeniería y matemáticas), o STEAM (si le añadimos el arte o creatividad). Ahí, sí que hay futuro. Este es el estrecho camino, el estrecho de Gibraltar, hacia la América del futuro que es la de la alta tecnología. Pero estamos hablando de una alta tecnología creada por europeos, por españoles, por la start-up de la esquina. (¡Creaciones que apenas existen!) No hablamos de la tecnología de simples consumidores. De hecho, dentro de pocos años serán minoría los que tengan cuatro perras para poder tenerla ni una hora en las manos, o cerca en el comedor (como por ejemplo, los robots que serán los mayordomos para todo). Estamos en el momento en que es imperativo decidir entre una educación para un futuro muy tech o una educación para un mundo caduco, que se irá apagando porque la cera de su tiempo está casi consumida.

La Europa educativa tiene unas cifras que provocan temor. Estamos más allá de la profecía inspirada. Estamos en el mundo de los números y estos son claros.

En la época que está apareciendo ante nuestros ojos, la época de lo smart, de la inteligencia, no puede la ciudadanía estar con unos niveles de inteligencia que ni se le pueden suponer. La catástrofe económica está anunciada. El reloj corre sin tregua. El futuro está a corta distancia. En la época de la sociedad del conocimiento, en muchas regiones europeas, los niveles de éste se encuentran en zonas de vértigo, e incluso en algunas áreas de población en niveles negativos. Es un futuro que asusta a los avispados; aunque la ceguera voluntaria ante este problema se propaga como una epidemia.

jueves, 10 de noviembre de 2016

Altas cumbres digitales y mecanismos de la historia humana

¿Y si los grupos humanos se moviesen con ciertas pautas previsibles? ¿Y si realmente existiesen unos mecanismos explicativos de las conductas colectivas? Fijémonos en lo que está sucediendo, y acaba de suceder con Donald Trump, último ejemplo de la resurrección de las consignas y los movimientos populistas. No es realmente una novedad. En otros momentos de la historia se han dado procesos semejantes. Incluso en épocas remotas de los que tenemos noticias, como en la época de la Grecia clásica, en tiempos de Platón y Aristóteles. También hubo movimientos de estilo parecido en la Edad Media, con los movimientos que entonces aparecieron con baño religioso. Esto parece que es lo que realmente ocurre. Se dan unas pautas, unos patrones de conducta. Se dan procesos físicos. Unos resultados de energías y sinergias, de rupturas de piezas del motor histórico humano y, vuelta a empezar, a menudo, aunque no siempre, con algunas mejoras.

¿Qué le ocurre al motor de nuestro coche? Nuevo, salido de fábrica, es un fulgor espléndido ante lo que es realmente capaz de hacer. Con el tiempo, una correa puede estropearse. Un fallo imprevisible. O una pieza que ante un esfuerzo mayúsculo se ha visto imposibilitada de transferir la fuerza por la que fue creada y, ¡zas!, se rompe y el motor se para. El vehículo se detiene y habrá que hacer arreglos. El curso que hasta ahora había sido recurrente y tranquilo, casi imperceptible por repetido, se trunca. Habrá que introducir cambios.

¿Determinismo? Inicialmente el planteamiento sobre el determinismo humano se focalizó a la conducta del individuo, de la persona. Pero tal vez fue una visión ciertamente estrecha, demasiado simplificada. Tal vez si se hubiese ampliado la mirada y atendido a los grupos y a su inserción en los engranajes económicos del momento histórico, hubiese sido posible perfilar, dibujar, esto es, observar, un determinismo de los procesos históricos, de las etapas por las que circula el motor social humano y que ha de hacer frente a los peñas que debería de alcanzar. Ante el esfuerzo, algunas piezas flaquean, otras se hacen trizas y el motor desfallece e incluso puede llegar a incendiarse.

Ahí tenemos algunas pinceladas de lo que, si se mira la historia desde cierta perspectiva (sin caer en la veneración, casi religiosa, de momentos precisos, como hacen algunos nacionalismos o sectarismos proféticos, religiosos o laicos), puede servir para iniciar un recorrido intelectual que permita atisbar futuros. En otras palabras, prever y enmendar, antes de que sea demasiado tarde, el futuro fallo del motor. Ahí tiene un papel la ciencia, la única forma de llegar al conocimiento que el individuo humano se ha dado y con cuya concurrencia ha podido llegar hasta donde ha llegado. El presente, con todos los males que se quieran poner sobre la mesa, no tiene parangón con las épocas pasadas. Ignorarlo, no querer verlo, es simplemente apostar por la oscuridad.

Y las peñas, las montañas altas que retan actualmente a estos motores humanos podrían bien ser las cúspides de la tecnología, los nuevos retos profesionales que exigen del motor humano, de la dedicación humana, una atención y una fuerza —un ‘es-fuerzo’— que no todas las personas (no todas las piezas y engranajes) están dispuestas (están disponibles) a ofrecer. No están adecuadamente preparadas (esto es, debidamente formadas) para hacer frente al reto del camino histórico hacia las nuevas cumbres. Las grandes industrias tecnológicas han ido a parar a otras áreas geográficas. Los aparadores, hoy digitales vía comercio electrónico, ya no necesitan puestos físicos para vender. La globalización del mercado, en nuestros lares, básicamente ha ampliado el mundo del transporte de mercaderías. Aquí por ahora queda el turismo, que los populistas, ciegos e ignorantes, pueden hacer desaparecer con sus inopinadas bisoñeces, propia de ingenuos e iletrados.

Repitámoslo una vez más. La realidad digital también se nos está presentando cuesta arriba y tiene mucha más pendiente que todas las realidades anteriores vistas.

Esfuerzo es un término que viene de “fuerza” y este término, uno de los principales de la física. Significa la capacidad de modificar la forma o el estado de reposo de un cuerpo. Ahí, en este artículo, el estado de reposo es el propio individuo. Reposo y simple atención a los entretenimientos que le mantienen como simple espectador, bien atento, calmado y quieto. Esfuerzo es el vigor propio para conseguir algo venciendo dificultades, superando resistencias. Las máquinas de regeneración del esfuerzo hasta ahora han sido las grandes penurias (léase guerras, enfrentamientos violentos, catástrofes, etc.,), que muchas veces, no siempre, han ayudado a abrir los ojos a la realidad, que siempre se presenta montañosa y abrupta, y a poner de nuevo el motor en marcha. Igual existen otros mecanismos, menos cruentos, para regenerar esfuerzos. Habrá que pensar en ello.



martes, 6 de septiembre de 2016

Por qué Corea del Sur no entrará en guerra o el termómetro digital

Corea del Sur no piensa hacer ninguna guerra porque no necesita este tipo de 'negocio' para prosperar económicamente. Sus ciudadanos han adquirido la idea, han asumido a fondo, de que con el talento, y talento en lo digital, se puede conseguir, y de muy buenas maneras, un bienestar económico adecuado. Sólo en países con garrulos y pardillos, ingenuos dirían algunos, es decir, que no van sobrados de talentosos, sino que merodean por el mundo intelectual como perdularios, son los que más fácilmente se les puede lanzar contra el país que puede darles, mediante el robo que es toda guerra ganada, las avituallas económicas que precisan para mejorar su vida cotidiana.

He ahí dos distintos carriles de la economía. O la guerra o el esfuerzo intelectual y el atrevimiento empresarial. En medio, los iletrados políticos y los gestores de la opinión pública —esto es la prensa subvencionada— que intentan, según como sopla el viento, ir nadando sobre la nada de una ciudadanía que oscila entre la creencia ideológica, sostenida con el palo y la zanahoria, y el aborregamiento de las dosis deportivas que con cadencia se les endosa vía televisiva. La cuestión es tener las mentes entretenidas y alejadas de toda tentación desestabilizadora, en caso contrario habrá que fabricar un enemigo del que extraer la substancia económica.


La historia es un libro abierto, si se quiere leer entre líneas, más allá de los nombres de los gobernantes o de las victorias esplendorosas en unas luchas para conservar unos terrenos o ampliarlos. Gestas heroicas —presentadas de forma honorífica—, que pueden servir para ir a depositar los emblemas y enseñas de una patria fabricada a gusto del vencedor. En suma, guerras y belicosidades para obtener rápidamente rentas ganadas honradamente por los otros (los "malignos enemigos"), o riquezas territoriales —léase minas de carbón o de otros minerales, o pozos petrolíferos e incluso salidas al mar. Pero también ha habido y hay otra vía. Ahí se requiere esfuerzo, muchísimo más esfuerzo para ir fabricando productos que en el mercado, cercano o lejano, podrán convertirse en monedas que servirán para mejorar las condiciones de vida e, incluso, ampliar y mejorar el sistema de fabricación o confección de los mismos. Esta ha sido la vía de Corea del Sur, toda una lección. Y así quieren continuar.


Esta es en síntesis la historia económica. A menudo las batallas también se han dado en el interior de un mismo país. Cuando los menos dotados para el esfuerzo —dejemos de lado, por hoy, la causa de ello—, quieren obtener una parte —y casi siempre la mejor— de lo que otros han obtenido con su esfuerzo laboral o empresarial. Ahí aparece una nueva manifestación del cainismo histórico. Los que quieren ir deprisa y descansados para obtener fortuna y los que pausadamente y de forma continuada van con coraje esforzándose, con su trabajo, para crear riqueza.

La riqueza procede de una simple operación matemática: yo te doy y, a cambio, tú me das. Hay un intercambio de productos por dinero; o de servicios (pintor, decorador, diseño arquitectónico) por dinero. Lo otro, la otra vía, es dame tu lo que tienes o te mato. Es el robo. El acoso. El chantaje. Un alto y rápido esfuerzo para obtener rápidamente una ganancia. Es simple. Así funcionan las cosas. Hay grados, cierto; pero en síntesis es lo dicho. Al respecto sólo hay que poner un vestuario adecuado a los distintos siglos y cambiar el decorado, y tendremos la historia real de todos los tiempos. Esfuerzo concentrado —y muchas veces sólo concentrado en la potencia del arma que se empuña— o esfuerzo dilatado en el estudio, el trabajo, la creación, y el ofrecimiento en el mercado.


¿Por qué Corea del Sur no entra en guerra? Porque no la necesita. Vende grandes productos tecnológicos por todos los continentes y está encarrilándose hacia la plenitud de la cuarta revolución industrial. No necesita la guerra. Prefiere —y se agradece— las ventas resultado de una suma de esfuerzos iniciados desde hace años. (Tomemos nota: Corea del Sur era un país del Tercer Mundo en los años 50 y 60 del siglo XX, según se podía leer en los distintos informes de los que criticaban las “injusticias mundiales”). Sin embargo, desde hace algunos años Corea del Sur está en la lista de los países del Primer Mundo y ahí sigue en veloz carrera provocando la envidia de rezagados y, sobre todo, de los que se han manifestado cansados antes de iniciar el deporte de la economía productiva y mercantil.


¿Por qué Rusia y Turquía están entrando en unas relaciones políticas más belicosas que industriosas? ¿Por qué Putin está torpedeando constantemente a Ucrania? ¿Por qué Turquía —léase Erdogan— está aprovechando el 'golpe' militar para hacer un extremado contragolpe? ¿Por qué Corea del Norte está jugando con misiles balísticos que lanza al mar del Japón? Sin ninguna duda porque es más fácil conseguir prebendas —léase riqueza— por la vía férrea, estos es militar, que por la vía del esfuerzo intelectual, de la industria 4.0 y de los avances en la revolución tecnológica, que es lo que toca en esta segunda década del siglo. Han llegado tarde —podrán decir— pero las prebendas las quieren para ya y pronto. Y su población, si ve caer con la lluvia peces y cangrejos, y añadidos a la salsa, cerrará los ojos ya que a nadie le amarga un dulce, aunque este oro venga de la confiscación o del robo a otros. Continua, así pues, esta serie, que es la historia de la humanidad. Y desde hace milenios. La tecnología cambia, la humanidad y sus tejemanejes, mucho menos. O casi nada, por lo que se ve en estos lares, donde abunda la estulticia política.


Visto todo ello, el termómetro digital —la digitalización— puede dar buena cuenta de lo que puede pasar en los países que reticentes al cambio, y al esfuerzo intelectual —la famosa resistencia al cambio—, se oponen a adoptar las competencias que hoy se demandan en el mercado industrial. Lo cierto es que nunca el reloj ha tenido tendencia a pararse. Así que es cuestión de tiempo. Y a menos que, en los países europeos y en especial en los más cercanos al Atlántico, haya una conversión digital, como en su momento hicieron los coreanos del sur, y empiezan con una tarea de actualización en digital skills, en competencias digitales, o aparecerá la otra alternativa. La alternativa que fue profusa en época romana —el camino económico seguido por los césares augustos— empeñados casi siempre en elegir la vía cruenta, la de la declinación práctica del bellum, belli. Es decir, la de la guerra en lugar de la producción y el comercio.

viernes, 19 de agosto de 2016

España digital o la conjura de los necios

La época actual se recordará. Incluso será de mención en los libros de historia que se editarán para ilustrar al alumnado de las etapas básicas. Se hará una lista de los nombres propios a los que se “acusará” de haber estado ciegos ante lo que era patente y se iba anunciando casi de manera constante. Ciegos ante los profundos cambios que se iban a producir en el corto término de cinco años, y más, y que de no ponerse en sabia disposición, se podría cometer un error histórico, abriendo las puertas a una crisis económica, —por quedar rezagados ante los cambios que se avecinan— de muy difícil superación.

Estamos hablando de los cambios tecnológicos que a nivel mundial se están realizando —implementándose en las industrias de todo tipo—  y que ocasionaran un transbordo de negocios de una parte a otra del planeta. Ya se está hablando —por poner un ejemplo reciente— de la “huida” de la fuerza de trabajo cualificada (estos es, trabajadores de alta cualificación profesional) de Alemania a China. En China, uno de los países que está encabezando desde hace años la introducción de la robótica y la inteligencia artificial en las empresas, se empiezan a dar cuenta del gap profesional que hay y por ello han empezado una carrera de recruitment (de contratación) de personal idóneo para las nuevas industrias —las de la llamada cuarta revolución industrial o de la industria 4.0. Se han acabado, pues, las fronteras de una manera definitiva. Hoy y mañana el talento —igual como lo fue también en otros momentos de la historia, por lo que hace a los científicos, inventores e incluso a los diestros en los nuevos sistemas de tejer— abrirá las puertas hacia su futuro. Pero, y ahí el peso de la ignorancia de casi todos nuestros políticos, por aquí aún no se han dado cuenta que ya ha sonado la campana de esta gran carrera.

Por ahí aún se continúa con la larga vacación política, bien trufada por la vacación veraniega y la fresca visualización de las medallas olímpicas que no pasan de ser meras simplezas que realmente no aportan nada, pero nada, al futuro del país. Por estas lares, entre los populismos —los populistas oficiales, de los Podemos variados, y los populistas aspirantes como los socialistas seguidores cegados por Pedro Sánchez— y los ejercicios o declaraciones políticas de patio de colegio —a nivel de parvulario, que no dan para más— se está perdiendo un tiempo que empieza a ser escaso, ya que se habla de un gran cambio tecnológico industrial que tendrá como punto fuerte inicial en el cercano 2020.

Mientras, siguen las algaradas, las frases inflamadas de consignas —muchas procedentes del siglo XIX o de mediados del XX—, y no aparece, ni por casualidad, ninguna idea que rezume algunos de los olores más modernos del siglo XXI. La educación que se está dando en las aulas —desde los párvulos, y las enseñanzas básicas, hasta el nivel de las universidades muchas de ellas con carreras que llevan a un paro predicho desde hace años—, salvo algunas excepciones, muchas de ellas procedentes de centros privados, está fomentando unas salidas profesionales que ayudarán a engrosar el batallón del paro y a aumentar la frustración que lleva a votar al populismo confiando en que se realicen los milagros prometidos.
Por otro lado, la fuerza laboral actual está configurada por unos perfiles que podían ser óptimos en las últimas décadas del siglo XX, pero que hoy están entrando en el ámbito de las cosas obsoletas, esto es, anticuadas e inservibles.

Entretanto, la clase política, desde los que se tapan las vergüenzas de su ignorancia supina con la bandera nacionalista, hasta los que se escudan en las frases manidas de la igualdad, de reformas sociales vacuas o en la subida de impuestos —como si "robar" legalmente sirviera a medio y largo plazo para subsanar lo que el esfuerzo intelectual y emprendedor debería de hacer ofreciendo una mayor fortaleza de cara el futuro—, continua dando vueltas a la noria de la insensatez.

La clase política española está realmente ciega, rondando entre la desinformación (ausencia de lectura) y la ignorancia. A causa de ello, no ha abandonado su mentalidad provinciana —por no decir comarcal. Y se mantiene con unos ojillos dirigidos a buscar soluciones en recetas del pasado, cuando resulta que la globalización —el gran mercado del mundo, la gran industria mundial, y los importantes trabajadores talentosos del planeta— han dejado de vivir en la ciudad del lado. La globalización quiere decir, a menos que se quiera vivir dentro de una cueva, que la política económica  —las compras y las ventas, los precios y las ofertas, los puestos de trabajo y las demandas— se hace en mostrador del gran mundo. Se terminó el mercadillo del jueves por la mañana o del sábado por la tarde. ¿Se habrá enterado nuestra clase política de que este mundo provinciano ya ha fenecido?


Entre las excepciones, hay que nombrar al socialista español Javier Solana, quien sin poner nombres propios conocidos por estos lares —no es necesario nombrar a Pedro Sánchez para entender la lección que le está ofreciendo de manera gratuita en un artículo reciente: Taming the Populists—, está subrayando la necesidad de “desarrollar sistemas para garantizar que los ciudadanos estén equipados para prosperar en un mundo globalizado en el largo plazo. Creatividad, habilidades de resolución de problemas y la competencia interpersonal serán cosas esenciales”. En suma, competencias digitales (digital skills). Y temiendo lo peor, Solana, en la versión inglesa de su artículo que difiere de la española, termina su sabio consejo apuntando que “una victoria del populismo indicaría que la clase política realmente ha fallado a sus ciudadanos”. Su última frase es preclara: “Es hora de que los líderes nacionales demuestren que están prestando atención” (a lo que ocurre en nuestro alrededor; esto es, más allá de la provincia o de la comarca). ¡Ay!