miércoles, 21 de agosto de 2013

Las SpaceGlasses - Nuevos pasos en invención, técnica e industria

El investigador es un apasionado de su trabajo. Acepta el reto de desvelar incógnitas de la realidad material o social. Es incansable y de ahí los avances en descubrimientos. Si la industria avanza, lo hace mediante las rupturas que inventos y descubrimientos ocasionan. Son saltos en el vacío —eso es lo auténticamente nuevo. Los avances científicos —como los propuestos por Newton, introductor de las leyes de la mecánica clásica, Ampère, inventor del primer telégrafo eléctrico, o Coulomb, con sus indagaciones sobre magnetismo y electricidad— son los que empujan hacia delante la historia. Como tantos otros, como los que intentaron controlar la fuerza del vapor que tuvo sus inicios en Herón de Alejandría en el siglo I dC, con su curiosa máquina eolípila, o con una intención más práctica el navarro Jerónimo de Ayanz y Beaumont (1553-1613) quien, además de patentar la primera máquina de vapor en 1606, la aplicó en la mejora del trabajo en las minas. Como tantos inventores, hoy el olvidado Ayanz no goza ni del sutil recuerdo en el nombre de una calle. 
No ocurre lo mismo con Joseph Marie Jacquard inventor del telar mecánico en 1801. 
Esta diferencia debe ser resto del eco unamuniano del "¡Que inventen ellos!"
Y si la invención, la técnica y la industria nos ha llevado hasta aquí, se puede ya anunciar que se están iniciando nuevos pasos con la llamada wearable tech, vestuario tecnológico o tecnología portátil. En este marco empieza a destacar lo que está haciendo la empresa Meta fundada en los Estados Unidos en diciembre de 2012. Allí, un grupo de doctores en informática están terminando de diseñar Meta 1, o como actualmente se conoce este dispositivo: las spaceglasses. Una combinación de gafas de realidad aumentada que integra la potencia de un ordenador portátil y las posibilidades de un smartphone.  
Sus inventores llegan a afirmar que con “esta nueva tecnología se puede mostrar la información del mundo real y los objectos quedan al control de los dedos, que pasan a ser el teclado y ratón del futuro”. Con el nuevo dispositivo, los usuarios podrán interactuar mediante sus manos con las imágenes proyectadas por las gafas. 
El vídeo es suficientemente ilustrativo sobre lo que se nos viene encima. Sus aplicaciones potenciales quedan, por ahora, limitadas a unos ejemplos. Pero la capacidad humana de adaptar los instrumentos nos invita a no poner límites al futuro.  Y este progreso está a punto de irrumpir cuando aún estamos en el período de asimilación de tablets y smartphones.

jueves, 27 de junio de 2013

Educación decimonónica versus estudiantes activos en la época digital

¿Por qué esforzarse por inventar la sopa de ajo si hace tiempo que ya existe? ¿Por qué no atreverse a implementar los tipos de enseñanza que se han comprobado que dan buenos resultados, en lugar de querer redescubrir el número Pi de la enseñanza? ¿Cómo es que en el campo de los dispositivos tecnológicos —pongamos uno antiguo, como la lavadora o el televisor— lo que se hizo en su momento no fue intentar empezar de cero, sino 'copiar' llanamente (comprando licencias, en todo caso) lo que se estaba comprobando que había que introducir en nuestras vidas, y en cambio en algunos terrenos como en la enseñanza se quiere descubrir una especie de elixir maravilloso? ¡Qué déficit de conocimiento muestran, desde hace tiempo, nuestros gobernantes! ¡Qué antiguos parecen, queriendo remozar unos sistemas —en especial en el del campo de la educación— que se ha comprobado que van, en grandes líneas, de fracaso en fracaso!
Una primera reflexión que es necesario apuntar es que, actualmente, estamos ante un dilema extraordinariamente importante. Qué queremos que haya en nuestras aulas, ¿estudiantes pasivos o estudiantes activos? 
 
A nuestros alumnos, hasta el presente, se les ha acostumbrado a ser pasivos. Les tenemos pasivos en las aulas y muchos se aburren soberanamente. Y ello es debido a que las clases continúan basándose en la clase magistral (o, para ser falsamente modernos, en el vídeo o la web magistral). Y la acción de estos alumnos, en todo caso se supedita a tomar apuntes (tanto da si se hacen sobre libreta, en el PC o en el tablet). A este alumno pasivo se le enseña de manera primordial a desarrollar habilidades como las de escuchar y mirar. 
Estamos ante unos alumnos a los que no se les orienta a que ellos mismos hagan el tema (cosa que en muchas asignaturas, y con la biblioteca universal que es Internet, es realmente factible). Cierto es que hay alumnos que de motu proprio amplían materia —es decir, tienden a ser autodidactas. Y este es el perfil que se debería de perseguir. Los alumnos deberían de ser encaminados al hacer, aparte de mirar y escuchar. 
Hay que fomentar la existencia de alumnos activos y prepararlos para el mundo que les vendrá encima. Un mundo en que existirá un constante cambio de coordenadas profesionales —¡la revolución científico-técnica sólo está en sus inicios!—, y que exigirá una persistente necesidad de ponerse al día. Y ello demandará altas dosis de autodidactismo, y hay que empezar urgentemente a enseñar técnicas para este cometido. Y eso también se apunta fuera de nuestras fronteras.
Los estudiantes en el último año de la ESO o en el primero del bachillerato deberían de ser encauzados a hacer sus propias búsquedas a propósito de temas o subtemas indicados por el profesor. De estas búsquedas, deberían de surgir trabajos de carácter individual y también en forma grupal. Estas tareas, por descontado, deberían de pasar ciertos filtros —que no necesariamente deberían de estar en manos del profesor, sino de los mismos grupos de alumnos. (¡Nuestros estudiantes han de aprender a volar solos! ¡No siempre tendrán un maestro a su lado!)—. Nuestros alumnos deberían saber cómo descubrir los principales expertos mundiales y nacionales en tal o cual temática. Cómo poder acceder a sus últimos trabajos editados digitalmente. Cómo saber traducirlos, en caso de no dominar un idioma concreto… 
Descubiertas estos primeros espadas o figuras, estos estudiantes podrían adiestrarse en presentar, de forma resumida, cómo están las investigaciones o las tesis en un determinado campo de trabajo… Y presentarlo digitalmente. Hay blogs y espacios web gratuitos que esperan a nuestros alumnos. Y eso —¡atención ahí!—, eso sería realmente revolucionario. Veamos la razón de ello.
Hasta casi ahora mismo lo que ha existido, en general, es un diálogo ‘privado’ entre el alumno y el profesor: los exámenes o trabajos han sido vistos solamente por estas dos personas. Si levantamos la vista en este respecto, nos daremos cuenta de que nuestro alumno tampoco ha conocido la tarea hecha por sus compañeros (ni sus exámenes ni sus trabajos). En resumen, no ha podido recibir, en un sentido amplio, el estímulo (el intelectual y también el formal del esfuerzo) de las actividades de sus compañeros. Eso siempre ha sido hasta ahora una especie de ‘secreto’ entre dos personas que le impedía saber el porqué le había reportado aquella nota más alta, pongamos por caso, que la recibida por uno mismo.
Ahora, en cambio, si en esta etapa del inicio del bachiller centramos la tarea estudiantil en el hacer cosas y hacerlas en el escritorio digital que es Internet (blogs, webs, infografías, documentos en PDF, page flip, etc.), nuestro estudiante, aparte de recibir el impulso de sus compañeros inmediatos (el grupo de 4 o 5 compañeros) podrá obtener ideas y feedbacks indirectos, viendo lo que van haciendo otros compañeros de aula. Y por aquello del espíritu de imitación y a la vez de reto positivo —¡Oh, se hace así! ¡Yo también puedo hacerlo! ¡No era tan difícil como mi imaginación me mostraba!— se pondrá con más empuje a hacer cosas. I ello de la misma manera en que cuando se juega, delante de público y en un deporte colectivo, las miradas de los espectadores, por un lado, y el esfuerzo de los compañeros, por otra, hace que se busquen fuerzas desde los más profundo de uno mismo a fin de obtener buenos resultados.
Nuestros nativos digitales, en terminología de Marc Prensky, están con los pies en pleno siglo XXI pero sus profesores, con brillantes excepciones, están atados a técnicas decimonónicas y son propensos, cuando se les cita el diablo de las TIC, a caer en lo que se denomina resistencia al cambio. Pero, sin negar lo anterior, hay otro error de percepción. Es muy probable que tropecemos con profesores que apenas son ‘inmigrantes digitales’. Ello no ha de preocuparnos. Los profesores no tendrán que enseñar nada de nada por lo que se refiere a tecnología digital (hacer blogs, webs, etc.). Serán los propios alumnos, en todo caso, los que se ayudarán en esto. Son más que listos en las nuevas tecnologías (¿o acaso deberíamos de creer que son sus padres los que instalan y configuran las aplicaciones de sus teléfonos móviles?).
En resumen, estos nuevos estudiantes aprenderán a hacer búsquedas sobre temas indicados por su profesor. Sabrán descubrir sitios serios y autores o investigadores relevantes. Ellos deberán de desplegar técnicas que les permitan filtrar el material obtenido. Hechos estos pasos y contrastados los resultados con otros miembros del grupo, emprenderán la tarea de publicar en diversos ámbitos digitales. Ámbitos que estarán a la vista de todo el mundo —¡lejos del ‘secretismo’ decimonónico!— y no sólo del profesor y él. Eso será un estímulo y un reto (ahí se juega su prestigio y por ello se verá obligado a vigilar lo que hace y cómo lo hace —¡ya que estará a la vista de todo el mundo!).
Y además estará dando los primeros pasos en la construcción de su identidad en el mundo digital.

Más ejemplos: Course with Web-based, plus hands-on experimentation wins Science Magazine prize. Un resumen en castellano, aquí.
Y esperando que no se quiera entender mal... Social Networks Shape Monkey 'Culture' Too.
Una reforma que es casi revolucionaria: Radical Reform: Dutch iPad Schools Seek to Transform Education.

sábado, 22 de junio de 2013

Preparando un futuro digital o cómo enseñar programación a niños y jóvenes

La curiosidad y las ansias acostumbran a estar presentes en muchos chicos y chicas al cruzar la primera década de su vida —y en muchos casos antes. Eso lo reviví hace escasos meses cuando un chico de once años recién cumplidos, sentado delante del ordenador, me contestaba que estaba buscando información sobre cómo hacer páginas Web. 
Otros cerebritos encontré, hace unos días, en una fiesta de final de curso de un taller-laboratorio orientado a prácticas de física y química, para críos menores de 16 años. Una chica (de 12 años) y un chico (de 13) explicaban ante la audiencia que estaba delante de su pequeña mesa, qué era y cómo funcionaba la encriptación de mensajes. De nuevo me sorprendí gratamente (y me atreví a sondear su edad —deseaba impactarme aún más).
Un excelente taller de prácticas físico-químicas donde, un par de veces a la semana, chicos y chicas oteaban sobre la ciencia, de una manera tan excelente, y tan alejada de la fría ciencia teórica de la clase magistral, era algo ejemplar y a imitar. Pero, una parte de mi cerebro se inclinó por el deseo de ampliar el espectro. ¿Por qué no? Porqué no insinuar que sería un buen complemento añadir al taller un inicio a la  programación —una de las vías profesionales que inexorablemente tendrá futuro y que la economía de cualquier país recibirá positivamente. ¿Por qué no indicar a los jóvenes profesores del taller algunas referencias sobre la programación orientada a críos?
Mi inmersión en este tema me corroboró lo que, en cierto modo, inicialmente sólo intuía. Existen muchas alternativas para ayudar a los más jóvenes a entrar en el mundo de la programación. Desde los lenguajes más sintácticos, a los sistemas que utilizan unas interfaces amigables. Por otro lado, casi descubrí mediterráneos… 
 
El primer programa con el que me tropecé fue con el Python del cual hay un manual especial para críos: swfk-es.
Y la impresión que me llevé fue más que positiva. Véase la imagen anterior y léase lo subrayado. El libro-tutorial de casi 180 páginas en PDF, traducido por JM González, se puede encontrar en esta área de googlecode.
Ojeando el libro, sin embargo, me asaltaron ciertas dudas. 
¿Podría un chiquillo de 11 años (o algunos con menos u otros con más) transitar por estos pagos en solitario? ¿Sería bueno hacer el camino con otros críos? Siempre es bueno ante caminos desérticos y áridos hacer tránsitos convenientemente acompañado. 
Me quedaba aún tiempo para decidirme y aconsejar. Así que continué con la búsqueda y me tropecé con Scratch.
De inmediato accedí y empecé a jugar…
Ya no había ninguna duda. Estaba en un mundo digital maravilloso que podía encandilar a cualquier crío. (Como siempre, ¡el MIT nos daba de nuevo agradables lecciones!).  
En mi camino de búsquedas, me crucé con otros programas. Por ejemplo KidsRuby, que se presenta como la plataforma donde los niños aprenden a programar. 
También con Simple.
Un poco más avanzado me pareció Alice.
Asimismo encontré interesante trabajar con una tortuga en TurtleAcademy.
Pero mis pretensiones no se vieron colmadas, por ahora, hasta arribar a Play-i, que aunque aún no está en funcionamiento, preconiza unas expectativas más que interesantes (y habrá que estar al tanto…). 
 
De hecho, la propuesta no puede ser más espectacular...
Que se preparen los críos entre cinco y ocho años (y siguientes) porque podrán aprender a programar robots usando su dispositivo móvil...
Con este bagaje ya me podía atrever a mandar la información recopilada a los jóvenes profesores del taller. Ahora sólo dependerá de ellos llevarlo a la práctica. ¡Todo un reto, pero con un espléndido futuro!

viernes, 7 de junio de 2013

El cuchillo de láser y la economía digital

Invención, investigación, innovación, utilidad, necesidad, economía y deseo. Estos son los conceptos fundamentales de nuestra época, económicamente hablando, que son claves en el curso digital. Y a esta competición que realmente es reñida se van apuntando, en una dura carrera, muchos concursantes. Numerosos son los gadgets o las ofertas que, desde el mundo versión siglo XX, se trasladan al aparador digital para alcanzar el cielo económico.
Pero de esta dura competición quedaran en la cuneta los que no atiendan las 7 estrellas que encabezan este post.

El cuchillo de láser puede servirnos de metáfora. 
Supongamos que los inventores crean los primeros cuchillos domésticos de láser. Son suaves, no pesan. Vienen a reemplazar los viejos cuchillos de metal. Son sofisticados y estéticos. Su luz varía cuando cortamos con él el pescado —una espléndida lubina—, o cuando cortamos una rebanada de pan con nueces, un denso filete de carne de buey o un oloroso trozo de parmesano. Además, no se ensucia y por lo tanto no necesita pasar por el lavavajillas. Más bien está contraindicado. Sin embargo, ¿por qué no se venderá? Porque no viene realmente a ofrecer un cambio en el mundo de su potencial comprador. El cuchillo de metal ya le resulta suficiente y no necesita tirarlo, ocasionando una perdida, para reemplazarlo por otro instrumento más caro que le sirve, ¡o dioses!, para los mismos menesteres.
Si no existe un nuevo valor en el objeto que intenta irrumpir en la palestra económico-digital, valor que atraiga profundamente al potencial comprador, éste, nuestro comprador, no se hará carne y no se acercará al mercado digital para ser un usuario más del nuevo producto gadget. Este, al cabo de muy poco tiempo, irá al museo de cachivaches que no nacieron (o lo hicieron antes de su tiempo); irá al cementerio tecnológico digital.